Sunday, November 19, 2006
Breve historia
BREVE HISTORIA DE LOS TEMPLARIOS
La orden de los templarios fue fundada en Jerusalén en 1119 por Hugo de Payns y otros ocho caballeros franceses más, con el nombre de pobres caballeros de Cristo. Su misión era proteger a los muchos peregrinos que acudían a los Santos Lugares. Más tarde, el rey de Jerusalén, Balduino II, los instaló en un palacio cercano al antiguo templo de Salomón, por lo que cambiaron su nombre por el de Caballeros del Temple. Con la ayuda de San Bernardo de Claraval, que redactó su regla, severa y ascética, la orden creció rápidamente. Durante la época de las Cruzadas, los templarios participaron muy activamente en la defensa de Palestina, donde poseían numerosas fortalezas. Al mismo tiempo actuaron como banqueros de los peregrinos, por lo que obtuvieron grandes riquezas. Al ser expulsados los cristianos de Palestina, los templarios se retiraron a Chipre. También tenían comunidades, o templos, en Europa. En la península Ibérica se establecieron durante el siglo XII, primero en Cataluña, Aragón y Navarra y posteriormente en Castilla y León. Tenían a su cargo la defensa de las fronteras y participaron en numerosas expediciones contra los musulmanes (conquista de Lérida, Tortosa, Cuenca, Valencia, Mallorca, batalla de las Navas de Tolosa, etc...). A la muerte de Alfonso I el Batallador fueron nombrados herederos, junto con otras órdenes militares del reino de Aragón; a cambio de su renuncia a la herencia recibieron diversas fortalezas. En Francia, los templarios se habían convertido en banqueros de los reyes. Felipe IV de Francia, el Hermoso, ante las deudas que había adquirido con ellos, convenció al papa Clemente V de que iniciase un proceso contra los templarios, acusándoles de impiedad (1307). El gran maestre de la orden, Jacques de Morlay, y 140 miembros fueron arrestados. Considerados inocentes en el concilio de Vienne (cuatro años después), Clemente V disolvió la orden y creó una comisión que reemprendió el proceso. Fueron condenados a prisión, pero el consejo real de Felipe IV los sentenció a muerte por relapsos. El rey francés se apoderó de sus bienes mobiliarios, aun entregando sus posesiones a los hospitalarios. En los otros países europeos las acusaciones no prosperaron, pero, a raíz de la disolución de la orden, los templarios fueron dispersados, y sus bienes pasaron a la Corona (Castilla), a otras órdenes militares ya existentes (Aragón y Cataluña) o a órdenes de nueva fundación (Montesa en Valencia y de Jesucristo en Portugal).
El abad Bernardo (futuro San Bernardo de Claraval) en su escrito "De laude novae militiae" ofrecía esta semblanza del nuevo caballero del Temple (en una época donde era considerada una muestra de debilidad y vanidad el peinarse o lavarse demasiado):
Para cada uno de ellos la disciplina es una devoción y la obediencia una forma de respetar a sus superiores: se marcha o se regresa a la indicación de quien supone la autoridad. Todos llevan el vestido que se les ha proporcionado y a nadie se le ocurriría buscar fuera comida o ropajes. Porque estos caballeros mantienen fielmente una existencia compartida, sencilla y alegre, sin esposa ni hijos. Jamás se les verá ociosos o buscando aquello que no les interesa. Nunca dan muestras de ser superiores a los demás. Todos muestran más respeto al valiente que al noble. Odian los juegos de los dados y el ajedrez, por nada del mundo participarían en cacerías, se rapan el cabello al ras, en ningún momento se peinan, en escasas ocasiones se lavan, su barba siempre aparece hirsuta y sin arreglar, van sucios de polvo y su piel aparece curtida por el calor y la cota de malla. Un Caballero de Cristo es un cruzado en todo momento, al hallarse entregado a una doble pelea: frente a las tentaciones de la carne y la sangre, a la vez que frente a las fuerzas espirituales del cielo. Avanza sin temor, no descuidando lo que pueda suceder a su derecha o a su izquierda, con el pecho cubierto por la cota de malla y el alma bien equipada con la Fe. Al contar con estas dos protecciones, no teme a hombres ni a demonio alguno. ¡Moveros con paso firme, caballeros, y forzad a la huida al enemigo de la Cruz de Cristo! ¡Tened la seguridad que ni la muerte ni la existencia os podrán alejar de su caridad! ¡Glorioso será vuestro regreso de la batalla, dichosa vuestra muerte, si ocurriera, de mártires en el combate!
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copyright Alvaro & Roldán 2000
La orden de los templarios fue fundada en Jerusalén en 1119 por Hugo de Payns y otros ocho caballeros franceses más, con el nombre de pobres caballeros de Cristo. Su misión era proteger a los muchos peregrinos que acudían a los Santos Lugares. Más tarde, el rey de Jerusalén, Balduino II, los instaló en un palacio cercano al antiguo templo de Salomón, por lo que cambiaron su nombre por el de Caballeros del Temple. Con la ayuda de San Bernardo de Claraval, que redactó su regla, severa y ascética, la orden creció rápidamente. Durante la época de las Cruzadas, los templarios participaron muy activamente en la defensa de Palestina, donde poseían numerosas fortalezas. Al mismo tiempo actuaron como banqueros de los peregrinos, por lo que obtuvieron grandes riquezas. Al ser expulsados los cristianos de Palestina, los templarios se retiraron a Chipre. También tenían comunidades, o templos, en Europa. En la península Ibérica se establecieron durante el siglo XII, primero en Cataluña, Aragón y Navarra y posteriormente en Castilla y León. Tenían a su cargo la defensa de las fronteras y participaron en numerosas expediciones contra los musulmanes (conquista de Lérida, Tortosa, Cuenca, Valencia, Mallorca, batalla de las Navas de Tolosa, etc...). A la muerte de Alfonso I el Batallador fueron nombrados herederos, junto con otras órdenes militares del reino de Aragón; a cambio de su renuncia a la herencia recibieron diversas fortalezas. En Francia, los templarios se habían convertido en banqueros de los reyes. Felipe IV de Francia, el Hermoso, ante las deudas que había adquirido con ellos, convenció al papa Clemente V de que iniciase un proceso contra los templarios, acusándoles de impiedad (1307). El gran maestre de la orden, Jacques de Morlay, y 140 miembros fueron arrestados. Considerados inocentes en el concilio de Vienne (cuatro años después), Clemente V disolvió la orden y creó una comisión que reemprendió el proceso. Fueron condenados a prisión, pero el consejo real de Felipe IV los sentenció a muerte por relapsos. El rey francés se apoderó de sus bienes mobiliarios, aun entregando sus posesiones a los hospitalarios. En los otros países europeos las acusaciones no prosperaron, pero, a raíz de la disolución de la orden, los templarios fueron dispersados, y sus bienes pasaron a la Corona (Castilla), a otras órdenes militares ya existentes (Aragón y Cataluña) o a órdenes de nueva fundación (Montesa en Valencia y de Jesucristo en Portugal).
El abad Bernardo (futuro San Bernardo de Claraval) en su escrito "De laude novae militiae" ofrecía esta semblanza del nuevo caballero del Temple (en una época donde era considerada una muestra de debilidad y vanidad el peinarse o lavarse demasiado):
Para cada uno de ellos la disciplina es una devoción y la obediencia una forma de respetar a sus superiores: se marcha o se regresa a la indicación de quien supone la autoridad. Todos llevan el vestido que se les ha proporcionado y a nadie se le ocurriría buscar fuera comida o ropajes. Porque estos caballeros mantienen fielmente una existencia compartida, sencilla y alegre, sin esposa ni hijos. Jamás se les verá ociosos o buscando aquello que no les interesa. Nunca dan muestras de ser superiores a los demás. Todos muestran más respeto al valiente que al noble. Odian los juegos de los dados y el ajedrez, por nada del mundo participarían en cacerías, se rapan el cabello al ras, en ningún momento se peinan, en escasas ocasiones se lavan, su barba siempre aparece hirsuta y sin arreglar, van sucios de polvo y su piel aparece curtida por el calor y la cota de malla. Un Caballero de Cristo es un cruzado en todo momento, al hallarse entregado a una doble pelea: frente a las tentaciones de la carne y la sangre, a la vez que frente a las fuerzas espirituales del cielo. Avanza sin temor, no descuidando lo que pueda suceder a su derecha o a su izquierda, con el pecho cubierto por la cota de malla y el alma bien equipada con la Fe. Al contar con estas dos protecciones, no teme a hombres ni a demonio alguno. ¡Moveros con paso firme, caballeros, y forzad a la huida al enemigo de la Cruz de Cristo! ¡Tened la seguridad que ni la muerte ni la existencia os podrán alejar de su caridad! ¡Glorioso será vuestro regreso de la batalla, dichosa vuestra muerte, si ocurriera, de mártires en el combate!
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El camino de Santiago II
LOS TEMPLARIOS Y EL CAMINO DE SANTIAGO (2ªPARTE)
TORRES DEL RIO: IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO
Situada a 50 kilómetros de Eunate, entre Estella y Logroño, en los bordes de una gran falla tectónica que le da un importante valor telúrico. Como en otros lugares del camino también aquí carecemos de documentos que acrediten la pertenencia al Temple. Sólo existe la tradición popular, la leyenda y la estructura octogonal, tan cara a los templarios.
De esta planta octogonal casi regular, su estilo es de transición románico-gótico de fines del siglo XII o comienzos del XIII, con una división en su alzado de tres paños. El último de ellos con una rica decoración simbólica en sus capiteles; máscaras con pájaros y serpientes que susurran a sus oídos (la sabiduría que alimenta al alma alada); pájaros con el cuello entrelazado (símbolo de la unión y completura de las almas gemelas impulsadas por un mismo vuelo, por la luz del mismo Ideal, amor que es fraternidad, fraternidad que es amor). Centauros disparando flechas (símbolo de los grandes sabios, como el centauro Quirón de la mitología griega, que dirigen sus anhelos, sus pensamientos hacia los más altos fines, o hacia el dominio de las fuerzas inferiores de la Naturaleza).
El resto de la estructura se completa con una torrecilla cilíndrica al Oeste, frente al ábside, que alberga una escalera que da acceso al tejado, sobre cuyo centro se alza un edículo que es una maqueta a escala reducida del edificio.
En el interior, la austeridad templaria, sus paredes sin decorar, ausentes de una estética de superficie. Sin embargo, sus medidas, las figuras geométricas que traza la piedra, el silencio sobrecogedor en su interior elevan la mirada del alma y nos remontan a mundos desconocidos, a extraños recuerdos, a melancólicos anhelos de un mundo distinto del actual...La bóveda es de tipo califal con nervios que no se cruzan en el centro y que trazan una cruz templaria.
Mirando en la penumbra encontramos un capitel que muestra dos estilizados monstruos que comparten una sola cabeza, dos ménsulas de cabeza leonina, escrutadoras, una de ellas devorando un cordero. También un pájaro de cabeza humana y cola de serpiente, símbolo quizás de la sabiduría acabada, que asciende alada a la contemplación de las luminosas formas primeras, en el Reino de la Incesante Armonía, pero que también desciende a la tierra de la acción cotidiana y se desliza sin dificultad en sus asperezas y oquedades, guía a la acción eficaz, separa lo verdadero de lo falso, penetra la superficie de las cosas, extrayendo de ellas su quintaesencia. Inteligencia celeste ante el resplandor de la Idea, Inteligencia en la acción cotidiana ante la luz del mundo, admirable símbolo del pájaro-serpiente que recordaba, a todos aquellos que con el alma serena le contemplaban, la eterna fugacidad de las cosas, pero también su oculta armonía, su belleza invisible. Entre los capiteles que sostienen el arco triunfal que da paso al ábside, y a manera de guardianes ante la bóveda celeste, nos hallamos, a la izquierda, con un "descendimiento"; y en el capitel de la derecha, las "tres Marías ante el sepulcro vacío". En el "desprendimiento", tres personajes parecen tratar de descolgar la persona del Crucificado; pero en realidad se aferran al cuerpo santo y tiran de él en distintas direcciones, como queriendo trocearlo. Representan el triángulo inferior de la psique que apresa, sepulta, mortifica y desgarra el Cristos interior (la luz de Dios en el propio corazón).
El capitel de ´"las tres Marías ante el sepulcro vacío" trata de la purificación, verticalización y deificación de esta misma psique, aureolada de gracia y santidad, y a la personalidad entera como la vaciada piedra cúbica que es el abierto sepulcro. Es el estado de perfección del hombre, con el sepulcro de la personalidad abierto a la luz del Sol.
En este último capitel la tapa flota por encima sin soporte alguno, y del sepulcro cuelga un trozo del Santo Sudario, testigo de la presencia de Dios en el Hombre. Del interior escapan formas vaporosas que se resuelven en figuras espiraladas y que dejan ver tras de sí un edificio o torre de tres cuerpos con arcadas, símbolo de la Ciudad Celeste, o representación de la misma capilla poligonal. Representan quizás las potencialidades ocultas en el hombre, despiertas al abrir el sepulcro de la propia personalidad egoísta, potencias que participan de la naturaleza del Cielo y de la Tierra, y por ello se resuelven en la imagen sintética de la espiral.
CASTROJERIZ
En Burgos, pueblo eminentemente jacobeo, que duerme hoy recordando sus días gloriosos, encontramos la Colegiata de la Virgen del Manzano (cantada por Alfonso X el Sabio), restos de monasterios, y lo que más nos interesa ahora, el convento de San Antón, de origen templario, del siglo XIII, y la Iglesia de San Juan, también templaria.
En la primera, el sello indiscutible del Temple en un rosetón en la fachada Oeste con ocho más cuatro, doce, cruces tau (con forma de un trébol de cuatro hojas en el interior de un octógono).
La Iglesia de San Juan es como una pétrea caja de resonancia espiritual. En uno de los ventanales un pantaclo invertido, símbolo de la magia práctica, del conocimiento y dominio de los poderes ocultos de la Naturaleza. Símbolo del descenso de las energías celestes en la materia muy caro a los templarios. En el interior, es de destacar una bóveda nervada, y en la intersección de los nervios, caras circulares. Nos expresan el misterio del hombre, representado como una síntesis de fuerzas de distintas naturalezas, el hombre como una ilusión gestado en el cruce de distintas líneas espirituales, en el impacto de distintas entidades.
VILLALCAZAR DE SIRGA
En la provincia de Palencia, este pueblo surge de la llanura, dominado por una inmensa iglesia, encomienda del Temple. Se trata de un templo gótico, algo tosco en el exterior por un apedreamiento vandálico e iconoclasta. Destaca en el friso superior, en el centro, un extraño Pantocrator, donde se ha sustituido el Toro por un cerdo arrodillado, en actitud de rezar a Cristo, y el León mira más bien al cerdo.
También otro de los temas que se repiten profusamente en la catedral de León: tallos que salen de la boca de una máscara y que terminan en una flor, o en una hoja, o en fruto. Símbolo del florecimiento interior, del despliegue de las internas cualidades, que de dentro a fuera sobrepasan la máscara de la personalidad. Símbolo también del poder de la palabra, de su capacidad de objetivar la Idea, de expresar lo subjetivo y producir frutos en quienes lo escuchan.
En el interior de la Iglesia, tres grandes naves de piedra blanca en proporciones que emanan fuerza y sobriedad, soberbia elegancia. Esculturas de caras, una de ellas con rasgos orientales, insertadas en el muro. Capiteles pequeños, en lo alto, con imágenes de reyes que sonríen, una mujer de gran belleza, tallas de músicos celestes (que tan magistralmente se hallan en las vidrieras de la catedral de León). Cuatro vírgenes custodian el sepulcro vacío de don Juan de Pereira, caballero templario, ¿Gran Maestre?, acompañado del Infante Felipe y de doña Leonor. Delimitan las vírgenes un espacio sagrado, como antaño, en otras civilizaciones, en las tumbas de los Reyes Iniciados. Entre ellas, Nª. Sª. la Blanca, milagrosa y celebrada por el rey Alfonso X el Sabio, sonríe enigmáticamente. En otro de los ángulos, otra Virgen, también sorprendente, pues, con el Cristo niño en la mano, está a punto de dar a luz ¿otra vez?.
Al decir de Marín y Cobreros: "El silencio luminoso de este templo, primitivo, potente, inspirado, nos habla de ideales inquebrantables, de caballería, de peregrinación; en definitiva, de búsqueda de Dios, de uno mismo".
PONFERRADA
En el Bierzo. Inmensa fortaleza (más de 10.000 m2) resulta desproporcionada para la misión que desempeñaban los templarios en esta región. Porta los signos de reconocimiento con que los templarios señalaban sus "grandes tesoros". Triple muralla (símbolo de los votos de pobreza, castidad y obediencia que hacían los templarios, de las tres etapas de la Alquimia, de los tres colores simbólicos, blanco de sus túnicas, rojo de sus cruces, negro del hábito de sus sargentos y de la cruz del estandarte de guerra). La cruz tau en la puerta y en sus habitaciones principales, en las torres y en la muralla.
El trazado de acuerdo a planos astronómicos. Con doce torres, todas diferentes, que tienen la forma de las constelaciones del Zodíaco, pero no en el orden natural, sino alterado, seguro para señalar un momento especial, o una canalización especial de energías, o la expresión de una Idea Celeste.
En la portada principal existió una piedra, clave de arco, donde la tau está inscrita en una gran estrella geométrica de ocho puntas y flanqueada por un sol helicoidal y por una estrella. Es la Rosa de la Regeneración espiritual, formada por dos cuadrados entrelazados. También nos encontramos con el Bafomet, figura en forma de cabeza que era obligatorio poner en la entrada de las casas mandadas por comendadores.
¿Qué protegía esta gigantesca construcción? ¿Acaso la riqueza de yacimientos de hierro y oro?. ¿O, además de éstas, otras posesiones que serían confiadas a este castillo?. Recordemos a Fulcanelli en sus Moradas Filosofales: "El Santo Grial estaba custodiado por doce templarios (como las torres del castillo); estos doce custodios recuerdan los signos del zodiaco".
A pocos kilómetros, siguiendo el Camino de Santiago y ya pasada Villafranca del Bierzo, nos encontramos vigilante en imponente actitud de desafío: El castillo de Sarracín. Probablemente se trata del nunca encontrado Castillo de Antares. Si es así, recibe el nombre de la estrella de primera magnitud en la constelación de Escorpio, y la planta poligonal de este Castillo la reproduce en su forma.
Iglesia de Santa María del Templo. Mellid. Ya en las amables tierras de Galicia nos encontramos con esta Iglesia del siglo XII, en Mellid, la Coruña. De nuevo el lenguaje indescifrado de los templarios se manifiesta en las misteriosas inscripciones en las caras interior y exterior de la arquivolta más exterior de la portada Oeste. Son 48 signos repartidos en dos grupos de 24 equis, cruces invertidas, círculos, líneas curvas, rombos, enrejados, un misterioso lenguaje de figuras geométricas. Puede tratarse de símbolos, de muy profundos significados en su clave numérica. O quizá también de figuras, cristalizaciones gráficas de hondas meditaciones, y llaves a su vez de otros estados de conciencia (como lo fuera el lenguaje jeroglífico egipcio o el "lenguaje enochiano" o los símbolos de los tatvas).
También en Mellid, en la Iglesia de San Julián, templaria, el misterio nos alerta en once piedras rectangulares, a modo de friso, sobre la portada románica, con signos geométricos sin descifrar.
IRIA FLAVIA
Hemos atravesado Santiago de Compostela y rumbo siempre hacia el Poniente encontramos el enclave mágico de Iria Flavia, hoy apenas un barrio de la ciudad de Padrón. Importante ésta en la tradición del Camino porque en ella se halla, en la Iglesia de Santiago , el "pedrón", de ahí el nombre del pueblo donde los discípulos de Santiago habrían amarrado la barca que contenía su Cuerpo Santo. Esta piedra, es, en realidad, una de aquellas arae solis con que los romanos sembraron las costas del Mar Tenebroso.
En la Iglesia de Santa María, reedificada y actualmente con rango de Colegiata y "segunda silla compostelana", encontramos una serie de cruces, repartidas rítmicamente en las paredes exterior e interior. Se trata de una serie de cruces céltico-templarias de cuatro modelos distintos. Ahora sólo hay 13, pero el número original era de 27, y el que sean de distinta configuración determina quizás un recorrido de alto contenido mágico y simbólico, por el exterior e interior del templo. Paseo o danza ceremonial que reproduciría un recorrido solar, una especie de inmersión en el corazón del laberinto y resurrección radiante.
Frente a esta Iglesia y junto al actual cementerio, otro mucho más antiguo con lápidas de época medieval y aun anteriores, suévicos, paleo-cristianos y compañeriles. Y en la piedra las perennes inscripciones de cruces paté en círculos, cruces visigodas, patas de oca dobles o sencillas, escuadras con el compás y el péndulo, etc. Imágenes que el tiempo quiere desdibujar, imágenes que susurran el misterio, que nos refieren otros tiempos, otros hombres, otros anhelos... Y en medio de ellas nos preguntamos con lacerante inquietud, otra vez más, la eterna pregunta: ¿qué es el hombre?
NOYA
Pueblo rodeado de frondosas colinas, importante ya en tiempo romano, mira a la ría gallega que lleva su nombre. En él habría desembarcado Noé, cuya nieta Noela fundó la primitiva villa y a la que puso su nombre. Ciudad-término occidental del recorrido de Santiago, acuden a ella peregrinos desde tiempos inmemoriales. En el escudo de la Ciudad un Arca de Noé flotando sobre las Aguas y una paloma que la sobrevuela con una rama en el pico.
Lo más importante aquí es el cementerio medieval de Santa María, con las famosas y enigmáticas lápidas donde se agolpan extraños símbolos, tantos que saturan la imaginación. Y, en este cementerio, un pequeño templete cuadrangular, a cielo abierto, rodeado de tumbas y con un cruceiro en su interior, rematado en su parte superior por una bóveda piramidal, que se apoya en cuatro pilares.
Se cuenta que el templete fue donación de un soldado del Templo de regreso de las Cruzadas trayendo consigo tierra de los Santos Lugares con la que se dice que está relleno el cementerio.
Otra leyenda cuenta que el monumento fue donación de dos hermanos inseparables, "monjes del Templo del Señor de Jerusalén", que estaban combatiendo contra el infiel y quedaron separados en medio de una batalla. No volvieron a encontrarse más, a pesar de que el mayor estuvo buscando a su hermano durante siete años por tierras de moros. Al fin regresó a su tierra natal de Noya y mandó levantar el cruceiro en memoria del joven desaparecido, al que creía muerto. Pero éste, al cabo de siete años, tras muchas peripecias, consiguió escapar y llegó al mismo sitio. Y mandó levantar el templete sobre el cruceiro como acción de gracias y en perpetua memoria del cariño manifestado por su hermano.
Nos sobrecoge el símbolo de la pirámide sostenida sobre cuatro pilares, y en su interior el símbolo del Hombre, el Cristo Crucificado. Las antiguas enseñanzas nos dicen que la Pirámide es el símbolo perfecto del Fuego Espiritual sobre la Tierra y que representa la Humanidad en su ascenso hacia las Ideas Celestes, a través de sus expresiones artísticas, filosóficas, científicas y místicas. Todo ello para devolver al Cristos Interior, la Luz de Dios en el corazón, que es el verdadero morador de la pirámide, representado por el Fuego. La enseñanza cabalística nos enseña que la típica inscripción INRI, que figura en la cara anterior de la cruz orientada a Poniente, significa esotéricamente: Ignea Natura Renovatur Integra (toda la Naturaleza será renovada por el Fuego). En otra clave, la pirámide es un altar a la estructura y funcionalidad del Sistema Solar y del Logos, su última esencia. Esto queda confirmado por los dos símbolos astronómicos que aparecen en el foso de este templete, estructura que se apoya sobre los cuatro pilares y sobre los que descansa la pirámide de piedra. En el friso oeste aparecen representados cinco círculos unidos por unas bandas serpenteantes, entrelazadas geométricamente (símbolo del tiempo). Las figuras inscritas en los círculos son, sucesivamente, un trébol (esquema del ciclo solar), un libro abierto señalado por un "lapiz" (símbolo del gran libro de la Naturaleza) en el segundo; en el tercero la imagen de un rostro con forma de luna; en el cuarto, otro libro abierto pero todo el círculo quebrado por una línea que le corta un tercio de la superficie; y en el quinto, una cara representando al Sol en tensa actitud. Quizás esté también queriendo significar el devenir cíclico de la Humanidad: las cinco humanidades de Tierra, Agua, Aire, Fuego y Eter, representando al Cuerpo, la Vitalidad, la Psique, la Mente Egoísta y la Inteligencia.
En el friso del lado este, mirando, pues, al Poniente, la Montaña Occidental de sombras, unos grabados que representan de izquierda a derecha la figura de un hombre de rodillas y que se apoya en un gran perro, pero sujetando con la mano izquierda una correa, es decir, no lleva, sino que es llevado, mientras su rostro cadavérico se alza dolorido al cielo: el gran perro sujeto por el hombre parece morder el lomo a otro de menor tamaño, (o es, quizás, un cervatillo) que le precede, quien a su vez hace lo propio con un tercero situado ante su hocico y más pequeño que él (¿un perro o qué otro cuadrúpedo?) La mirada hacia Occidente, el perro que conduce, lo demacrado del hombre, nos recuerdan la vinculación de estos mismos elementos en Egipto, con Anubis, el Chacal, y su estrella regente Sirio, estrella que deseca las aguas de la personalidad, símbolo de la liberación del Alma mediante la destrucción de los cuerpos materiales.
Quizás representen ambos frisos las dos formas de ascenso del hombre en la pirámide de la evolución: la evolución de las formas, en las sucesivas humanidades, mirando al Sol que nace, es decir, a la luz de la vida, y la evolución de la conciencia en un camino arriesgado, vertical, consumidor, mirando a la luz de Occidente, a la luz del Sol que se sumerge en el Abismo, o sea, la luz de la conciencia que busca en lo más profundo de sí. El hombre de rodillas, consumido y en éxtasis de adoración es la personalidad dominada, el perro es la Mente Superior y el Ciervo la fría llama de la Intuición.
Este ha sido un breve recorrido por las construcciones y símbolos templarios en el Camino de Santiago. Puede que hayamos encontrado interpretaciones excediéndonos en el uso de imaginación, pero ¿qué es el hombre sino aquello que antes imagina? ¿No es la imaginación la facultad de tender puentes a lo desconocido, la primera puerta hacia el misterio que nos envuelve, la facultad de conocer intuitivamente aquello que la razón o la escasez de datos nos niegan? En palabras de uno de los más grandes filósofos del siglo XX, el profesor Livraga: El hombre tiene la medida de aquello que se atreve a soñar. Que sea este imaginario camino de símbolos templarios una ruta de ensueño que nos aproxime más hacia nosotros mismos.
Jose Carlos Fernández
TORRES DEL RIO: IGLESIA DEL SANTO SEPULCRO
Situada a 50 kilómetros de Eunate, entre Estella y Logroño, en los bordes de una gran falla tectónica que le da un importante valor telúrico. Como en otros lugares del camino también aquí carecemos de documentos que acrediten la pertenencia al Temple. Sólo existe la tradición popular, la leyenda y la estructura octogonal, tan cara a los templarios.
De esta planta octogonal casi regular, su estilo es de transición románico-gótico de fines del siglo XII o comienzos del XIII, con una división en su alzado de tres paños. El último de ellos con una rica decoración simbólica en sus capiteles; máscaras con pájaros y serpientes que susurran a sus oídos (la sabiduría que alimenta al alma alada); pájaros con el cuello entrelazado (símbolo de la unión y completura de las almas gemelas impulsadas por un mismo vuelo, por la luz del mismo Ideal, amor que es fraternidad, fraternidad que es amor). Centauros disparando flechas (símbolo de los grandes sabios, como el centauro Quirón de la mitología griega, que dirigen sus anhelos, sus pensamientos hacia los más altos fines, o hacia el dominio de las fuerzas inferiores de la Naturaleza).
El resto de la estructura se completa con una torrecilla cilíndrica al Oeste, frente al ábside, que alberga una escalera que da acceso al tejado, sobre cuyo centro se alza un edículo que es una maqueta a escala reducida del edificio.
En el interior, la austeridad templaria, sus paredes sin decorar, ausentes de una estética de superficie. Sin embargo, sus medidas, las figuras geométricas que traza la piedra, el silencio sobrecogedor en su interior elevan la mirada del alma y nos remontan a mundos desconocidos, a extraños recuerdos, a melancólicos anhelos de un mundo distinto del actual...La bóveda es de tipo califal con nervios que no se cruzan en el centro y que trazan una cruz templaria.
Mirando en la penumbra encontramos un capitel que muestra dos estilizados monstruos que comparten una sola cabeza, dos ménsulas de cabeza leonina, escrutadoras, una de ellas devorando un cordero. También un pájaro de cabeza humana y cola de serpiente, símbolo quizás de la sabiduría acabada, que asciende alada a la contemplación de las luminosas formas primeras, en el Reino de la Incesante Armonía, pero que también desciende a la tierra de la acción cotidiana y se desliza sin dificultad en sus asperezas y oquedades, guía a la acción eficaz, separa lo verdadero de lo falso, penetra la superficie de las cosas, extrayendo de ellas su quintaesencia. Inteligencia celeste ante el resplandor de la Idea, Inteligencia en la acción cotidiana ante la luz del mundo, admirable símbolo del pájaro-serpiente que recordaba, a todos aquellos que con el alma serena le contemplaban, la eterna fugacidad de las cosas, pero también su oculta armonía, su belleza invisible. Entre los capiteles que sostienen el arco triunfal que da paso al ábside, y a manera de guardianes ante la bóveda celeste, nos hallamos, a la izquierda, con un "descendimiento"; y en el capitel de la derecha, las "tres Marías ante el sepulcro vacío". En el "desprendimiento", tres personajes parecen tratar de descolgar la persona del Crucificado; pero en realidad se aferran al cuerpo santo y tiran de él en distintas direcciones, como queriendo trocearlo. Representan el triángulo inferior de la psique que apresa, sepulta, mortifica y desgarra el Cristos interior (la luz de Dios en el propio corazón).
El capitel de ´"las tres Marías ante el sepulcro vacío" trata de la purificación, verticalización y deificación de esta misma psique, aureolada de gracia y santidad, y a la personalidad entera como la vaciada piedra cúbica que es el abierto sepulcro. Es el estado de perfección del hombre, con el sepulcro de la personalidad abierto a la luz del Sol.
En este último capitel la tapa flota por encima sin soporte alguno, y del sepulcro cuelga un trozo del Santo Sudario, testigo de la presencia de Dios en el Hombre. Del interior escapan formas vaporosas que se resuelven en figuras espiraladas y que dejan ver tras de sí un edificio o torre de tres cuerpos con arcadas, símbolo de la Ciudad Celeste, o representación de la misma capilla poligonal. Representan quizás las potencialidades ocultas en el hombre, despiertas al abrir el sepulcro de la propia personalidad egoísta, potencias que participan de la naturaleza del Cielo y de la Tierra, y por ello se resuelven en la imagen sintética de la espiral.
CASTROJERIZ
En Burgos, pueblo eminentemente jacobeo, que duerme hoy recordando sus días gloriosos, encontramos la Colegiata de la Virgen del Manzano (cantada por Alfonso X el Sabio), restos de monasterios, y lo que más nos interesa ahora, el convento de San Antón, de origen templario, del siglo XIII, y la Iglesia de San Juan, también templaria.
En la primera, el sello indiscutible del Temple en un rosetón en la fachada Oeste con ocho más cuatro, doce, cruces tau (con forma de un trébol de cuatro hojas en el interior de un octógono).
La Iglesia de San Juan es como una pétrea caja de resonancia espiritual. En uno de los ventanales un pantaclo invertido, símbolo de la magia práctica, del conocimiento y dominio de los poderes ocultos de la Naturaleza. Símbolo del descenso de las energías celestes en la materia muy caro a los templarios. En el interior, es de destacar una bóveda nervada, y en la intersección de los nervios, caras circulares. Nos expresan el misterio del hombre, representado como una síntesis de fuerzas de distintas naturalezas, el hombre como una ilusión gestado en el cruce de distintas líneas espirituales, en el impacto de distintas entidades.
VILLALCAZAR DE SIRGA
En la provincia de Palencia, este pueblo surge de la llanura, dominado por una inmensa iglesia, encomienda del Temple. Se trata de un templo gótico, algo tosco en el exterior por un apedreamiento vandálico e iconoclasta. Destaca en el friso superior, en el centro, un extraño Pantocrator, donde se ha sustituido el Toro por un cerdo arrodillado, en actitud de rezar a Cristo, y el León mira más bien al cerdo.
También otro de los temas que se repiten profusamente en la catedral de León: tallos que salen de la boca de una máscara y que terminan en una flor, o en una hoja, o en fruto. Símbolo del florecimiento interior, del despliegue de las internas cualidades, que de dentro a fuera sobrepasan la máscara de la personalidad. Símbolo también del poder de la palabra, de su capacidad de objetivar la Idea, de expresar lo subjetivo y producir frutos en quienes lo escuchan.
En el interior de la Iglesia, tres grandes naves de piedra blanca en proporciones que emanan fuerza y sobriedad, soberbia elegancia. Esculturas de caras, una de ellas con rasgos orientales, insertadas en el muro. Capiteles pequeños, en lo alto, con imágenes de reyes que sonríen, una mujer de gran belleza, tallas de músicos celestes (que tan magistralmente se hallan en las vidrieras de la catedral de León). Cuatro vírgenes custodian el sepulcro vacío de don Juan de Pereira, caballero templario, ¿Gran Maestre?, acompañado del Infante Felipe y de doña Leonor. Delimitan las vírgenes un espacio sagrado, como antaño, en otras civilizaciones, en las tumbas de los Reyes Iniciados. Entre ellas, Nª. Sª. la Blanca, milagrosa y celebrada por el rey Alfonso X el Sabio, sonríe enigmáticamente. En otro de los ángulos, otra Virgen, también sorprendente, pues, con el Cristo niño en la mano, está a punto de dar a luz ¿otra vez?.
Al decir de Marín y Cobreros: "El silencio luminoso de este templo, primitivo, potente, inspirado, nos habla de ideales inquebrantables, de caballería, de peregrinación; en definitiva, de búsqueda de Dios, de uno mismo".
PONFERRADA
En el Bierzo. Inmensa fortaleza (más de 10.000 m2) resulta desproporcionada para la misión que desempeñaban los templarios en esta región. Porta los signos de reconocimiento con que los templarios señalaban sus "grandes tesoros". Triple muralla (símbolo de los votos de pobreza, castidad y obediencia que hacían los templarios, de las tres etapas de la Alquimia, de los tres colores simbólicos, blanco de sus túnicas, rojo de sus cruces, negro del hábito de sus sargentos y de la cruz del estandarte de guerra). La cruz tau en la puerta y en sus habitaciones principales, en las torres y en la muralla.
El trazado de acuerdo a planos astronómicos. Con doce torres, todas diferentes, que tienen la forma de las constelaciones del Zodíaco, pero no en el orden natural, sino alterado, seguro para señalar un momento especial, o una canalización especial de energías, o la expresión de una Idea Celeste.
En la portada principal existió una piedra, clave de arco, donde la tau está inscrita en una gran estrella geométrica de ocho puntas y flanqueada por un sol helicoidal y por una estrella. Es la Rosa de la Regeneración espiritual, formada por dos cuadrados entrelazados. También nos encontramos con el Bafomet, figura en forma de cabeza que era obligatorio poner en la entrada de las casas mandadas por comendadores.
¿Qué protegía esta gigantesca construcción? ¿Acaso la riqueza de yacimientos de hierro y oro?. ¿O, además de éstas, otras posesiones que serían confiadas a este castillo?. Recordemos a Fulcanelli en sus Moradas Filosofales: "El Santo Grial estaba custodiado por doce templarios (como las torres del castillo); estos doce custodios recuerdan los signos del zodiaco".
A pocos kilómetros, siguiendo el Camino de Santiago y ya pasada Villafranca del Bierzo, nos encontramos vigilante en imponente actitud de desafío: El castillo de Sarracín. Probablemente se trata del nunca encontrado Castillo de Antares. Si es así, recibe el nombre de la estrella de primera magnitud en la constelación de Escorpio, y la planta poligonal de este Castillo la reproduce en su forma.
Iglesia de Santa María del Templo. Mellid. Ya en las amables tierras de Galicia nos encontramos con esta Iglesia del siglo XII, en Mellid, la Coruña. De nuevo el lenguaje indescifrado de los templarios se manifiesta en las misteriosas inscripciones en las caras interior y exterior de la arquivolta más exterior de la portada Oeste. Son 48 signos repartidos en dos grupos de 24 equis, cruces invertidas, círculos, líneas curvas, rombos, enrejados, un misterioso lenguaje de figuras geométricas. Puede tratarse de símbolos, de muy profundos significados en su clave numérica. O quizá también de figuras, cristalizaciones gráficas de hondas meditaciones, y llaves a su vez de otros estados de conciencia (como lo fuera el lenguaje jeroglífico egipcio o el "lenguaje enochiano" o los símbolos de los tatvas).
También en Mellid, en la Iglesia de San Julián, templaria, el misterio nos alerta en once piedras rectangulares, a modo de friso, sobre la portada románica, con signos geométricos sin descifrar.
IRIA FLAVIA
Hemos atravesado Santiago de Compostela y rumbo siempre hacia el Poniente encontramos el enclave mágico de Iria Flavia, hoy apenas un barrio de la ciudad de Padrón. Importante ésta en la tradición del Camino porque en ella se halla, en la Iglesia de Santiago , el "pedrón", de ahí el nombre del pueblo donde los discípulos de Santiago habrían amarrado la barca que contenía su Cuerpo Santo. Esta piedra, es, en realidad, una de aquellas arae solis con que los romanos sembraron las costas del Mar Tenebroso.
En la Iglesia de Santa María, reedificada y actualmente con rango de Colegiata y "segunda silla compostelana", encontramos una serie de cruces, repartidas rítmicamente en las paredes exterior e interior. Se trata de una serie de cruces céltico-templarias de cuatro modelos distintos. Ahora sólo hay 13, pero el número original era de 27, y el que sean de distinta configuración determina quizás un recorrido de alto contenido mágico y simbólico, por el exterior e interior del templo. Paseo o danza ceremonial que reproduciría un recorrido solar, una especie de inmersión en el corazón del laberinto y resurrección radiante.
Frente a esta Iglesia y junto al actual cementerio, otro mucho más antiguo con lápidas de época medieval y aun anteriores, suévicos, paleo-cristianos y compañeriles. Y en la piedra las perennes inscripciones de cruces paté en círculos, cruces visigodas, patas de oca dobles o sencillas, escuadras con el compás y el péndulo, etc. Imágenes que el tiempo quiere desdibujar, imágenes que susurran el misterio, que nos refieren otros tiempos, otros hombres, otros anhelos... Y en medio de ellas nos preguntamos con lacerante inquietud, otra vez más, la eterna pregunta: ¿qué es el hombre?
NOYA
Pueblo rodeado de frondosas colinas, importante ya en tiempo romano, mira a la ría gallega que lleva su nombre. En él habría desembarcado Noé, cuya nieta Noela fundó la primitiva villa y a la que puso su nombre. Ciudad-término occidental del recorrido de Santiago, acuden a ella peregrinos desde tiempos inmemoriales. En el escudo de la Ciudad un Arca de Noé flotando sobre las Aguas y una paloma que la sobrevuela con una rama en el pico.
Lo más importante aquí es el cementerio medieval de Santa María, con las famosas y enigmáticas lápidas donde se agolpan extraños símbolos, tantos que saturan la imaginación. Y, en este cementerio, un pequeño templete cuadrangular, a cielo abierto, rodeado de tumbas y con un cruceiro en su interior, rematado en su parte superior por una bóveda piramidal, que se apoya en cuatro pilares.
Se cuenta que el templete fue donación de un soldado del Templo de regreso de las Cruzadas trayendo consigo tierra de los Santos Lugares con la que se dice que está relleno el cementerio.
Otra leyenda cuenta que el monumento fue donación de dos hermanos inseparables, "monjes del Templo del Señor de Jerusalén", que estaban combatiendo contra el infiel y quedaron separados en medio de una batalla. No volvieron a encontrarse más, a pesar de que el mayor estuvo buscando a su hermano durante siete años por tierras de moros. Al fin regresó a su tierra natal de Noya y mandó levantar el cruceiro en memoria del joven desaparecido, al que creía muerto. Pero éste, al cabo de siete años, tras muchas peripecias, consiguió escapar y llegó al mismo sitio. Y mandó levantar el templete sobre el cruceiro como acción de gracias y en perpetua memoria del cariño manifestado por su hermano.
Nos sobrecoge el símbolo de la pirámide sostenida sobre cuatro pilares, y en su interior el símbolo del Hombre, el Cristo Crucificado. Las antiguas enseñanzas nos dicen que la Pirámide es el símbolo perfecto del Fuego Espiritual sobre la Tierra y que representa la Humanidad en su ascenso hacia las Ideas Celestes, a través de sus expresiones artísticas, filosóficas, científicas y místicas. Todo ello para devolver al Cristos Interior, la Luz de Dios en el corazón, que es el verdadero morador de la pirámide, representado por el Fuego. La enseñanza cabalística nos enseña que la típica inscripción INRI, que figura en la cara anterior de la cruz orientada a Poniente, significa esotéricamente: Ignea Natura Renovatur Integra (toda la Naturaleza será renovada por el Fuego). En otra clave, la pirámide es un altar a la estructura y funcionalidad del Sistema Solar y del Logos, su última esencia. Esto queda confirmado por los dos símbolos astronómicos que aparecen en el foso de este templete, estructura que se apoya sobre los cuatro pilares y sobre los que descansa la pirámide de piedra. En el friso oeste aparecen representados cinco círculos unidos por unas bandas serpenteantes, entrelazadas geométricamente (símbolo del tiempo). Las figuras inscritas en los círculos son, sucesivamente, un trébol (esquema del ciclo solar), un libro abierto señalado por un "lapiz" (símbolo del gran libro de la Naturaleza) en el segundo; en el tercero la imagen de un rostro con forma de luna; en el cuarto, otro libro abierto pero todo el círculo quebrado por una línea que le corta un tercio de la superficie; y en el quinto, una cara representando al Sol en tensa actitud. Quizás esté también queriendo significar el devenir cíclico de la Humanidad: las cinco humanidades de Tierra, Agua, Aire, Fuego y Eter, representando al Cuerpo, la Vitalidad, la Psique, la Mente Egoísta y la Inteligencia.
En el friso del lado este, mirando, pues, al Poniente, la Montaña Occidental de sombras, unos grabados que representan de izquierda a derecha la figura de un hombre de rodillas y que se apoya en un gran perro, pero sujetando con la mano izquierda una correa, es decir, no lleva, sino que es llevado, mientras su rostro cadavérico se alza dolorido al cielo: el gran perro sujeto por el hombre parece morder el lomo a otro de menor tamaño, (o es, quizás, un cervatillo) que le precede, quien a su vez hace lo propio con un tercero situado ante su hocico y más pequeño que él (¿un perro o qué otro cuadrúpedo?) La mirada hacia Occidente, el perro que conduce, lo demacrado del hombre, nos recuerdan la vinculación de estos mismos elementos en Egipto, con Anubis, el Chacal, y su estrella regente Sirio, estrella que deseca las aguas de la personalidad, símbolo de la liberación del Alma mediante la destrucción de los cuerpos materiales.
Quizás representen ambos frisos las dos formas de ascenso del hombre en la pirámide de la evolución: la evolución de las formas, en las sucesivas humanidades, mirando al Sol que nace, es decir, a la luz de la vida, y la evolución de la conciencia en un camino arriesgado, vertical, consumidor, mirando a la luz de Occidente, a la luz del Sol que se sumerge en el Abismo, o sea, la luz de la conciencia que busca en lo más profundo de sí. El hombre de rodillas, consumido y en éxtasis de adoración es la personalidad dominada, el perro es la Mente Superior y el Ciervo la fría llama de la Intuición.
Este ha sido un breve recorrido por las construcciones y símbolos templarios en el Camino de Santiago. Puede que hayamos encontrado interpretaciones excediéndonos en el uso de imaginación, pero ¿qué es el hombre sino aquello que antes imagina? ¿No es la imaginación la facultad de tender puentes a lo desconocido, la primera puerta hacia el misterio que nos envuelve, la facultad de conocer intuitivamente aquello que la razón o la escasez de datos nos niegan? En palabras de uno de los más grandes filósofos del siglo XX, el profesor Livraga: El hombre tiene la medida de aquello que se atreve a soñar. Que sea este imaginario camino de símbolos templarios una ruta de ensueño que nos aproxime más hacia nosotros mismos.
Jose Carlos Fernández
En Soria
Aunque reconozco que es este un tema que dejó de interesarme hace ya bastantes años he de confesar que, en su día, dediqué buena parte de mi tiempo libre a documentarme, en los libros y sobre el terreno, acerca de esta enigmática orden religioso-militar y, especialmente, de sus andanzas por tierras de Soria.
Otros lo han hecho, especialmente Juan García Atienza que en su La meta secreta de los templarios se ocupaba con bastante extensión de los templarios de la tierra de Soria. Fue la lectura de aquel libro lo que inició en mí, y en otras personas, el interés por esta orden.
San Polo es seguramente el cenobio templario más conocido por la proximidad a la capital. También lo es el enclave de Ucero, que unos quieren San Juan de Otero, pero que, en realidad, no tenemos ningún motivo serio para no seguir llamándolo "San Bartolomé". Otros enclaves, no tan conocidos, los tenemos en Castillejo del Robledo, Agreda, San Pedro Manrique (San Pedro El Viejo), Yangüas, etc.
Tradiciones, leyendas y consejas nos hablan de la presencia de templarios en las ruinas de San Adrián (Sierra del Madero) y Morón de Almazán, donde hubieran excavado un largo pasadizo.
Templarias pudieran ser unas ruinas cerca de Peñalba de San Esteban que en el mapa 1:50.000 se denominan "Coto del Prior" y que en el de Tomás López vienen señaladas con una crucecita y un lacónico "Fue de Templarios". Por su parte Teógenes Ortego en su libro sobre Agreda habla de templarios en Almazán, Rioseco y Caracena y Miguel Moreno cita algunas habladurías populares que los quieren en Velamazán. No olvidemos también los restos que aún se conservan, irreconocibles, en la cumbre del Cerro de la Trinidad, entre La Rubia y Fuentelárbol, donde bien pudiera encontrarse ese San Juan de Otero, que otros buscan en el cañón del Río Lobos.
El suma y sigue, que agrupa evidentes restos arquitectónicos junto a leyendas intangibles, alcanza, al menos, los 14 enclaves, ninguno de los cuáles debió de ser encomienda propiamente dicha a excepción de ese "San Juan de Otero", fuera el que fuese, que Campomanes cita en su famoso libro sobre la orden como uno de los 12 conventos más importantes de España…
Otros debieron ser meras granjas, como el enclave de Agreda, cuando no escuetos eremitorios como el de San Adrián en la Sierra del Madero.
Castillos de algún fuste sólo se conserva el de Castillejo, aunque algunos autores harían templario el de Ucero…
En cuanto a Leyendas con caballeros mitad monjes mitad guerreros como protagonistas, hay al menos tres.
La más conocida es, desde luego, la Becqueriana del "Monte de las Animas", que todos los sorianos hemos leído antes o después con un nudo en la garganta. En ella se nos habla de una hipotética batalla entre los monjes y los nobles linajes de la capital por la posesión del Monte de las Animas, que se saldó en tablas y con una sarracina por ambos bandos. Desde entonces, cada noche de Todos los Santos vuelven los espectros a repartir estopa bajo las carrascas y mejor para todos si nadie se aventura a darse un garbeo en esa noche por las umbrías del Monte de las Animas.
La segunda leyenda está ambientada en el monasterio, hoy una pura ruina, de San Adrián, en la Sierra del Madero y habla de espectros de ectoplasmas de templarios que recorren la sierra en las noches sin luna. Por fin, en Castillejo del Robledo, se sitúa una tradición algo más elaborada que tiene por protagonistas a los caballeros del Temple. Todas ellas pueden leerse completas en el tomo de LEYENDAS DE SORIA recopiladas por Florentino Zamora, cuya lectura, por lo demás, recomiendo.
Mientras en Francia, cuna de esta orden religiosa, la bibliografía existente es numerosa, no ocurre lo mismo en España, o al menos no ocurría hace unos años, ya que la floración de títulos ha sido considerable en los últimos años, aunque en muchos casos verdaderos desvaríos.
Los asentamientos templarios en la península ibérica comienzan cuando ya la orden estaba firmemente establecida en Francia y en otros países. Su presencia en España está justificada por su participación en la Reconquista contra el Islam, misión esta que tenía la categoría de verdadera Cruzada para la Cristiandad. El desarrollo de esta orden será en España bien distinto y, por ejemplo, también lo será su final. Mientras que en Francia los templarios son víctimas de una confabulación de la monarquía y de la Iglesia, en España logran mantener su integridad y enfrentarse con éxito a las maniobras contrarias hasta el punto de que los procesos incoados contra ellos no consiguen prosperar y se les permite integrarse en otras órdenes religiosas, algunas creadas ex profeso para ellos. Podríamos, incluso, decir que el florecimiento de órdenes religioso-militares en la España de la reconquista (ahí están las de Calatrava, Montesa, Alcántara, Santiago, San Jordi de Alfama y la Orden del Cristo en Portugal) sería muy difícil de explicar sin la presencia e influencia de los templarios.
Desde principios del siglo XII los templarios comienzan a implantarse en los diversos reinos peninsulares, sobre todo Aragón, aunque también Castilla y Portugal. Generalmente los monarcas les concedían territorios que todavía no habían sido tomados a los árabes y que los templarios podían conservar para sí y lograban reconquistarlos, lo que no siempre alcanzaban. Los monarcas conseguían así favorecer la religión sin perjuicio de sus intereses a la vez que ponían a gente de armas en las zonas fronterizas y, por tanto, más peligrosas.
Sabemos que en el año de 1176 entre las huestes que acompañaban al monarca castellano Alfonso VIII, gran favorecedor de Soria, a la conquista de la ciudad de Cuenca, se hallaban caballeros templarios, como también estuvieron, años después, en la batalla de las Navas de Tolosa.
En cuanto a Soria, que por aquellos años es reconquistada también (me refiero a la capital), se debate entre su adscripción a tres reinos cristianos, a saber: Navarra, cuyos límites llegaban hasta el cercano pueblo de Garray y cuyo rey Sancho repobló la ciudad, Aragón, que con Alfonso el Batallador llega a ocupar buena parte de la provincia y, por fin, Castilla, que finalmente mantendrá para sí y desde entonces a Soria y su Tierra. Son años fundacionales y a la ciudad de Soria, entonces rodeada completamente por una muralla de respetables dimensiones afluyen cristianos de diversas partes de la montaña cántabra y de Euzkadi, también, como hemos dicho, navarros y aragoneses. Para afincar a esta gente en sus nuevos asentamientos se les ofrecen Cartas Pueblas, verdaderos catálogos de privilegios que hacían hombres libres, no lo olvidemos, en un mundo que era esencialmente feudal. La ciudad de Soria recibe su Fuero, a imitación y modelo del de Sepúlveda, en la mejor tradición foral y democrática de Castilla y recibe también los primeros nobles, que inspirándose en la fabulosa Tabla Redonda crean una institución aristocrática y caballeresca denominada De los doce linajes que perdurará con altibajos hasta el siglo XIX. Es también el momento de la llegada de las órdenes militares: templarios y sanjuanistas.
Ambos se sitúan a otro lado del Duero, donde aún hoy día subsisten las ruinas de sus dos monasterios, el de San Polo y el de San Juan de Duero. Piénsese que la ciudad estaba mucho más orientada hacia el Duero y que, por ejemplo, terminaba en la calle Puertas de Pro¸que eran unas de las que taladraban la muralla, y aún pueden verse restos de la misma y un par de cubos o torreones.
Además de este convento de San Polo, la provincia de Soria tuvo buen número de asentamientos templarios, muchos de los cuales no conocemos sino por la leyenda mientras que de otros se conservan restos más o menos sugerentes.
Hay constancia histórica o al menos tradición de enclaves templarios en los siguientes puntos de Soria: la ermita de San Bartolomé de Ucero en el Cañón del Río Lobos, no lejos del Burgo de Osma. En Almazán, junto al Duero. En Rioseco de Soria. En las proximidades de San Pedro Manrique, en un lugar llamado San Pedro el Viejo. En la villa fronteriza con Aragón, Agreda. En Castillejo del Robledo, en el confín con Burgos y Segovia. En el llamado Cerro de la Trinidad o de San Juan, cerca del puerto de Oncala. En las ruinas próximas a Peñalba de San Esteban, llamadas hoy La cerrada del Prior y que figuran en un mapa del siglo XVIII con la expresión Fue de Templarios. En la villa de Yanguas, cercana a la Rioja. En la Sierra del Madero, donde se pueden ver las ruinas del convento de San Adrián. También en Morón de Almazán.
© Antonio Ruiz Vega
Otros lo han hecho, especialmente Juan García Atienza que en su La meta secreta de los templarios se ocupaba con bastante extensión de los templarios de la tierra de Soria. Fue la lectura de aquel libro lo que inició en mí, y en otras personas, el interés por esta orden.
San Polo es seguramente el cenobio templario más conocido por la proximidad a la capital. También lo es el enclave de Ucero, que unos quieren San Juan de Otero, pero que, en realidad, no tenemos ningún motivo serio para no seguir llamándolo "San Bartolomé". Otros enclaves, no tan conocidos, los tenemos en Castillejo del Robledo, Agreda, San Pedro Manrique (San Pedro El Viejo), Yangüas, etc.
Tradiciones, leyendas y consejas nos hablan de la presencia de templarios en las ruinas de San Adrián (Sierra del Madero) y Morón de Almazán, donde hubieran excavado un largo pasadizo.
Templarias pudieran ser unas ruinas cerca de Peñalba de San Esteban que en el mapa 1:50.000 se denominan "Coto del Prior" y que en el de Tomás López vienen señaladas con una crucecita y un lacónico "Fue de Templarios". Por su parte Teógenes Ortego en su libro sobre Agreda habla de templarios en Almazán, Rioseco y Caracena y Miguel Moreno cita algunas habladurías populares que los quieren en Velamazán. No olvidemos también los restos que aún se conservan, irreconocibles, en la cumbre del Cerro de la Trinidad, entre La Rubia y Fuentelárbol, donde bien pudiera encontrarse ese San Juan de Otero, que otros buscan en el cañón del Río Lobos.
El suma y sigue, que agrupa evidentes restos arquitectónicos junto a leyendas intangibles, alcanza, al menos, los 14 enclaves, ninguno de los cuáles debió de ser encomienda propiamente dicha a excepción de ese "San Juan de Otero", fuera el que fuese, que Campomanes cita en su famoso libro sobre la orden como uno de los 12 conventos más importantes de España…
Otros debieron ser meras granjas, como el enclave de Agreda, cuando no escuetos eremitorios como el de San Adrián en la Sierra del Madero.
Castillos de algún fuste sólo se conserva el de Castillejo, aunque algunos autores harían templario el de Ucero…
En cuanto a Leyendas con caballeros mitad monjes mitad guerreros como protagonistas, hay al menos tres.
La más conocida es, desde luego, la Becqueriana del "Monte de las Animas", que todos los sorianos hemos leído antes o después con un nudo en la garganta. En ella se nos habla de una hipotética batalla entre los monjes y los nobles linajes de la capital por la posesión del Monte de las Animas, que se saldó en tablas y con una sarracina por ambos bandos. Desde entonces, cada noche de Todos los Santos vuelven los espectros a repartir estopa bajo las carrascas y mejor para todos si nadie se aventura a darse un garbeo en esa noche por las umbrías del Monte de las Animas.
La segunda leyenda está ambientada en el monasterio, hoy una pura ruina, de San Adrián, en la Sierra del Madero y habla de espectros de ectoplasmas de templarios que recorren la sierra en las noches sin luna. Por fin, en Castillejo del Robledo, se sitúa una tradición algo más elaborada que tiene por protagonistas a los caballeros del Temple. Todas ellas pueden leerse completas en el tomo de LEYENDAS DE SORIA recopiladas por Florentino Zamora, cuya lectura, por lo demás, recomiendo.
Mientras en Francia, cuna de esta orden religiosa, la bibliografía existente es numerosa, no ocurre lo mismo en España, o al menos no ocurría hace unos años, ya que la floración de títulos ha sido considerable en los últimos años, aunque en muchos casos verdaderos desvaríos.
Los asentamientos templarios en la península ibérica comienzan cuando ya la orden estaba firmemente establecida en Francia y en otros países. Su presencia en España está justificada por su participación en la Reconquista contra el Islam, misión esta que tenía la categoría de verdadera Cruzada para la Cristiandad. El desarrollo de esta orden será en España bien distinto y, por ejemplo, también lo será su final. Mientras que en Francia los templarios son víctimas de una confabulación de la monarquía y de la Iglesia, en España logran mantener su integridad y enfrentarse con éxito a las maniobras contrarias hasta el punto de que los procesos incoados contra ellos no consiguen prosperar y se les permite integrarse en otras órdenes religiosas, algunas creadas ex profeso para ellos. Podríamos, incluso, decir que el florecimiento de órdenes religioso-militares en la España de la reconquista (ahí están las de Calatrava, Montesa, Alcántara, Santiago, San Jordi de Alfama y la Orden del Cristo en Portugal) sería muy difícil de explicar sin la presencia e influencia de los templarios.
Desde principios del siglo XII los templarios comienzan a implantarse en los diversos reinos peninsulares, sobre todo Aragón, aunque también Castilla y Portugal. Generalmente los monarcas les concedían territorios que todavía no habían sido tomados a los árabes y que los templarios podían conservar para sí y lograban reconquistarlos, lo que no siempre alcanzaban. Los monarcas conseguían así favorecer la religión sin perjuicio de sus intereses a la vez que ponían a gente de armas en las zonas fronterizas y, por tanto, más peligrosas.
Sabemos que en el año de 1176 entre las huestes que acompañaban al monarca castellano Alfonso VIII, gran favorecedor de Soria, a la conquista de la ciudad de Cuenca, se hallaban caballeros templarios, como también estuvieron, años después, en la batalla de las Navas de Tolosa.
En cuanto a Soria, que por aquellos años es reconquistada también (me refiero a la capital), se debate entre su adscripción a tres reinos cristianos, a saber: Navarra, cuyos límites llegaban hasta el cercano pueblo de Garray y cuyo rey Sancho repobló la ciudad, Aragón, que con Alfonso el Batallador llega a ocupar buena parte de la provincia y, por fin, Castilla, que finalmente mantendrá para sí y desde entonces a Soria y su Tierra. Son años fundacionales y a la ciudad de Soria, entonces rodeada completamente por una muralla de respetables dimensiones afluyen cristianos de diversas partes de la montaña cántabra y de Euzkadi, también, como hemos dicho, navarros y aragoneses. Para afincar a esta gente en sus nuevos asentamientos se les ofrecen Cartas Pueblas, verdaderos catálogos de privilegios que hacían hombres libres, no lo olvidemos, en un mundo que era esencialmente feudal. La ciudad de Soria recibe su Fuero, a imitación y modelo del de Sepúlveda, en la mejor tradición foral y democrática de Castilla y recibe también los primeros nobles, que inspirándose en la fabulosa Tabla Redonda crean una institución aristocrática y caballeresca denominada De los doce linajes que perdurará con altibajos hasta el siglo XIX. Es también el momento de la llegada de las órdenes militares: templarios y sanjuanistas.
Ambos se sitúan a otro lado del Duero, donde aún hoy día subsisten las ruinas de sus dos monasterios, el de San Polo y el de San Juan de Duero. Piénsese que la ciudad estaba mucho más orientada hacia el Duero y que, por ejemplo, terminaba en la calle Puertas de Pro¸que eran unas de las que taladraban la muralla, y aún pueden verse restos de la misma y un par de cubos o torreones.
Además de este convento de San Polo, la provincia de Soria tuvo buen número de asentamientos templarios, muchos de los cuales no conocemos sino por la leyenda mientras que de otros se conservan restos más o menos sugerentes.
Hay constancia histórica o al menos tradición de enclaves templarios en los siguientes puntos de Soria: la ermita de San Bartolomé de Ucero en el Cañón del Río Lobos, no lejos del Burgo de Osma. En Almazán, junto al Duero. En Rioseco de Soria. En las proximidades de San Pedro Manrique, en un lugar llamado San Pedro el Viejo. En la villa fronteriza con Aragón, Agreda. En Castillejo del Robledo, en el confín con Burgos y Segovia. En el llamado Cerro de la Trinidad o de San Juan, cerca del puerto de Oncala. En las ruinas próximas a Peñalba de San Esteban, llamadas hoy La cerrada del Prior y que figuran en un mapa del siglo XVIII con la expresión Fue de Templarios. En la villa de Yanguas, cercana a la Rioja. En la Sierra del Madero, donde se pueden ver las ruinas del convento de San Adrián. También en Morón de Almazán.
© Antonio Ruiz Vega
Sus cuarteles
La Historia de los Templarios
Su nombre popular alude a los históricos Cuarteles ubicados en el Templo de Jerusalén en el Monte del Templo, una capilla en la cima del Monte Moriah en Jerusalem, que fue renombrado Templum Domini (El Templo del Señor). La cima es sagrada para tanto Judios como Cristianos como el Monte del Templo y para los Musulmanes el el Domo de la Roca (en arabe es Qubbat As-Sakhrah) y es tambien llamado como el Mosque de Omar. El Templum Domini se convirtió en el modelo para muchas iglesias Templarias en Europa, como la Iglesia del Temple en Londres y es representada en varios sellos Templarios.
En adición a Palestina, la Orden luchó en las Reconquistas Española y Portuguesa. Los cuarteles de los Templarios en Tomar, Portugal estaban en el Convento de Cristo. Se les daba grandes castillos y terrenos. En un punto, iban a heredar el Reino de Aragón, junto con otras ordenes militares. Los Caballeros Templarios se identificaban por su cota blanca con la distintiva cruz roja sobre el corazón o sobre el pecho, como es visto en los retratos de muchos caballeros cruzados.
Cuando algunos miembros se unieron a la Orden, usualmente donaban grandes cantidades de efectivo o propiedades ya que todos tenían que tomar los votos de pobreza. Combinada con las garantías del Papa, su poder financiero fue asegurado desde un principio. Como los Templarios guardaban efectivo en sus Casas y Templos, fue natural que en 1135 la Orden haya comenzado a prestarles dinero a los peregrinos españoles que querían viajar a Tierra Santa. Las Conexiones políticas de los Templarios y su conocimiento de la naturaleza urbana y comercial de las comunidades en el extranjero llevo a los Templarios a una posición de considerable poder, tanto en Europa como en la Tierra Santa. Su éxito atrajo la preocupación de muchas Órdenes y eventualmente, de la nobleza y los monarcas de Europa también, que estaban en ese tiempo buscando el monopolio por el control del dinero y los bancos después de un largo periodo de caos en el cual la sociedad civil, especialmente la iglesia había dominado las actividades financieras. Los activos de los Templarios eran grandes en Europa y Medio Oriente, incluyendo por un tiempo toda la isla de Chipre.
La Caída de los Templarios
La Caída de los Templarios habría empezado por un préstamo. El Rey Felipe IV de Francia necesitaba dinero para sus guerras y le pidió a los Templarios, que se rehusaron. El Rey intento que el Papa excomulgara a los Templarios, por esto pero el Papa Bonifacio VIII se rehusó. Felipe envió a su mano derecha Guillaume de Nogaret, a persuadir al Papa, que murió por las heridas inflingidas por Nogaret.
El próximo Papa Clemente V, acordó ceder a las demandas de Felipe IV sobre los Templarios. Felipe IV de Francia, el Hermoso, ante las deudas que había adquirido con ellos y la envidia por el poder que manejaban, convenció al papa Clemente V de que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos (se les acusó de escupir sobre la cruz, renegar de Cristo a través de la práctica de ritos heréticos y de tener contacto homosexual, entre otras cosas).
El 13 de octubre de 1307, los Caballeros Templarios en Francia fueron simultáneamente arrestados por agentes de Felipe El Hermoso, y torturados a admitir herejía en la Orden.En Portugal el nombre de la Orden cambio por el de la Orden de Cristo, y se cree que contribuyo a los primeros descubrimientos marítimos de Portugal.
Herejía y perdón
El debate continúa aun sobre si las acusaciones de herejía a los Templarios en esos tiempos. Bajo tortura, algunos Templarios admitieron actos homosexuales. Sus líderes, mas tarde negaron esto y fueron por eso ejecutados.Algunos expertos desechan esto como admisiones forzadas, típicas durante la Inquisición. Según algúnos historiadores, y documentos vaticanos recientemente descubiertos, estos actos se hacían para simular el tipo de tortura y humillación que un Cruzado sería sujeto, en caso de ser capturado por los Sarracenos. La posición de la Iglesia Católica en lo referido a los Templarios es que la persecución fue injusta, que no había nada malo con los Templarios y que el Papa en aquel tiempo fue manipulado. En 2001, la Doctora Bárbara Frale descubrió en los archivos secretos del Vaticano, un documento que muestra que el Papa Clemente V, perdono en secreto a los Caballeros Templarios en 1314.Mientras Jacques de Molay, Gran Maestro de los Caballeros Templarios, ardía en las llamas maldijo al Rey Felipe y al Papa Clemente V a enfrentarse con la Justicia Divina dentro de ese año. El Papa Clemente V murió solo un mes después y Felipe IV, siete meses mas tarde.
Leyendas de los Templarios
La rápida sucesión de los últimos reyes Capetos de Francia entre 1314 y 1328, los tres hijos de Felipe IV, el Hermoso, llevo a muchos a creer que la Dinastía había sido maldita. Se ha dicho que Jacques de Molay, el último Maestro de la Orden, maldijo al Rey Felipe mientras ardía en la Pira.Los Caballeros Templarios, más tarde se envolvieron de leyendas relacionadas a secretos y misterios que fueron pasando de boca en boca desde tiempos antiguos. Tal vez los más conocidos son los que relacionan a los Templarios con el Santo Grial y el Arca de la Alianza. Algunas fuentes dicen que el Santo Grial, o Sángreal. fue encontrado por la Orden y llevada a Escocia, durante la destrucción de la Orden en 1307, y que sus restos fueron enterrados bajo Rosslyn Chapel.Algunos dicen que la Orden también encontró el Arca de la Alianza, el baúl que contenía objetos sagrados del Antiguo Israel, incluyendo la barra de Aaron y las tablas de piedra inscriptas por Dios con los Diez Mandamientos.Estas leyendas se relacionan con la larga ocupación de la Orden en el Monte del Templo en Jerusalén. Algunas fuentes registraron que descubrieron secretos de los Masones que habían construido los templos originales allí, junto con el conocimiento de que el Arca había sido mudada a Etiopía antes de la Destrucción del Primer Templo. Se alude a estos hechos en bajorrelieves encontrados en la Catedral de Chartres.Mas conexiones a la Búsqueda del Arca por la Orden son sugeridas por la existencia de la monolítica Iglesia de San Jorge en Lalibela en Etiopía, que aun hoy existe y cuya construcción se le atribuye a los Caballeros Templarios. Se incluyen Templarios entre la tripulación del legendario viaje de Henry Sinclair desde Escocia a Norte América en 1398. Hay gran especulación que considera la posibilidad de que los Caballeros Templarios hubieran poseído cartas de navegación del continente americano precolombinas. Los navegantes de Cristóbal Colon eran miembros de la extinta Orden del Temple Portuguesa. Y por esto la Cruz Templaria figuraba prominentemente en las velas de sus barcos en 1492.Aficionados al esoterismo claman que la Orden guardo conocimiento secreto relacionándolos con los Rosacruces, el Priorato de Sión, el Rex Deus, los Herméticos, reliquias perdidas y enseñanzas de Jesús como el “Testamento de Judas” o “El Manto de Turín”
OrganizaciónLos Templarios – Organizacion
Los templarios fueron la mas grande y mas ponderosa de todas las organizaciones militares CristianasLos Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, llamados originalmente Los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo (el cual esta en Jerusalem) son mas conocidos como Los Templarios. La Orden fue fundada en 1118, luego de la Primera Cruzada en 1096, para ayudar el nuevo Reino de Jerusalem a mantenerse contra los hostiles vecinos Musulmanes, y para mantener la seguridad del gran numero de Peregrinos Europeos que marchaban a Jerusalem, luego de la Conquista.Los Templarios se organizaron como una Orden Monastica, siguiendo una regla creada para ellos por Bernard de Clairvaux, el fundador de la Orden Cisterciense. Los Templarios estaban bien conectados y rapidamente se transformaron en fichas importantes dentro de las politicas internacionales en el periodo de las Cruzadas. En aquel tiempo les otorgaron varios Sellos Papales que les permitian entre otras cosas recaudar impuestos
Existian cuatro divisiones de Hermanos en los Templarios
• los Caballeros, equipados con armadura pesada• los Sargentos, equipados con armadura liviana y surgidos de una clase social inferior que los Caballeros• los Granjeros que administraban las propiedades de la Orden• los Capellanes, que eran sacerdotes y cuidaban las necesidades espirituales de la Orden
En cualquier tiempo, cada Caballero tenia 10 personas en posiciones de ayuda. Algunos Hermanos eran devotos solamente a la Banca, ya que a la Orden le era confiado preciados bienes por aquellos que participaban en las Cruzadas. Pero la mayoria de los Caballeros Templarios se dedicaba a los asuntos de guerra. Era primordialmente una Orden que rendia cuentas solamente al Papa. Algunos consideran a los Templarios como los antecedentes de la Armada. Los Templarios usaban su fortuna para construir numerosas fortificaciones a traves de la Tierra Santa y eran probablemente las unidades de combate mejor entrenadas y disciplinadas de aquellos dias.
Jacques de Molay y el proceso contra el Temple
Un articulo del Dr. Ramiro Anzit Guerrero
INTRODUCCION
Jacques de Molay (nace en el 1243 y muere el 19 de marzo de 1314). Noble franco y último Gran Maestre de la Orden del Temple. Miembro de la familia de Longwy-Rohan, originario de Francia, fue elegido Jacques de Molay como Gran maestre del Temple al final de 1292 a la muerte del monje Gaudin, siendo entonces Mariscal de la Orden.
Organizó, entre 1293 y 1305, múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en el año 1298.
En 1307, contando con el respaldo del Papa Clemente V, el rey Felipe IV de Francia ordena la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, herejía e idolatría. Molay confesó bajo tortura y murió en la hoguera en la isla de los Judíos en París frente a la Catedral de Notre Dame, el 11 de marzo de 1314, después de haber pasado varios años en prisión y haber aguantado los más horribles sufrimientos. Antes de morir se retractó públicamente de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamó la inocencia de la Orden y maldijo a los culpables de la conspiración. En el plazo de un año, dicha maldición se cumplió con la muerte de Felipe IV y de Clemente V por causas naturales.
Era un militar más que un político, lo que va a traer consecuencias en la caída de la Orden; ¿pero incluso un diplomático sagaz habría podido, ante los "juristas" de Felipe el Hermoso, salvar a la Orden?.
Difícil era evitar excitar los celos, incluso de los reyes, ya que en las altas esferas donde se habían elevado, era difícil que todos los jefes y todos los caballeros se mantuvieran siempre y por todas partes en una sabia moderación que habría podido prevenir o desarmar el deseo y el odio. Desgraciadamente para la Orden, el rey de Francia tuvo varios motivos para atacarla y el principal quizás, fue la escasez en el tesoro real, lo cual psicológicamente le permitió que sea menos difícil la decisión sobre los medios de apropiarse de los bienes de la Orden. Al momento en que se detuvieron al Gran maestre y a todos los caballeros que estaban con él en el palacio del Temple en París, el rey ocupó este palacio y se apoderó de sus posesiones y sus riquezas. Al detener a los otros caballeros en las distintas partes de Francia, se embargan también sus bienes. Los inquisidores procedieron inmediatamente con su labor contra todos los caballeros interrogándolos por medio de torturas, y amenazándolos con otras aun peores. Por todas partes, arrancaron entre los caballeros el consentimiento de algunos de los crímenes, avergonzados de los que se los acusaba que ofendían a la vez la naturaleza y la religión.
A las amenazas se adjuntaban medios de seducción para obtener los consentimientos que debían justificar los rigores de las medidas empleadas. Al principio de los procedimientos, treinta y seis caballeros se habían muerto en París bajo las torturas. Felipe el Hermoso puso en uso todos los medios que podía para desprestigiar a la Orden y a los caballeros en la opinión pública. El papa, creyendo su propia autoridad herida por los agentes del rey, en primer lugar había reclamado para si el juzgamiento de los caballeros. Felipe supo pronto calmar los escrúpulos del pontífice. La facultad de teología de París aplaudió las medidas del rey, y una asamblea convocada en Tours (24 de marzo 1308), explicándose en nombre del pueblo francés, pidió el castigo de los acusados, y declaró al rey que no tenía necesidad de la intervención del papa para castigar herejes, obviamente culpables. Se envió a Jacques de Molay con otros jefes de la Orden al papa, para explicarse ante él, pero se detuvo su marcha en Chinon, donde vinieron cardenales a interrogarlos. Los historiadores creyeron que Felipe el Hermoso había obtenido la tiara para Clemente V, imponiéndole distintas condiciones, una de las cuales era la abolición de la Orden. En el primer juicio, un enorme número de caballeros hicieron los consentimientos exigidos; y se cree generalmente que hasta el propio Gran Maestre cedió, como éstos, o al temor a los tormentos y la muerte, o a la esperanza que obtendría algunas condiciones favorables para la Orden, si no resistían a los proyectos de la política del rey.
Sin embargo el papa, obligado a dar una apreciación jurídica a los medios violentos que debían traer la destrucción de la Orden, convocó en 1308 un concilio en Viena para 1310 (él que se haría finalmente en 1311), y nombró a una comisión que viajó a París, con el fin de tomar contra la Orden en general un testimonio necesario e incluso indispensable para justificar la decisión del concilio. Felipe IV llevo a Jacques de Molay en presencia de estos Comisarios del papa, y en lengua vulgar le explico, las partes del procedimiento. Cuando escucho la lectura de unas cartas apostólicas que suponían que había hecho en Chinon algunos consentimientos, manifestó su asombro y su indignación contra tal aserción. Un gran número de Templarios aparecieron después de su jefe. El asunto tomó entonces un carácter imponente y extraordinario; los caballeros se mostraron dignos de la Orden y de ellos mismos, y de las grandes familias a las cuales tenían el honor de pertenecer. La mayoría de los que, forzados por los tormentos o el temor, habían hecho consentimientos delante de los inquisidores, los revocaron delante de los Comisarios del papa. Se compadecieron altamente de las crueldades que se habían ejercido hacia ellos, y declararon en términos enérgicos querer defender a la Orden hasta la muerte, de cuerpo y alma, delante y contra todos, contra todo hombre vivo, excepto el papa y el rey.
Los asuntos de los Templarios parecían estar pues en buena vía. Hacia la primavera de 1310, la Orden había encontrado en París una legión de partidarios, representados por fiscales regulares. Para los que querían obstruir la verdad, solo era tiempo de actuar. Actuaron, en efecto y no se habían imaginado aún nada tan escandaloso como los argumentos que utilizarían. Aprovecharon los pleitos que existían en paralelo contra la Orden y contra sus miembros, y de los jueces que asustaban mortalmente a los testigos del pleito contra la Orden. El juicio a la Orden en París pertenecía, en virtud de las cartas del papa, al concilio provincial, presidido por el arzobispo metropolitano de París. Ahora bien, el arzobispo era el hermano de uno de los principales Ministros del Rey, Enguerrand de Marigny y fue el que armó en París al concilio de su provincia. Este tribunal de investigación tenía el derecho a condenar sin oír a los acusados y a establecer sus sentencias de la noche a la mañana. Los fiscales de los presos comprendieron la terrible amenaza implicada en la brusca convocatoria de esta asamblea. Se lo indicaron, a partir del 10 de mayo de 1310, a la comisión pontifical. Pero el Presidente de dicha comisión, el arzobispo de Narbonne, se retiró en cuanto denunciaron el atentado proyectado de ejecución de los Templarios.
Se los declaró heréticos, y entregados a la justicia secular y se condenaron al fuego a todos los que persistieron en sus retractaciones. Los que nunca habían hecho consentimientos y que no quisieron hacerlo se los condenó a la detención perpetua, como caballeros no reconciliados. En cuanto a los que no se retractaron de las torpezas imputadas a la Orden, fueron puestos en libertad, recibieron la absolución y fueron nombrados Templarios reconciliados. Para acusar, preguntar, juzgar a los supuestos culpables, condenarlos a las llamas y hacer todo el juicio, basto el tiempo que pasó del lunes 11 de mayo al día siguiente a la mañana.
54 caballeros fallecieron en París ese día, condenados como culpables por el arzobispo, se los amontonaron en carros, y fueron quemados públicamente entre Vincennes y Moulin-à-Vent de París, fuera de la puerta Saint- Antoine.
El procedimiento indica nominativamente algunos de los caballeros que sufrieron este honorable suplicio. Entre ellos, Gaucerand de Buris, Guido de Nici, Martin de Nici, Gaultier de Bullens, Jacques de Sansy, Enrique de Anglesy, Laurent de Beaune, Raoul de Estremecid. Todos los historiadores que hablaron del suplicio de los caballeros del Temple certificaron la noble entereza que pusieron de manifiesto hasta la muerte: Entonaron los santos cánticos y haciendo frente a los tormentos con un valor caballeresco y una dimisión religiosa, se mostraron dignos de la piedad de sus contemporáneos y la admiración de la posteridad. Un cronista de ese tiempo dijo que los caballeros "Sufrieron con una constancia que puso sus almas en gran peligro de condenación eterna, ya que indujo al pueblo ignorante a darlos por inocentes".
No era ya posible mantener la menor ilusión sobre la libertad de la defensa. Dos de los fiscales elegidos, sobre cuatro, habían desaparecido. La comisión reanudó el día 13, la irónica comedia de sus sesiones en la capilla Saint- Éloi. Pero se cambiaba algo desde la víspera. La aparición del primer testigo quien se presentó, era un caballero de la diócesis de Langres, Aimery de Villiers-le-Duc, un viejo de una cincuentena de años, templario desde hacia veintiocho años.
Cuando se le leían los actos de acusación, se paró, pálido y como aterrado, protestando que si mentía, quería ir derecho al infierno por muerte súbita, golpeándose el pecho con sus puños, elevando los brazos hacia el altar, las rodillas en tierra y dijo "Reconocí, algunos artículos debido a torturas que me infligieron los jueces Marcilly y Hugues, caballeros del rey, pero todo es falso.
Ayer, vi cincuenta y cuatro de mis hermanos, en los furgones, en marcha para la hoguera, porque no quisieron reconocer nuestros supuestos errores; pensé que no podría nunca resistir al terror del fuego. Reconocí todo, lo siento; reconocería que maté a Dios, si se quería". Luego suplicó a los Comisarios y a los notarios no repetir lo que acababa de decir a sus encargados, por temor a que se lo quemara también. Esta declaración trágica hizo bastante impresión sobre la gente del papa para que se decidieran a suspender temporalmente el proceso. No reanudaron sus operaciones, en adelante ficticias, hasta después de seis meses de interrupción.
Los testigos oídos a partir de diciembre de 1310 fueron todos Templarios reconciliados por los sínodos provinciales, es decir, sometidos, que aparecieron "sin manto y con barba afeitada".
Cuando la investigación se cerró finalmente, se expidió dos ejemplares para servir a la edificación de los padres del próximo concilio de Viena. Son dos cientos diecinueve hojas de una escritura uniforme. El concilio de Viena, prorrogado en sucesivas ocasiones, había sido fijado para el mes de octubre de 1311 el mismo día del aniversario de la detención, cuatro años antes, de los Templarios en toda Francia. Clemente V empleó los meses que precedieron, contra aquéllos que había condenado por adelantado, con un inmenso arsenal de pruebas. Sabía que se decía generalmente en Occidente: "los Templarios negaron las acusaciones en todas partes, excepto los que lo hicieron bajo las amenazas del rey de Francia". Era necesario cortar estos rumores; es con este fin que entonces el papa redactó las bulas para exhortar a los reyes de Inglaterra y Aragón a emplear la tortura, a pesar de los hábitos locales de sus reinos, que prohibían este procedimiento. Se expidieron órdenes de tortura también, a último momento, en Chipre y Portugal. Es así como hubo derramamientos de sangre mártir. Tenemos el relato de los suplicios infligidos en agosto y septiembre de 1311, por el obispo de Nimes y el arzobispo de Pisa; estos prelados solo enviaron al papa, las declaraciones de su agrado; silenciaron los testimonios de los obstinados.
El obispo de Angers, convocado al concilio ecuménico de Viena al igual que los prelados de la Cristiandad, redactó su "dictamen" por escrito, en estos términos: "Hay diferentes opiniones con respecto a los Templarios; los unos quieren destruir a la Orden sin demora, debido al escándalo que suscitó en la Cristiandad y debido a los dos mil testigos que certificaron sus errores; los otros dicen que es necesario permitir a la Orden presentar su defensa, porque es malo cortar un miembro tan noble de la Iglesia sin debate previo. Eh bien, creo, por mi parte, que nuestro señor el papa, abrasivo de su plena potencia, debe suprimir ex officio a una Orden que, tanto como pudo, puso el nombre cristiano en ojos de los incrédulos y que hizo dudar a los fieles en la estabilidad de su fe". Por supuesto que un obispo, famoso monárquico, había querido destacarse en el momento de la apertura del pleito, he aquí cómo la cuestión de la culpabilidad del Temple se habría planteado a su conciencia.
Durante la lectura de los procedimientos hechos contra la Orden, 9 caballeros se presentaron como delegados de 1500 a 2000 miembros, y ofrecieron tomar la defensa de la Orden acusada. La augusta asamblea se esperaba este último acto de equidad, interés o piedad. Ahora bien el papa les hizo poner las cadenas, y estos mandatarios no pudieren defender a la Orden, aunque los miembros del concilio opinaran que debían oírlos. Clemente V presumió de este acto en una carta del 11 de noviembre de 1311 dirigida al rey. La sesión se terminó precipitadamente pues el incidente no tuvo otra consecuencia. La Orden del Temple era acusada de ser por entero corrompida por supersticiones impías. Después de los formularios de investigación pontificales, que contienen hasta ciento veintisiete rúbricas, se acusaba, en particular, de imponer a sus neófitos, antes de su recepción, insultos variados al crucifijo, besos obscenos, y autorizar la sodomía. Los sacerdotes Templarios, al celebrar la misa, habrían omitido voluntariamente consagrar las hostias; no habrían creído en la eficacia de los sacramentos. Finalmente se habrían dedicado los Templarios a la adoración de un ídolo (con forma de cabeza humana) o de un gato; habrían llevado noche y día, sobre sus camisas, cuerdecitas encantadas por el contacto de este ídolo. Tales eran las acusaciones principales.
Otra acusación era que el Gran maestre y los otros funcionarios de la Orden, aunque no fueran sacerdotes, se habrían creído con el derecho de absolver a los hermanos de sus pecados; los bienes se adquirían indignamente, las limosnas era mal distribuidas. La acusación representaba todos estos crímenes tal como controlados por una Norma Secreta. Por supuesto que los funcionarios del rey Felipe practicaron en todos los "Templos" de Francia severos registros, con el fin de descubrir objetos comprometedores, es decir: 1° ejemplares de la Norma Secreta; 2° los ídolos; 3° los libros heréticos.
La lectura de los inventarios nos enseña que no encontraron más que algunas obras de piedad y libros de contabilidad y ejemplares de la norma irreprochable de San Bernardo. En París, Pidoye, administrador de los bienes secuestrados, presentó a los Comisarios de la Investigación "una cabeza de mujer en un manto dorado, que contenía fragmentos de cráneo envueltos en una ropa". Era uno de estos relicarios como tenían en la mayoría de los tesoros eclesiásticos del siglo XIII; se exponía, seguramente, los días festivos, a la veneración de los Templarios.
La investigación no presentó pues contra la Orden ningún documento material, o sea a ningún "testigo mudo". Toda la prueba se basa en testimonios orales. Pero las declaraciones, tan numerosas que son, pierden todo valor si se considera que fueron arrancadas por el procedimiento inquisitorial. La palabra de Aimery de Villiers-le-Duc es decisiva: "Reconocería que maté a Dios". Solo queda pues por examinar los hechos abogados por la opinión de la sensatez. Si los Templarios habían practicado realmente los ritos y las supersticiones que se les asigna, habrían sido sectarios y entonces se habría encontrado entre ellos, como en todas las comunidades heterodoxas, entusiastas para afirmar su fe pidiendo participar en las alegrías místicas de la persecución. Ahora bien, no hay un templario, durante el pleito, que no se obstinó en los errores de su pretendida secta. Todos los que reconocieron la negación y la idolatría se hicieron absolver. ¡Cosa sorprendente, la doctrina herética del Temple no habría tenido un martirio!, ya que los centenares de caballeros y hermanos sargentos que se murieron en el tormento de la prisión, entre las manos del torturador, o sobre la hoguera, no se sacrificaron por sus creencias; les gustó mejor morir que reconocer, o, después de haber reconocido por fuerza, que persistir en sus confesiones. Se supuso que los Templarios eran Cataros; pero los Cataros, como los antiguos monjes de Asia, tenían la pasión del suplicio; en el tiempo mismo de Clemente V, los "dolcinitas" de Italia se sentían consolidados milagrosamente por la proclamación repetida y frenética de sus doctrinas. En los Templarios, no hay alegría consagrada, no hay triunfo en presencia del verdugo.
Es una negación que tienen muy reservada. Si los Templarios se habían entregado realmente a los excesos, no sólo monstruosos, sino que estúpidos, que se les acusaron, todos, preguntados sucesivamente y forzados confesar, habrían descrito estos excesos de la misma manera. Cuando hablan de las ceremonias legítimas de la Orden, varían en gran parte, al contrario de las confesiones de los pretendidos rituales blasfemos.
Michelet, que creía en los desórdenes del Temple, observó bien "que las negaciones son idénticas, mientras que todos los consentimientos varían en las circunstancias especiales"; llega la conclusión "que se convenían las negaciones por adelantado y que las diferencias de los consentimientos les dan un carácter particular de veracidad". Si los Templarios eran inocentes, sus respuestas a los mismos jefes sobre las acusaciones no podían ser idénticas; si eran culpables, sus consentimientos habrían debido ser igualmente idénticos. La inverosimilitud de las cargas, la ferocidad de los métodos de investigación, el carácter contradictorio de los consentimientos podían seguramente preocupar a los jueces, incluso a los jueces de ese tiempo.
¿Quién habría resistido a la comparecencia de los suplicios de la investigación, a la exposición de sus heridas, a sus protestas de amor para la Iglesia perseguidora, a estos acentos dolorosos de los que el eco, recogido por los notarios de la gran comisión, nos mueve y convencen aún?. Los que tenían sus razones para que la luz no se hiciera debían pretender, por todos los medios, suprimir, hasta el final, los debates públicos. El bozal que se puso, en efecto, sobre la boca de los últimos partidarios de la Orden en el concilio de Viena, reunido para oírlos, es aún un argumento en favor de los Templarios.
Se conoce mal la historia del concilio de Viena. Pero se conjeturan intrigas del rey de Francia para forzar la mano del papa, para eludir la decisión del concilio. Clemente V estaba dispuesto a terminar; decía, el informe de Alberic Rosate: "Si la Orden no puede destruirse per viam justi, que lo sea per viam expedien, para que nuestros queridos hijos del rey de Francia no se escandalicen". En su decisión estaba seguro de los obispos franceses. Los de Alemania, Aragón, Castilla e Italia, todos casi había pagado a los Templarios de sus circunscripciones diocésanas, inclinaban a instituir un debate en norma. Encima del desconcierto, había sido necesario que Clemente hiciera encerrar a los nueve caballeros del Temple que habían aparecido repentinamente en Viena, como representantes de los Templarios fugitivos que erraban en las montañas de Lion, lo que equivalía a suprimir una segunda vez a la defensa, en violación del derecho. Los Prelados extranjeros se habían indignado. Se comprendió entonces que Felipe el Bello procedía a sacar el última remanente de fuerza. Desde Lyon supervisaba al concilio, y dónde había convocado una nueva asamblea de los prelados, nobles y comunidades del reino "para la defensa de la fe católica", el rey viajó a Viena (marzo 1312) con un ejército. Se sentó junto al papa. Endurecido éste, se apresuró a hacer leer, delante de los padres, una bula que había elaborado de acuerdo con los consejeros reales. Es la bula Vox in excelso, del 3 de abril de 1312, donde el papa reconoce que no existe contra la Orden prueba para justificar una condena canónica; pero considera que la Orden que es odiosa al rey de Francia, no había tenido a nadie que quisiera tomar su defensa, que sus bienes se estaban y se perderían cada vez más en las cercanías de Tierra Santa durante la duración de un pleito cuyo final no se podría prever; de allí, la necesidad de una solución provisional.
El Papa suprime pues a la Orden del Temple, por vía de provisión o Reglamento apostólico, "con la aprobación del Santo Concilio". Así muere oficialmente la Orden del Temple, suprimida, no condenada, degollada sin resistencia. Los actos del concilio de Viena se retiraron a tiempo, y la bula que suprime vía provisión a la Orden del Temple, se imprimió por primera vez recién en 1606.
En los considerándoos de la bula, publicados cuatro días solamente después de la bula de abolición, el papa declara que el conjunto de la información recabada contra la Orden y los caballeros no ofrece pruebas suficientes para creerlos culpables, sino que resulta una gran sospecha. De esta forma es empleado por Clemente V contra los Templarios, de la misma forma que Clemente XIV lo hizo cuando suprime a la Orden de los Jesuitas, el 31 de julio de 1773, se lee: "El papa Clemente V suprimió y completamente abolió la Orden militar de los Templarios, debido a la mala reputación de entonces, aunque esta legítima Orden había prestado a la República cristiana servicios tan brillantes, el apostólico Vaticano lo había colmado de bienes, privilegios, poderes, exenciones y permisos, y aunque finalmente el concilio de Viena, que este pontífice había encargado el examen del asunto, había pedido abstenerse para el pronunciamiento formal y definitivo."
La bula Vox in excelso dejó en suspenso dos cuestiones difíciles: a) la suerte de los Templarios prisioneros, b) la suerte de los bienes del Temple suprimido. La limpieza de los bienes del Temple había comenzado durante el pleito, a pesar de la vigilancia de los administradores. El apetito de los príncipes fue afilado por este asunto hasta el punto que algunos pensaron hacer compartir la suerte de los Templarios a los Hospitalarios y a los demás caballeros. El arzobispo de Riga acusó a la Orden Teutona de herejía en 1307. Ya es la avidez espoliadora de los príncipes protectores de la Reforma. Después del concilio de Viena, se procedió al despedazamiento metódico de la presa. En teoría, se transfirieron todas las propiedades de la Orden al Vaticano, que las volvió a poner en los Hospitalarios, pero esta transferencia ficticia no impidió a la Corona retener la mejor parte. En primer lugar las deudas del rey hacia la Orden se resolvieron, además que había cogido todo el efectivo acumulado en los bancos del Temple. Fue más lejos cuando los despojos de los Templarios se habían asignado oficialmente al Hospital: afirmó que dado que no se reguló sus antiguas cuentas con el Temple, seguía siendo acreedor de la Orden por sumas considerables, de las cuales era por otra parte inutilizable especificar el importe.
Los Hospitalarios, substituidos en los derechos y a cargo del Temple, se vieron obligados a estar de acuerdo, por este motivo, a una transacción: pagaron dos ciento mil libras de oro, el 21 de marzo de 1313, y este sacrificio no los salvo de las reclamaciones de la Corona, ya que abogaban aún, a este respecto, al tiempo de Felipe el Largo. En cuanto a los bienes inmuebles, Felipe el Bello percibió pacíficamente las rentas hasta su muerte, y más tarde los Hospitalarios, para obtener las propiedades dicen que es necesario que les compense la Corona de lo que habían gastado para el mantenimiento de los Templarios encarcelados entre 1307 a 1312, gastos que eran de cárcel y tortura. Parece probado, en resumen, que los Hospitalarios se empobrecieron más bien que se enriquecieron por el regalo hecho a su Orden. Aun permanecían los presos. Parece que después de la abolición de la Orden, la persecución contra los caballeros cesó. Se aflojó al que quiso pasar por la humillación de los consentimientos. Entre estos liberados, los unos vagabundearon, otros intentaron ganar su vida con trabajos manuales; algunos entraron en conventos, y algunos, disgustados del oficio, se casaron, mientras que otros se fueron con lso musulmanes o escaparon a los reinos en los cuales no había persecuciones como era el de Escocia.
Los impenitentes y acusados eran victimas de los castigos de la ley inquisitorial. De los más famosos de la última hora fueron dos de los altos dignatarios quienes el papa habían reservado a su juicio personal: Jacques de Molay y el preceptor de Normandía, Geoffroy de Charnay. Los primeros consentimientos del Gran Maestre y la larga persecución de la cual había sido objeto permitían esperar que jaqueado por el infortunio, renovara públicamente la confesión de los crímenes de la Orden y así justificaría los rigores ejercidos por la justicia del rey. El Gran Maestre de la Orden del Temple siempre había reclamado a su juicio, que el papa se había reservado personalmente; pero el pontífice, temiendo la presencia del Gran Maestre, nombró a tres Comisarios para juzgarlo en París, así como a otros tres jefes de la Orden. Es el 22 de diciembre de 1312 que Clemente V, en conjura con el rey Felipe, encargo a tres cardenales franceses, Arnaud de Farges su sobrino, Arnaud Novelli monje de Cîteaux, y Nicolas de Fréminville hermano predicador, para examinar a estos grandes jefes, por ellos mismos que al mismo tiempo, para salvarse, habían abandonado a sus hermanos. Se les encargaba oír la última declaración de Jacques de Molay, y la de los tres jefes que estaban con él y Geoffroy de Charnay. Se les pedía reconocer la justicia de la doble sentencia de condena, fundada sobre la verdad de las acusaciones imputadas a la Orden de los Templarios y conforme a los testimonios ya numerosos recogidos por los tribunales: había sido para los dos soberanos (Papa y Rey) un esperado y brillante triunfo.
El 18 de marzo de 1314, fueron llevados los cuatro caballeros al pórtico de Notre Dame para escuchar la frase, a saber el "muro", la detención a perpetuidad. Molay y Charnay fueron sostenidos en andas hasta allí, estaban en prisión desde hacia siete años. En su Historia de los caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, el abad de Vertot afirma que en el momento en que todos sus jueces y toda París esperaban ver a Jacques de Molay confirmar públicamente sus supuestos consentimientos, "se sorprendieron cuando este preso sacudió las cadenas que lo dominaban, avanzó hasta el borde del andamio, luego, elevando la voz para que se oyera mejor, dijo: es bien justo, que en un tan terrible día, y en los últimos momentos de mi vida, descubra toda la iniquidad de la mentira, y que se haga triunfar a la verdad. Declaro pues, a la cara del cielo y la tierra, y reconozco aunque a mi vergüenza eterna, que cometí el más grande de todos los crímenes; pero solo esto conviniendo de los que se imputa con tanto negrura, a una Orden que la verdad me obliga hoy a reconocer inocente. Ni siquiera hice la declaración que se exigía de mí para suspender los dolores excesivos de la tortura, y para convencer a aquéllos que me los hacían sufrir. Sé los suplicios que se hizo sufrir a todos los que tuvieron el valor de revocar una confesión similar. Pero el terrible espectáculo que se me presenta no es capaz de hacerme confirmar una primera mentira por vez segunda, con una condición tan infame: renunciar a una vida que no me es ya demasiado odiosa. ¿Y de qué me serviría prolongar tristes días que solo debería a la calumnia?".
Famoso por su nacimiento que lo hacía padre del rey, Geoffroy de Charnay, Maestre de Normandía y hermano del delfín de Auvernia, confirmó esta declaración y se asoció al arrepentimiento del Gran Maestre. Los dos caballeros restantes presentes persistieron en sus consentimientos. Como la muchedumbre se removia, los cardenales, compartiendo el desorden común y no atreviéndose a no decidir la suerte de los reclusos, suministraron sin demora al preboste de París a los dos confesores tardíos de la verdad; se avisó al rey, y el consejo armado al momento los condenó a la muerte, sin reformar la frase de los Comisarios del papa y sin hacer pronunciar a ningún tribunal eclesiástico. La noche del mismo día, un andamio se elaboró, en la isla de la Ciudad, en frente del muelle de los Agustinos. Los dos caballeros, Molay y Charnay, subieron sobre la hoguera, que se encendió, y se los quemó a fuego lento. Similar a los mártires que celebraban las alabanzas de Dios, Jacques de Molay cantaba los himnos en medio de las llamas. Mézeray informó que se oyó al Gran Maestre decir: ¡"Juez inicuo y cruel verdugo! te convido a comparecer, en cuarenta días, ante el tribunal del soberano juez". Algunos escriben, que remitió igualmente al rey a comparecer en un año. Quizás la muerte de este príncipe, y la del papa, que llegaron precisamente en los mismos términos, dio lugar a la historia de esta maldición. Otra leyenda afirmará más tarde que el Gran Maestre del Temple habría expresado: ¡"Malditos! ¡Malditos! serán todos malditos hasta la decimotercera generación de sus razas!... ". Todo el mundo dio lágrimas a tan trágico espectáculo, y se afirma que personas devotas recogieron las cenizas de estos dignos caballeros. Si estas clases de tradiciones no son siempre verdaderas, permiten al menos creer que la opinión pública, que los acogió, juzgaba que los condenados eran inocentes. Todo el asunto se explica por esta palabra profunda de Bossuet: "Reconocieron en las torturas, pero negaron en los suplicios".
Clemente V sucumbió un mes después de la ejecución de Molay (20 de abril 1314), de una enfermedad terrible; el ministro Nogaret, que había supervisado la detención de los Templrios a través de toda la Francia en 1307, se murió el 27 de abril de 1314, envenenado; Felipe el Bello, a su vez, desapareció algunos meses más tarde, el 29 de noviembre de 1314, durante una cacería de jabalí (habría caído del caballo). A su muerte, su primer hijo, Luís X sube al trono. Pero muere dos años más tarde, a la edad de 26 años, de una fiebre que habría contraído entrando en una gruta. Su esposa, la reina Clemencia, estando embarazada asumió la corona, mientras que Felipe el Largo, hermano de Luís, solo tomó el título de regente: Clemencia parió, el 15 de noviembre de 1316, un hijo al cual se dio el nombre de Jean, y que solo vivió cinco días (Jean I el Póstumo). Felipe tomó entonces el título de rey bajo el nombre de Felipe V; pero no estuvo sin conflictos. Luís X había tenido a Margarita, su primera mujer, una muchacha nombrada Jeanne, heredera del reino de Navarra: el duque de Borgoña, su tío, afirmaba que debía heredar también el reino de Francia y como desde Hugo Capeto era la primera vez que la corona dejaba transmitirse directamente del padre a los hijos, para remontar del sobrino al tío, él podía intentar oponer el hábito de los países donde las mujeres reinan a los hábitos de las dos primeras dinastías que las excluían del trono. Este conflicto se juzgó solemnemente en una asamblea celebrada en París, y se aprobaron los antiguos usos que siempre han tenido fuerzan de ley, aunque no se encuentra el texto escrito en ninguna parte, incluso en la ley sálica, que no contiene un único artículo relativo a la corona. Felipe V reinó seis años y se murió a los 29 años. Quedaba el último de los hijos de Felipe el Bello, Carlos IV, que subió al trono en 1322 antes de morir también seis años más tarde. Tenía 33 años.
Así pues, en el espacio de catorce años, los tres hijos de Felipe el Bello, que tenían de su padre esta belleza masculina que da la esperanza de una larga vida y de una numerosa posteridad, subieron al trono, y desaparecieron sin dejar herederos. La corona pasó a una rama colateral, en la persona de Felipe de Valois, como primer príncipe de sangre; pero como la viuda del rey recién muerto se encontraba preñada, solo tomó el título de regente, hasta el día en que parió a una muchacha. La ley sálica, alegada en 1316 por los segundos hijos de Felipe el Bello para apoderarse del trono, sellaba en 1328 la extinción de la dinastía Capeto.
Su nombre popular alude a los históricos Cuarteles ubicados en el Templo de Jerusalén en el Monte del Templo, una capilla en la cima del Monte Moriah en Jerusalem, que fue renombrado Templum Domini (El Templo del Señor). La cima es sagrada para tanto Judios como Cristianos como el Monte del Templo y para los Musulmanes el el Domo de la Roca (en arabe es Qubbat As-Sakhrah) y es tambien llamado como el Mosque de Omar. El Templum Domini se convirtió en el modelo para muchas iglesias Templarias en Europa, como la Iglesia del Temple en Londres y es representada en varios sellos Templarios.
En adición a Palestina, la Orden luchó en las Reconquistas Española y Portuguesa. Los cuarteles de los Templarios en Tomar, Portugal estaban en el Convento de Cristo. Se les daba grandes castillos y terrenos. En un punto, iban a heredar el Reino de Aragón, junto con otras ordenes militares. Los Caballeros Templarios se identificaban por su cota blanca con la distintiva cruz roja sobre el corazón o sobre el pecho, como es visto en los retratos de muchos caballeros cruzados.
Cuando algunos miembros se unieron a la Orden, usualmente donaban grandes cantidades de efectivo o propiedades ya que todos tenían que tomar los votos de pobreza. Combinada con las garantías del Papa, su poder financiero fue asegurado desde un principio. Como los Templarios guardaban efectivo en sus Casas y Templos, fue natural que en 1135 la Orden haya comenzado a prestarles dinero a los peregrinos españoles que querían viajar a Tierra Santa. Las Conexiones políticas de los Templarios y su conocimiento de la naturaleza urbana y comercial de las comunidades en el extranjero llevo a los Templarios a una posición de considerable poder, tanto en Europa como en la Tierra Santa. Su éxito atrajo la preocupación de muchas Órdenes y eventualmente, de la nobleza y los monarcas de Europa también, que estaban en ese tiempo buscando el monopolio por el control del dinero y los bancos después de un largo periodo de caos en el cual la sociedad civil, especialmente la iglesia había dominado las actividades financieras. Los activos de los Templarios eran grandes en Europa y Medio Oriente, incluyendo por un tiempo toda la isla de Chipre.
La Caída de los Templarios
La Caída de los Templarios habría empezado por un préstamo. El Rey Felipe IV de Francia necesitaba dinero para sus guerras y le pidió a los Templarios, que se rehusaron. El Rey intento que el Papa excomulgara a los Templarios, por esto pero el Papa Bonifacio VIII se rehusó. Felipe envió a su mano derecha Guillaume de Nogaret, a persuadir al Papa, que murió por las heridas inflingidas por Nogaret.
El próximo Papa Clemente V, acordó ceder a las demandas de Felipe IV sobre los Templarios. Felipe IV de Francia, el Hermoso, ante las deudas que había adquirido con ellos y la envidia por el poder que manejaban, convenció al papa Clemente V de que iniciase un proceso contra los templarios acusándolos de sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos (se les acusó de escupir sobre la cruz, renegar de Cristo a través de la práctica de ritos heréticos y de tener contacto homosexual, entre otras cosas).
El 13 de octubre de 1307, los Caballeros Templarios en Francia fueron simultáneamente arrestados por agentes de Felipe El Hermoso, y torturados a admitir herejía en la Orden.En Portugal el nombre de la Orden cambio por el de la Orden de Cristo, y se cree que contribuyo a los primeros descubrimientos marítimos de Portugal.
Herejía y perdón
El debate continúa aun sobre si las acusaciones de herejía a los Templarios en esos tiempos. Bajo tortura, algunos Templarios admitieron actos homosexuales. Sus líderes, mas tarde negaron esto y fueron por eso ejecutados.Algunos expertos desechan esto como admisiones forzadas, típicas durante la Inquisición. Según algúnos historiadores, y documentos vaticanos recientemente descubiertos, estos actos se hacían para simular el tipo de tortura y humillación que un Cruzado sería sujeto, en caso de ser capturado por los Sarracenos. La posición de la Iglesia Católica en lo referido a los Templarios es que la persecución fue injusta, que no había nada malo con los Templarios y que el Papa en aquel tiempo fue manipulado. En 2001, la Doctora Bárbara Frale descubrió en los archivos secretos del Vaticano, un documento que muestra que el Papa Clemente V, perdono en secreto a los Caballeros Templarios en 1314.Mientras Jacques de Molay, Gran Maestro de los Caballeros Templarios, ardía en las llamas maldijo al Rey Felipe y al Papa Clemente V a enfrentarse con la Justicia Divina dentro de ese año. El Papa Clemente V murió solo un mes después y Felipe IV, siete meses mas tarde.
Leyendas de los Templarios
La rápida sucesión de los últimos reyes Capetos de Francia entre 1314 y 1328, los tres hijos de Felipe IV, el Hermoso, llevo a muchos a creer que la Dinastía había sido maldita. Se ha dicho que Jacques de Molay, el último Maestro de la Orden, maldijo al Rey Felipe mientras ardía en la Pira.Los Caballeros Templarios, más tarde se envolvieron de leyendas relacionadas a secretos y misterios que fueron pasando de boca en boca desde tiempos antiguos. Tal vez los más conocidos son los que relacionan a los Templarios con el Santo Grial y el Arca de la Alianza. Algunas fuentes dicen que el Santo Grial, o Sángreal. fue encontrado por la Orden y llevada a Escocia, durante la destrucción de la Orden en 1307, y que sus restos fueron enterrados bajo Rosslyn Chapel.Algunos dicen que la Orden también encontró el Arca de la Alianza, el baúl que contenía objetos sagrados del Antiguo Israel, incluyendo la barra de Aaron y las tablas de piedra inscriptas por Dios con los Diez Mandamientos.Estas leyendas se relacionan con la larga ocupación de la Orden en el Monte del Templo en Jerusalén. Algunas fuentes registraron que descubrieron secretos de los Masones que habían construido los templos originales allí, junto con el conocimiento de que el Arca había sido mudada a Etiopía antes de la Destrucción del Primer Templo. Se alude a estos hechos en bajorrelieves encontrados en la Catedral de Chartres.Mas conexiones a la Búsqueda del Arca por la Orden son sugeridas por la existencia de la monolítica Iglesia de San Jorge en Lalibela en Etiopía, que aun hoy existe y cuya construcción se le atribuye a los Caballeros Templarios. Se incluyen Templarios entre la tripulación del legendario viaje de Henry Sinclair desde Escocia a Norte América en 1398. Hay gran especulación que considera la posibilidad de que los Caballeros Templarios hubieran poseído cartas de navegación del continente americano precolombinas. Los navegantes de Cristóbal Colon eran miembros de la extinta Orden del Temple Portuguesa. Y por esto la Cruz Templaria figuraba prominentemente en las velas de sus barcos en 1492.Aficionados al esoterismo claman que la Orden guardo conocimiento secreto relacionándolos con los Rosacruces, el Priorato de Sión, el Rex Deus, los Herméticos, reliquias perdidas y enseñanzas de Jesús como el “Testamento de Judas” o “El Manto de Turín”
OrganizaciónLos Templarios – Organizacion
Los templarios fueron la mas grande y mas ponderosa de todas las organizaciones militares CristianasLos Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, llamados originalmente Los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo (el cual esta en Jerusalem) son mas conocidos como Los Templarios. La Orden fue fundada en 1118, luego de la Primera Cruzada en 1096, para ayudar el nuevo Reino de Jerusalem a mantenerse contra los hostiles vecinos Musulmanes, y para mantener la seguridad del gran numero de Peregrinos Europeos que marchaban a Jerusalem, luego de la Conquista.Los Templarios se organizaron como una Orden Monastica, siguiendo una regla creada para ellos por Bernard de Clairvaux, el fundador de la Orden Cisterciense. Los Templarios estaban bien conectados y rapidamente se transformaron en fichas importantes dentro de las politicas internacionales en el periodo de las Cruzadas. En aquel tiempo les otorgaron varios Sellos Papales que les permitian entre otras cosas recaudar impuestos
Existian cuatro divisiones de Hermanos en los Templarios
• los Caballeros, equipados con armadura pesada• los Sargentos, equipados con armadura liviana y surgidos de una clase social inferior que los Caballeros• los Granjeros que administraban las propiedades de la Orden• los Capellanes, que eran sacerdotes y cuidaban las necesidades espirituales de la Orden
En cualquier tiempo, cada Caballero tenia 10 personas en posiciones de ayuda. Algunos Hermanos eran devotos solamente a la Banca, ya que a la Orden le era confiado preciados bienes por aquellos que participaban en las Cruzadas. Pero la mayoria de los Caballeros Templarios se dedicaba a los asuntos de guerra. Era primordialmente una Orden que rendia cuentas solamente al Papa. Algunos consideran a los Templarios como los antecedentes de la Armada. Los Templarios usaban su fortuna para construir numerosas fortificaciones a traves de la Tierra Santa y eran probablemente las unidades de combate mejor entrenadas y disciplinadas de aquellos dias.
Jacques de Molay y el proceso contra el Temple
Un articulo del Dr. Ramiro Anzit Guerrero
INTRODUCCION
Jacques de Molay (nace en el 1243 y muere el 19 de marzo de 1314). Noble franco y último Gran Maestre de la Orden del Temple. Miembro de la familia de Longwy-Rohan, originario de Francia, fue elegido Jacques de Molay como Gran maestre del Temple al final de 1292 a la muerte del monje Gaudin, siendo entonces Mariscal de la Orden.
Organizó, entre 1293 y 1305, múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en el año 1298.
En 1307, contando con el respaldo del Papa Clemente V, el rey Felipe IV de Francia ordena la detención de Jacques de Molay bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, herejía e idolatría. Molay confesó bajo tortura y murió en la hoguera en la isla de los Judíos en París frente a la Catedral de Notre Dame, el 11 de marzo de 1314, después de haber pasado varios años en prisión y haber aguantado los más horribles sufrimientos. Antes de morir se retractó públicamente de cuantas acusaciones se había visto obligado a admitir, proclamó la inocencia de la Orden y maldijo a los culpables de la conspiración. En el plazo de un año, dicha maldición se cumplió con la muerte de Felipe IV y de Clemente V por causas naturales.
Era un militar más que un político, lo que va a traer consecuencias en la caída de la Orden; ¿pero incluso un diplomático sagaz habría podido, ante los "juristas" de Felipe el Hermoso, salvar a la Orden?.
Difícil era evitar excitar los celos, incluso de los reyes, ya que en las altas esferas donde se habían elevado, era difícil que todos los jefes y todos los caballeros se mantuvieran siempre y por todas partes en una sabia moderación que habría podido prevenir o desarmar el deseo y el odio. Desgraciadamente para la Orden, el rey de Francia tuvo varios motivos para atacarla y el principal quizás, fue la escasez en el tesoro real, lo cual psicológicamente le permitió que sea menos difícil la decisión sobre los medios de apropiarse de los bienes de la Orden. Al momento en que se detuvieron al Gran maestre y a todos los caballeros que estaban con él en el palacio del Temple en París, el rey ocupó este palacio y se apoderó de sus posesiones y sus riquezas. Al detener a los otros caballeros en las distintas partes de Francia, se embargan también sus bienes. Los inquisidores procedieron inmediatamente con su labor contra todos los caballeros interrogándolos por medio de torturas, y amenazándolos con otras aun peores. Por todas partes, arrancaron entre los caballeros el consentimiento de algunos de los crímenes, avergonzados de los que se los acusaba que ofendían a la vez la naturaleza y la religión.
A las amenazas se adjuntaban medios de seducción para obtener los consentimientos que debían justificar los rigores de las medidas empleadas. Al principio de los procedimientos, treinta y seis caballeros se habían muerto en París bajo las torturas. Felipe el Hermoso puso en uso todos los medios que podía para desprestigiar a la Orden y a los caballeros en la opinión pública. El papa, creyendo su propia autoridad herida por los agentes del rey, en primer lugar había reclamado para si el juzgamiento de los caballeros. Felipe supo pronto calmar los escrúpulos del pontífice. La facultad de teología de París aplaudió las medidas del rey, y una asamblea convocada en Tours (24 de marzo 1308), explicándose en nombre del pueblo francés, pidió el castigo de los acusados, y declaró al rey que no tenía necesidad de la intervención del papa para castigar herejes, obviamente culpables. Se envió a Jacques de Molay con otros jefes de la Orden al papa, para explicarse ante él, pero se detuvo su marcha en Chinon, donde vinieron cardenales a interrogarlos. Los historiadores creyeron que Felipe el Hermoso había obtenido la tiara para Clemente V, imponiéndole distintas condiciones, una de las cuales era la abolición de la Orden. En el primer juicio, un enorme número de caballeros hicieron los consentimientos exigidos; y se cree generalmente que hasta el propio Gran Maestre cedió, como éstos, o al temor a los tormentos y la muerte, o a la esperanza que obtendría algunas condiciones favorables para la Orden, si no resistían a los proyectos de la política del rey.
Sin embargo el papa, obligado a dar una apreciación jurídica a los medios violentos que debían traer la destrucción de la Orden, convocó en 1308 un concilio en Viena para 1310 (él que se haría finalmente en 1311), y nombró a una comisión que viajó a París, con el fin de tomar contra la Orden en general un testimonio necesario e incluso indispensable para justificar la decisión del concilio. Felipe IV llevo a Jacques de Molay en presencia de estos Comisarios del papa, y en lengua vulgar le explico, las partes del procedimiento. Cuando escucho la lectura de unas cartas apostólicas que suponían que había hecho en Chinon algunos consentimientos, manifestó su asombro y su indignación contra tal aserción. Un gran número de Templarios aparecieron después de su jefe. El asunto tomó entonces un carácter imponente y extraordinario; los caballeros se mostraron dignos de la Orden y de ellos mismos, y de las grandes familias a las cuales tenían el honor de pertenecer. La mayoría de los que, forzados por los tormentos o el temor, habían hecho consentimientos delante de los inquisidores, los revocaron delante de los Comisarios del papa. Se compadecieron altamente de las crueldades que se habían ejercido hacia ellos, y declararon en términos enérgicos querer defender a la Orden hasta la muerte, de cuerpo y alma, delante y contra todos, contra todo hombre vivo, excepto el papa y el rey.
Los asuntos de los Templarios parecían estar pues en buena vía. Hacia la primavera de 1310, la Orden había encontrado en París una legión de partidarios, representados por fiscales regulares. Para los que querían obstruir la verdad, solo era tiempo de actuar. Actuaron, en efecto y no se habían imaginado aún nada tan escandaloso como los argumentos que utilizarían. Aprovecharon los pleitos que existían en paralelo contra la Orden y contra sus miembros, y de los jueces que asustaban mortalmente a los testigos del pleito contra la Orden. El juicio a la Orden en París pertenecía, en virtud de las cartas del papa, al concilio provincial, presidido por el arzobispo metropolitano de París. Ahora bien, el arzobispo era el hermano de uno de los principales Ministros del Rey, Enguerrand de Marigny y fue el que armó en París al concilio de su provincia. Este tribunal de investigación tenía el derecho a condenar sin oír a los acusados y a establecer sus sentencias de la noche a la mañana. Los fiscales de los presos comprendieron la terrible amenaza implicada en la brusca convocatoria de esta asamblea. Se lo indicaron, a partir del 10 de mayo de 1310, a la comisión pontifical. Pero el Presidente de dicha comisión, el arzobispo de Narbonne, se retiró en cuanto denunciaron el atentado proyectado de ejecución de los Templarios.
Se los declaró heréticos, y entregados a la justicia secular y se condenaron al fuego a todos los que persistieron en sus retractaciones. Los que nunca habían hecho consentimientos y que no quisieron hacerlo se los condenó a la detención perpetua, como caballeros no reconciliados. En cuanto a los que no se retractaron de las torpezas imputadas a la Orden, fueron puestos en libertad, recibieron la absolución y fueron nombrados Templarios reconciliados. Para acusar, preguntar, juzgar a los supuestos culpables, condenarlos a las llamas y hacer todo el juicio, basto el tiempo que pasó del lunes 11 de mayo al día siguiente a la mañana.
54 caballeros fallecieron en París ese día, condenados como culpables por el arzobispo, se los amontonaron en carros, y fueron quemados públicamente entre Vincennes y Moulin-à-Vent de París, fuera de la puerta Saint- Antoine.
El procedimiento indica nominativamente algunos de los caballeros que sufrieron este honorable suplicio. Entre ellos, Gaucerand de Buris, Guido de Nici, Martin de Nici, Gaultier de Bullens, Jacques de Sansy, Enrique de Anglesy, Laurent de Beaune, Raoul de Estremecid. Todos los historiadores que hablaron del suplicio de los caballeros del Temple certificaron la noble entereza que pusieron de manifiesto hasta la muerte: Entonaron los santos cánticos y haciendo frente a los tormentos con un valor caballeresco y una dimisión religiosa, se mostraron dignos de la piedad de sus contemporáneos y la admiración de la posteridad. Un cronista de ese tiempo dijo que los caballeros "Sufrieron con una constancia que puso sus almas en gran peligro de condenación eterna, ya que indujo al pueblo ignorante a darlos por inocentes".
No era ya posible mantener la menor ilusión sobre la libertad de la defensa. Dos de los fiscales elegidos, sobre cuatro, habían desaparecido. La comisión reanudó el día 13, la irónica comedia de sus sesiones en la capilla Saint- Éloi. Pero se cambiaba algo desde la víspera. La aparición del primer testigo quien se presentó, era un caballero de la diócesis de Langres, Aimery de Villiers-le-Duc, un viejo de una cincuentena de años, templario desde hacia veintiocho años.
Cuando se le leían los actos de acusación, se paró, pálido y como aterrado, protestando que si mentía, quería ir derecho al infierno por muerte súbita, golpeándose el pecho con sus puños, elevando los brazos hacia el altar, las rodillas en tierra y dijo "Reconocí, algunos artículos debido a torturas que me infligieron los jueces Marcilly y Hugues, caballeros del rey, pero todo es falso.
Ayer, vi cincuenta y cuatro de mis hermanos, en los furgones, en marcha para la hoguera, porque no quisieron reconocer nuestros supuestos errores; pensé que no podría nunca resistir al terror del fuego. Reconocí todo, lo siento; reconocería que maté a Dios, si se quería". Luego suplicó a los Comisarios y a los notarios no repetir lo que acababa de decir a sus encargados, por temor a que se lo quemara también. Esta declaración trágica hizo bastante impresión sobre la gente del papa para que se decidieran a suspender temporalmente el proceso. No reanudaron sus operaciones, en adelante ficticias, hasta después de seis meses de interrupción.
Los testigos oídos a partir de diciembre de 1310 fueron todos Templarios reconciliados por los sínodos provinciales, es decir, sometidos, que aparecieron "sin manto y con barba afeitada".
Cuando la investigación se cerró finalmente, se expidió dos ejemplares para servir a la edificación de los padres del próximo concilio de Viena. Son dos cientos diecinueve hojas de una escritura uniforme. El concilio de Viena, prorrogado en sucesivas ocasiones, había sido fijado para el mes de octubre de 1311 el mismo día del aniversario de la detención, cuatro años antes, de los Templarios en toda Francia. Clemente V empleó los meses que precedieron, contra aquéllos que había condenado por adelantado, con un inmenso arsenal de pruebas. Sabía que se decía generalmente en Occidente: "los Templarios negaron las acusaciones en todas partes, excepto los que lo hicieron bajo las amenazas del rey de Francia". Era necesario cortar estos rumores; es con este fin que entonces el papa redactó las bulas para exhortar a los reyes de Inglaterra y Aragón a emplear la tortura, a pesar de los hábitos locales de sus reinos, que prohibían este procedimiento. Se expidieron órdenes de tortura también, a último momento, en Chipre y Portugal. Es así como hubo derramamientos de sangre mártir. Tenemos el relato de los suplicios infligidos en agosto y septiembre de 1311, por el obispo de Nimes y el arzobispo de Pisa; estos prelados solo enviaron al papa, las declaraciones de su agrado; silenciaron los testimonios de los obstinados.
El obispo de Angers, convocado al concilio ecuménico de Viena al igual que los prelados de la Cristiandad, redactó su "dictamen" por escrito, en estos términos: "Hay diferentes opiniones con respecto a los Templarios; los unos quieren destruir a la Orden sin demora, debido al escándalo que suscitó en la Cristiandad y debido a los dos mil testigos que certificaron sus errores; los otros dicen que es necesario permitir a la Orden presentar su defensa, porque es malo cortar un miembro tan noble de la Iglesia sin debate previo. Eh bien, creo, por mi parte, que nuestro señor el papa, abrasivo de su plena potencia, debe suprimir ex officio a una Orden que, tanto como pudo, puso el nombre cristiano en ojos de los incrédulos y que hizo dudar a los fieles en la estabilidad de su fe". Por supuesto que un obispo, famoso monárquico, había querido destacarse en el momento de la apertura del pleito, he aquí cómo la cuestión de la culpabilidad del Temple se habría planteado a su conciencia.
Durante la lectura de los procedimientos hechos contra la Orden, 9 caballeros se presentaron como delegados de 1500 a 2000 miembros, y ofrecieron tomar la defensa de la Orden acusada. La augusta asamblea se esperaba este último acto de equidad, interés o piedad. Ahora bien el papa les hizo poner las cadenas, y estos mandatarios no pudieren defender a la Orden, aunque los miembros del concilio opinaran que debían oírlos. Clemente V presumió de este acto en una carta del 11 de noviembre de 1311 dirigida al rey. La sesión se terminó precipitadamente pues el incidente no tuvo otra consecuencia. La Orden del Temple era acusada de ser por entero corrompida por supersticiones impías. Después de los formularios de investigación pontificales, que contienen hasta ciento veintisiete rúbricas, se acusaba, en particular, de imponer a sus neófitos, antes de su recepción, insultos variados al crucifijo, besos obscenos, y autorizar la sodomía. Los sacerdotes Templarios, al celebrar la misa, habrían omitido voluntariamente consagrar las hostias; no habrían creído en la eficacia de los sacramentos. Finalmente se habrían dedicado los Templarios a la adoración de un ídolo (con forma de cabeza humana) o de un gato; habrían llevado noche y día, sobre sus camisas, cuerdecitas encantadas por el contacto de este ídolo. Tales eran las acusaciones principales.
Otra acusación era que el Gran maestre y los otros funcionarios de la Orden, aunque no fueran sacerdotes, se habrían creído con el derecho de absolver a los hermanos de sus pecados; los bienes se adquirían indignamente, las limosnas era mal distribuidas. La acusación representaba todos estos crímenes tal como controlados por una Norma Secreta. Por supuesto que los funcionarios del rey Felipe practicaron en todos los "Templos" de Francia severos registros, con el fin de descubrir objetos comprometedores, es decir: 1° ejemplares de la Norma Secreta; 2° los ídolos; 3° los libros heréticos.
La lectura de los inventarios nos enseña que no encontraron más que algunas obras de piedad y libros de contabilidad y ejemplares de la norma irreprochable de San Bernardo. En París, Pidoye, administrador de los bienes secuestrados, presentó a los Comisarios de la Investigación "una cabeza de mujer en un manto dorado, que contenía fragmentos de cráneo envueltos en una ropa". Era uno de estos relicarios como tenían en la mayoría de los tesoros eclesiásticos del siglo XIII; se exponía, seguramente, los días festivos, a la veneración de los Templarios.
La investigación no presentó pues contra la Orden ningún documento material, o sea a ningún "testigo mudo". Toda la prueba se basa en testimonios orales. Pero las declaraciones, tan numerosas que son, pierden todo valor si se considera que fueron arrancadas por el procedimiento inquisitorial. La palabra de Aimery de Villiers-le-Duc es decisiva: "Reconocería que maté a Dios". Solo queda pues por examinar los hechos abogados por la opinión de la sensatez. Si los Templarios habían practicado realmente los ritos y las supersticiones que se les asigna, habrían sido sectarios y entonces se habría encontrado entre ellos, como en todas las comunidades heterodoxas, entusiastas para afirmar su fe pidiendo participar en las alegrías místicas de la persecución. Ahora bien, no hay un templario, durante el pleito, que no se obstinó en los errores de su pretendida secta. Todos los que reconocieron la negación y la idolatría se hicieron absolver. ¡Cosa sorprendente, la doctrina herética del Temple no habría tenido un martirio!, ya que los centenares de caballeros y hermanos sargentos que se murieron en el tormento de la prisión, entre las manos del torturador, o sobre la hoguera, no se sacrificaron por sus creencias; les gustó mejor morir que reconocer, o, después de haber reconocido por fuerza, que persistir en sus confesiones. Se supuso que los Templarios eran Cataros; pero los Cataros, como los antiguos monjes de Asia, tenían la pasión del suplicio; en el tiempo mismo de Clemente V, los "dolcinitas" de Italia se sentían consolidados milagrosamente por la proclamación repetida y frenética de sus doctrinas. En los Templarios, no hay alegría consagrada, no hay triunfo en presencia del verdugo.
Es una negación que tienen muy reservada. Si los Templarios se habían entregado realmente a los excesos, no sólo monstruosos, sino que estúpidos, que se les acusaron, todos, preguntados sucesivamente y forzados confesar, habrían descrito estos excesos de la misma manera. Cuando hablan de las ceremonias legítimas de la Orden, varían en gran parte, al contrario de las confesiones de los pretendidos rituales blasfemos.
Michelet, que creía en los desórdenes del Temple, observó bien "que las negaciones son idénticas, mientras que todos los consentimientos varían en las circunstancias especiales"; llega la conclusión "que se convenían las negaciones por adelantado y que las diferencias de los consentimientos les dan un carácter particular de veracidad". Si los Templarios eran inocentes, sus respuestas a los mismos jefes sobre las acusaciones no podían ser idénticas; si eran culpables, sus consentimientos habrían debido ser igualmente idénticos. La inverosimilitud de las cargas, la ferocidad de los métodos de investigación, el carácter contradictorio de los consentimientos podían seguramente preocupar a los jueces, incluso a los jueces de ese tiempo.
¿Quién habría resistido a la comparecencia de los suplicios de la investigación, a la exposición de sus heridas, a sus protestas de amor para la Iglesia perseguidora, a estos acentos dolorosos de los que el eco, recogido por los notarios de la gran comisión, nos mueve y convencen aún?. Los que tenían sus razones para que la luz no se hiciera debían pretender, por todos los medios, suprimir, hasta el final, los debates públicos. El bozal que se puso, en efecto, sobre la boca de los últimos partidarios de la Orden en el concilio de Viena, reunido para oírlos, es aún un argumento en favor de los Templarios.
Se conoce mal la historia del concilio de Viena. Pero se conjeturan intrigas del rey de Francia para forzar la mano del papa, para eludir la decisión del concilio. Clemente V estaba dispuesto a terminar; decía, el informe de Alberic Rosate: "Si la Orden no puede destruirse per viam justi, que lo sea per viam expedien, para que nuestros queridos hijos del rey de Francia no se escandalicen". En su decisión estaba seguro de los obispos franceses. Los de Alemania, Aragón, Castilla e Italia, todos casi había pagado a los Templarios de sus circunscripciones diocésanas, inclinaban a instituir un debate en norma. Encima del desconcierto, había sido necesario que Clemente hiciera encerrar a los nueve caballeros del Temple que habían aparecido repentinamente en Viena, como representantes de los Templarios fugitivos que erraban en las montañas de Lion, lo que equivalía a suprimir una segunda vez a la defensa, en violación del derecho. Los Prelados extranjeros se habían indignado. Se comprendió entonces que Felipe el Bello procedía a sacar el última remanente de fuerza. Desde Lyon supervisaba al concilio, y dónde había convocado una nueva asamblea de los prelados, nobles y comunidades del reino "para la defensa de la fe católica", el rey viajó a Viena (marzo 1312) con un ejército. Se sentó junto al papa. Endurecido éste, se apresuró a hacer leer, delante de los padres, una bula que había elaborado de acuerdo con los consejeros reales. Es la bula Vox in excelso, del 3 de abril de 1312, donde el papa reconoce que no existe contra la Orden prueba para justificar una condena canónica; pero considera que la Orden que es odiosa al rey de Francia, no había tenido a nadie que quisiera tomar su defensa, que sus bienes se estaban y se perderían cada vez más en las cercanías de Tierra Santa durante la duración de un pleito cuyo final no se podría prever; de allí, la necesidad de una solución provisional.
El Papa suprime pues a la Orden del Temple, por vía de provisión o Reglamento apostólico, "con la aprobación del Santo Concilio". Así muere oficialmente la Orden del Temple, suprimida, no condenada, degollada sin resistencia. Los actos del concilio de Viena se retiraron a tiempo, y la bula que suprime vía provisión a la Orden del Temple, se imprimió por primera vez recién en 1606.
En los considerándoos de la bula, publicados cuatro días solamente después de la bula de abolición, el papa declara que el conjunto de la información recabada contra la Orden y los caballeros no ofrece pruebas suficientes para creerlos culpables, sino que resulta una gran sospecha. De esta forma es empleado por Clemente V contra los Templarios, de la misma forma que Clemente XIV lo hizo cuando suprime a la Orden de los Jesuitas, el 31 de julio de 1773, se lee: "El papa Clemente V suprimió y completamente abolió la Orden militar de los Templarios, debido a la mala reputación de entonces, aunque esta legítima Orden había prestado a la República cristiana servicios tan brillantes, el apostólico Vaticano lo había colmado de bienes, privilegios, poderes, exenciones y permisos, y aunque finalmente el concilio de Viena, que este pontífice había encargado el examen del asunto, había pedido abstenerse para el pronunciamiento formal y definitivo."
La bula Vox in excelso dejó en suspenso dos cuestiones difíciles: a) la suerte de los Templarios prisioneros, b) la suerte de los bienes del Temple suprimido. La limpieza de los bienes del Temple había comenzado durante el pleito, a pesar de la vigilancia de los administradores. El apetito de los príncipes fue afilado por este asunto hasta el punto que algunos pensaron hacer compartir la suerte de los Templarios a los Hospitalarios y a los demás caballeros. El arzobispo de Riga acusó a la Orden Teutona de herejía en 1307. Ya es la avidez espoliadora de los príncipes protectores de la Reforma. Después del concilio de Viena, se procedió al despedazamiento metódico de la presa. En teoría, se transfirieron todas las propiedades de la Orden al Vaticano, que las volvió a poner en los Hospitalarios, pero esta transferencia ficticia no impidió a la Corona retener la mejor parte. En primer lugar las deudas del rey hacia la Orden se resolvieron, además que había cogido todo el efectivo acumulado en los bancos del Temple. Fue más lejos cuando los despojos de los Templarios se habían asignado oficialmente al Hospital: afirmó que dado que no se reguló sus antiguas cuentas con el Temple, seguía siendo acreedor de la Orden por sumas considerables, de las cuales era por otra parte inutilizable especificar el importe.
Los Hospitalarios, substituidos en los derechos y a cargo del Temple, se vieron obligados a estar de acuerdo, por este motivo, a una transacción: pagaron dos ciento mil libras de oro, el 21 de marzo de 1313, y este sacrificio no los salvo de las reclamaciones de la Corona, ya que abogaban aún, a este respecto, al tiempo de Felipe el Largo. En cuanto a los bienes inmuebles, Felipe el Bello percibió pacíficamente las rentas hasta su muerte, y más tarde los Hospitalarios, para obtener las propiedades dicen que es necesario que les compense la Corona de lo que habían gastado para el mantenimiento de los Templarios encarcelados entre 1307 a 1312, gastos que eran de cárcel y tortura. Parece probado, en resumen, que los Hospitalarios se empobrecieron más bien que se enriquecieron por el regalo hecho a su Orden. Aun permanecían los presos. Parece que después de la abolición de la Orden, la persecución contra los caballeros cesó. Se aflojó al que quiso pasar por la humillación de los consentimientos. Entre estos liberados, los unos vagabundearon, otros intentaron ganar su vida con trabajos manuales; algunos entraron en conventos, y algunos, disgustados del oficio, se casaron, mientras que otros se fueron con lso musulmanes o escaparon a los reinos en los cuales no había persecuciones como era el de Escocia.
Los impenitentes y acusados eran victimas de los castigos de la ley inquisitorial. De los más famosos de la última hora fueron dos de los altos dignatarios quienes el papa habían reservado a su juicio personal: Jacques de Molay y el preceptor de Normandía, Geoffroy de Charnay. Los primeros consentimientos del Gran Maestre y la larga persecución de la cual había sido objeto permitían esperar que jaqueado por el infortunio, renovara públicamente la confesión de los crímenes de la Orden y así justificaría los rigores ejercidos por la justicia del rey. El Gran Maestre de la Orden del Temple siempre había reclamado a su juicio, que el papa se había reservado personalmente; pero el pontífice, temiendo la presencia del Gran Maestre, nombró a tres Comisarios para juzgarlo en París, así como a otros tres jefes de la Orden. Es el 22 de diciembre de 1312 que Clemente V, en conjura con el rey Felipe, encargo a tres cardenales franceses, Arnaud de Farges su sobrino, Arnaud Novelli monje de Cîteaux, y Nicolas de Fréminville hermano predicador, para examinar a estos grandes jefes, por ellos mismos que al mismo tiempo, para salvarse, habían abandonado a sus hermanos. Se les encargaba oír la última declaración de Jacques de Molay, y la de los tres jefes que estaban con él y Geoffroy de Charnay. Se les pedía reconocer la justicia de la doble sentencia de condena, fundada sobre la verdad de las acusaciones imputadas a la Orden de los Templarios y conforme a los testimonios ya numerosos recogidos por los tribunales: había sido para los dos soberanos (Papa y Rey) un esperado y brillante triunfo.
El 18 de marzo de 1314, fueron llevados los cuatro caballeros al pórtico de Notre Dame para escuchar la frase, a saber el "muro", la detención a perpetuidad. Molay y Charnay fueron sostenidos en andas hasta allí, estaban en prisión desde hacia siete años. En su Historia de los caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, el abad de Vertot afirma que en el momento en que todos sus jueces y toda París esperaban ver a Jacques de Molay confirmar públicamente sus supuestos consentimientos, "se sorprendieron cuando este preso sacudió las cadenas que lo dominaban, avanzó hasta el borde del andamio, luego, elevando la voz para que se oyera mejor, dijo: es bien justo, que en un tan terrible día, y en los últimos momentos de mi vida, descubra toda la iniquidad de la mentira, y que se haga triunfar a la verdad. Declaro pues, a la cara del cielo y la tierra, y reconozco aunque a mi vergüenza eterna, que cometí el más grande de todos los crímenes; pero solo esto conviniendo de los que se imputa con tanto negrura, a una Orden que la verdad me obliga hoy a reconocer inocente. Ni siquiera hice la declaración que se exigía de mí para suspender los dolores excesivos de la tortura, y para convencer a aquéllos que me los hacían sufrir. Sé los suplicios que se hizo sufrir a todos los que tuvieron el valor de revocar una confesión similar. Pero el terrible espectáculo que se me presenta no es capaz de hacerme confirmar una primera mentira por vez segunda, con una condición tan infame: renunciar a una vida que no me es ya demasiado odiosa. ¿Y de qué me serviría prolongar tristes días que solo debería a la calumnia?".
Famoso por su nacimiento que lo hacía padre del rey, Geoffroy de Charnay, Maestre de Normandía y hermano del delfín de Auvernia, confirmó esta declaración y se asoció al arrepentimiento del Gran Maestre. Los dos caballeros restantes presentes persistieron en sus consentimientos. Como la muchedumbre se removia, los cardenales, compartiendo el desorden común y no atreviéndose a no decidir la suerte de los reclusos, suministraron sin demora al preboste de París a los dos confesores tardíos de la verdad; se avisó al rey, y el consejo armado al momento los condenó a la muerte, sin reformar la frase de los Comisarios del papa y sin hacer pronunciar a ningún tribunal eclesiástico. La noche del mismo día, un andamio se elaboró, en la isla de la Ciudad, en frente del muelle de los Agustinos. Los dos caballeros, Molay y Charnay, subieron sobre la hoguera, que se encendió, y se los quemó a fuego lento. Similar a los mártires que celebraban las alabanzas de Dios, Jacques de Molay cantaba los himnos en medio de las llamas. Mézeray informó que se oyó al Gran Maestre decir: ¡"Juez inicuo y cruel verdugo! te convido a comparecer, en cuarenta días, ante el tribunal del soberano juez". Algunos escriben, que remitió igualmente al rey a comparecer en un año. Quizás la muerte de este príncipe, y la del papa, que llegaron precisamente en los mismos términos, dio lugar a la historia de esta maldición. Otra leyenda afirmará más tarde que el Gran Maestre del Temple habría expresado: ¡"Malditos! ¡Malditos! serán todos malditos hasta la decimotercera generación de sus razas!... ". Todo el mundo dio lágrimas a tan trágico espectáculo, y se afirma que personas devotas recogieron las cenizas de estos dignos caballeros. Si estas clases de tradiciones no son siempre verdaderas, permiten al menos creer que la opinión pública, que los acogió, juzgaba que los condenados eran inocentes. Todo el asunto se explica por esta palabra profunda de Bossuet: "Reconocieron en las torturas, pero negaron en los suplicios".
Clemente V sucumbió un mes después de la ejecución de Molay (20 de abril 1314), de una enfermedad terrible; el ministro Nogaret, que había supervisado la detención de los Templrios a través de toda la Francia en 1307, se murió el 27 de abril de 1314, envenenado; Felipe el Bello, a su vez, desapareció algunos meses más tarde, el 29 de noviembre de 1314, durante una cacería de jabalí (habría caído del caballo). A su muerte, su primer hijo, Luís X sube al trono. Pero muere dos años más tarde, a la edad de 26 años, de una fiebre que habría contraído entrando en una gruta. Su esposa, la reina Clemencia, estando embarazada asumió la corona, mientras que Felipe el Largo, hermano de Luís, solo tomó el título de regente: Clemencia parió, el 15 de noviembre de 1316, un hijo al cual se dio el nombre de Jean, y que solo vivió cinco días (Jean I el Póstumo). Felipe tomó entonces el título de rey bajo el nombre de Felipe V; pero no estuvo sin conflictos. Luís X había tenido a Margarita, su primera mujer, una muchacha nombrada Jeanne, heredera del reino de Navarra: el duque de Borgoña, su tío, afirmaba que debía heredar también el reino de Francia y como desde Hugo Capeto era la primera vez que la corona dejaba transmitirse directamente del padre a los hijos, para remontar del sobrino al tío, él podía intentar oponer el hábito de los países donde las mujeres reinan a los hábitos de las dos primeras dinastías que las excluían del trono. Este conflicto se juzgó solemnemente en una asamblea celebrada en París, y se aprobaron los antiguos usos que siempre han tenido fuerzan de ley, aunque no se encuentra el texto escrito en ninguna parte, incluso en la ley sálica, que no contiene un único artículo relativo a la corona. Felipe V reinó seis años y se murió a los 29 años. Quedaba el último de los hijos de Felipe el Bello, Carlos IV, que subió al trono en 1322 antes de morir también seis años más tarde. Tenía 33 años.
Así pues, en el espacio de catorce años, los tres hijos de Felipe el Bello, que tenían de su padre esta belleza masculina que da la esperanza de una larga vida y de una numerosa posteridad, subieron al trono, y desaparecieron sin dejar herederos. La corona pasó a una rama colateral, en la persona de Felipe de Valois, como primer príncipe de sangre; pero como la viuda del rey recién muerto se encontraba preñada, solo tomó el título de regente, hasta el día en que parió a una muchacha. La ley sálica, alegada en 1316 por los segundos hijos de Felipe el Bello para apoderarse del trono, sellaba en 1328 la extinción de la dinastía Capeto.
Y la masonería
Los templarios y la masonería
A pesar de haber desaparecido como orden militar en la segunda mitad del siglo XIV en la actualidad no son pocos los grupos que se reivindican como sucesores de los templarios y que, a la vez, mantienen una clara conexión con la masonería.
¿Se trata de meros farsantes con pretensiones delirantes o realmente tuvieron alguna relación los primeros templarios con el nacimiento de la masonería? La peripecia de los caballeros del Temple es, sin ningún género de dudas, uno de los episodios más apasionantes no sólo de la Edad Media sino de toda la Historia universal. De hecho, su mismo final parece apuntar más a un inicio que a una verdadera conclusión. El 18 de marzo de 1314 era quemado en París el Maestre de los templarios, Jacques de Molay, tras un proceso que había durado más de un lustro. Desde su pira mortuoria, de Molay emplazó a Felipe el Hermoso de Francia, a Guillermo de Nogaret, mayordomo del monarca, y al Papa Clemente, desarticulador de la orden para que antes de que concluyera el año comparecieran ante el tribunal de Dios para responder del proceso y la condena de los templarios. De manera escalofriante, los tres emplazados fallecieron antes de que se cumpliera el año y además en el caso de la dinastía reinante en Francia una dinastía que no había tenido problemas de sucesión a lo largo de tres siglos se produjo una extinción dramática en breve tiempo.
El proceso de los templarios, íntimamente relacionado con su disolución por decisión papal, sacó a la luz un cúmulo de acusaciones que iban desde la práctica de la sodomía, un pecado relativamente menor, a la utilización de la magia negra en ceremonias secretas y a la blasfemia idolátrica. Que Felipe de Francia, ansioso por obtener más fondos y despojador poco antes de los judíos, buscaba fundamentalmente llenar sus arcas parece fuera de duda; que Guillermo de Nogaret le sirvió buscando no el que resplandeciera la justicia sino beneficiar a su señor es innegable y que el Papa Clemente se plegó a las presiones del monarca galo, en parte, por miedo y, en parte, por superstición parece muy difícil de discutir. Tampoco puede cuestionarse que Molay y otros acusados fueron sometidos durante años a tormento y que, posteriormente, renegaron de las confesiones suscritas bajo el efecto de la tortura, un hecho que precipitó precisamente su condena a la pena capital. Sin embargo, existe más de una posibilidad de que las acusaciones vertidas contra la orden del Temple no fueran del todo falsas.
Fundada al calor de la I Cruzada, la orden del Temple fue el primer intento de establecer una entidad que incorporara tanto el factor monástico con el militar en su vocación espiritual. De ahí que recibiera el apoyo entusiasta de san Bernardo y que no pocos reyes incluidos monarcas de los reinos españoles la miraran con agrado y la favorecieran. Los templarios se convirtieron en un ejército eficacísimo en la lucha contra el Islam al igual que sucedería poco después con los Hospitalarios. Sin embargo, a diferencia de éstos que se ocupaban de enfermos, necesitados y heridos, no contaron con ningún énfasis en cuestiones relacionadas con el ejercicio de la caridad y no tardaron en entregarse a funciones de carácter bancario que casaban mal con su vocación de monjes soldados. Por si fuera poco, algunos de los caballeros templarios no tardaron en sentirse atraídos por corrientes gnósticas orientales manteniendo unas relaciones sospechosamente cordiales con grupos como la secta musulmana de los hashishim o asesinos. En qué medida esta suma de elementos inficionó a la orden es difícil de establecer.
Que perdió buena parte de su carga espiritual primigenia y que no pocas veces funcionó más como una entidad crediticia que espiritual es innegable. Cuestión aparte es que, efectivamente, fuera culpable de los cargos formulados contra ella en el proceso orquestado por Felipe el Hermoso. De hecho, cuando la orden fue disuelta y se procedió a juzgar a sus caballeros en otras partes del mundo por regla general obtuvieron sentencias absolutorias. En España, por ejemplo, ninguno de los monarcas se opuso al proceso y, por el contrario, se permitió que los legados papales lo llevaran a cabo sin interferencias. El resultado fue que no se dictó una sola condena en el ámbito de Castilla, Navarra, Portugal o Aragón. Incluso puede añadirse que aunque los templarios tenían la posibilidad de cobrar una pensión procedente de los fondos de la disuelta orden y retirarse, prefirieron integrarse en su mayoría en otras órdenes militares, lo que no sólo no chocó con objeciones sino que recibió un inmenso apoyo.
Aún más. Cuando antiguos templarios dieron origen a nuevas órdenes como la de Montesa la iniciativa fue acogida favorablemente tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. En términos generales, por lo tanto, la orden del Temple no se había visto contaminada por los hechos que se le imputaban y así se entendió en la época. En términos generales porque excepciones de enorme relevancia las hubo. Por ejemplo, un grupo de templarios franceses marchó a Escocia donde Roberto el Bruce se enfrentaba con los ingleses un episodio reflejado en parte por la película Braveheart y se puso a su servicio. El rey Roberto los acogió entusiasmado no en vano eran magníficos guerreros y quizá incluso llevaban consigo fondos salvados del expolio de la orden y los utilizó para vencer militarmente a los ingleses y conservar la independencia de Escocia.
Hasta ahí todo entra dentro de lo normal. La cuestión, sin embargo, es que existen numerosas pruebas arqueológicas de que los templarios transplantados a Escocia sí que tomaron contacto con las primeras logias masónicas. Así, por ejemplo, en la capilla de los Saint Clair de Rosslyn los símbolos templarios coexisten con los masónicos sin excluir la cabeza del demonio Bafomet, una imagen convengamos en ello bien peculiar para ser albergada en el interior de una iglesia católica. No podemos determinar más allá de la hipótesis plausible cuál fue la relación exacta que los templarios establecieron con la masonería. Es muy posible que se relacionaran con ella de una manera natural impulsada, por una parte, por el gusto que algunos caballeros habían mostrado ya en oriente hacia cosmovisiones gnósticas pero también, por otra, por el deseo de vengarse del papado y de la corona francesa que habían acabado con su orden. En ese sentido, las muertes del Papa Clemente y de los herederos al trono francés han sido interpretadas como asesinatos templarios aunque, obviamente, tal supuesto no pasa de ser una especulación novelesca.
Fuera como fuese, durante los siglos siguientes esa vinculación de algunos templarios aislados a la masonería se convirtió en un punto central de su historia y de su propaganda. Se insistió en que los templarios habían formado parte de la cadena de receptores de secretos ocultos existente desde el principio de los tiempos un hecho más que dudoso y se dio nombre de templarias a algunas obediencias masónicas como la Orden de los caballeros templarios encardinada en el seno de la Gran Logia de Inglaterra u otras órdenes templario-masónicas en Escocia, Irlanda y Estados Unidos. La circunstancia no debería extrañar en la medida en que la masonería como algunos templarios se presentaba como enemiga declarada de la Santa Sede. La relación, por lo tanto, de algunos caballeros templarios con la masonería escocesa del siglo XIV resulta innegable. Que además formaran parte de la cadena de transmisión de los secretos masónicos o que dieran lugar a su vez a obediencias masónicas diversas resultan ya cuestiones en las que pisamos un terreno mucho menos firme.
A pesar de haber desaparecido como orden militar en la segunda mitad del siglo XIV en la actualidad no son pocos los grupos que se reivindican como sucesores de los templarios y que, a la vez, mantienen una clara conexión con la masonería.
¿Se trata de meros farsantes con pretensiones delirantes o realmente tuvieron alguna relación los primeros templarios con el nacimiento de la masonería? La peripecia de los caballeros del Temple es, sin ningún género de dudas, uno de los episodios más apasionantes no sólo de la Edad Media sino de toda la Historia universal. De hecho, su mismo final parece apuntar más a un inicio que a una verdadera conclusión. El 18 de marzo de 1314 era quemado en París el Maestre de los templarios, Jacques de Molay, tras un proceso que había durado más de un lustro. Desde su pira mortuoria, de Molay emplazó a Felipe el Hermoso de Francia, a Guillermo de Nogaret, mayordomo del monarca, y al Papa Clemente, desarticulador de la orden para que antes de que concluyera el año comparecieran ante el tribunal de Dios para responder del proceso y la condena de los templarios. De manera escalofriante, los tres emplazados fallecieron antes de que se cumpliera el año y además en el caso de la dinastía reinante en Francia una dinastía que no había tenido problemas de sucesión a lo largo de tres siglos se produjo una extinción dramática en breve tiempo.
El proceso de los templarios, íntimamente relacionado con su disolución por decisión papal, sacó a la luz un cúmulo de acusaciones que iban desde la práctica de la sodomía, un pecado relativamente menor, a la utilización de la magia negra en ceremonias secretas y a la blasfemia idolátrica. Que Felipe de Francia, ansioso por obtener más fondos y despojador poco antes de los judíos, buscaba fundamentalmente llenar sus arcas parece fuera de duda; que Guillermo de Nogaret le sirvió buscando no el que resplandeciera la justicia sino beneficiar a su señor es innegable y que el Papa Clemente se plegó a las presiones del monarca galo, en parte, por miedo y, en parte, por superstición parece muy difícil de discutir. Tampoco puede cuestionarse que Molay y otros acusados fueron sometidos durante años a tormento y que, posteriormente, renegaron de las confesiones suscritas bajo el efecto de la tortura, un hecho que precipitó precisamente su condena a la pena capital. Sin embargo, existe más de una posibilidad de que las acusaciones vertidas contra la orden del Temple no fueran del todo falsas.
Fundada al calor de la I Cruzada, la orden del Temple fue el primer intento de establecer una entidad que incorporara tanto el factor monástico con el militar en su vocación espiritual. De ahí que recibiera el apoyo entusiasta de san Bernardo y que no pocos reyes incluidos monarcas de los reinos españoles la miraran con agrado y la favorecieran. Los templarios se convirtieron en un ejército eficacísimo en la lucha contra el Islam al igual que sucedería poco después con los Hospitalarios. Sin embargo, a diferencia de éstos que se ocupaban de enfermos, necesitados y heridos, no contaron con ningún énfasis en cuestiones relacionadas con el ejercicio de la caridad y no tardaron en entregarse a funciones de carácter bancario que casaban mal con su vocación de monjes soldados. Por si fuera poco, algunos de los caballeros templarios no tardaron en sentirse atraídos por corrientes gnósticas orientales manteniendo unas relaciones sospechosamente cordiales con grupos como la secta musulmana de los hashishim o asesinos. En qué medida esta suma de elementos inficionó a la orden es difícil de establecer.
Que perdió buena parte de su carga espiritual primigenia y que no pocas veces funcionó más como una entidad crediticia que espiritual es innegable. Cuestión aparte es que, efectivamente, fuera culpable de los cargos formulados contra ella en el proceso orquestado por Felipe el Hermoso. De hecho, cuando la orden fue disuelta y se procedió a juzgar a sus caballeros en otras partes del mundo por regla general obtuvieron sentencias absolutorias. En España, por ejemplo, ninguno de los monarcas se opuso al proceso y, por el contrario, se permitió que los legados papales lo llevaran a cabo sin interferencias. El resultado fue que no se dictó una sola condena en el ámbito de Castilla, Navarra, Portugal o Aragón. Incluso puede añadirse que aunque los templarios tenían la posibilidad de cobrar una pensión procedente de los fondos de la disuelta orden y retirarse, prefirieron integrarse en su mayoría en otras órdenes militares, lo que no sólo no chocó con objeciones sino que recibió un inmenso apoyo.
Aún más. Cuando antiguos templarios dieron origen a nuevas órdenes como la de Montesa la iniciativa fue acogida favorablemente tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. En términos generales, por lo tanto, la orden del Temple no se había visto contaminada por los hechos que se le imputaban y así se entendió en la época. En términos generales porque excepciones de enorme relevancia las hubo. Por ejemplo, un grupo de templarios franceses marchó a Escocia donde Roberto el Bruce se enfrentaba con los ingleses un episodio reflejado en parte por la película Braveheart y se puso a su servicio. El rey Roberto los acogió entusiasmado no en vano eran magníficos guerreros y quizá incluso llevaban consigo fondos salvados del expolio de la orden y los utilizó para vencer militarmente a los ingleses y conservar la independencia de Escocia.
Hasta ahí todo entra dentro de lo normal. La cuestión, sin embargo, es que existen numerosas pruebas arqueológicas de que los templarios transplantados a Escocia sí que tomaron contacto con las primeras logias masónicas. Así, por ejemplo, en la capilla de los Saint Clair de Rosslyn los símbolos templarios coexisten con los masónicos sin excluir la cabeza del demonio Bafomet, una imagen convengamos en ello bien peculiar para ser albergada en el interior de una iglesia católica. No podemos determinar más allá de la hipótesis plausible cuál fue la relación exacta que los templarios establecieron con la masonería. Es muy posible que se relacionaran con ella de una manera natural impulsada, por una parte, por el gusto que algunos caballeros habían mostrado ya en oriente hacia cosmovisiones gnósticas pero también, por otra, por el deseo de vengarse del papado y de la corona francesa que habían acabado con su orden. En ese sentido, las muertes del Papa Clemente y de los herederos al trono francés han sido interpretadas como asesinatos templarios aunque, obviamente, tal supuesto no pasa de ser una especulación novelesca.
Fuera como fuese, durante los siglos siguientes esa vinculación de algunos templarios aislados a la masonería se convirtió en un punto central de su historia y de su propaganda. Se insistió en que los templarios habían formado parte de la cadena de receptores de secretos ocultos existente desde el principio de los tiempos un hecho más que dudoso y se dio nombre de templarias a algunas obediencias masónicas como la Orden de los caballeros templarios encardinada en el seno de la Gran Logia de Inglaterra u otras órdenes templario-masónicas en Escocia, Irlanda y Estados Unidos. La circunstancia no debería extrañar en la medida en que la masonería como algunos templarios se presentaba como enemiga declarada de la Santa Sede. La relación, por lo tanto, de algunos caballeros templarios con la masonería escocesa del siglo XIV resulta innegable. Que además formaran parte de la cadena de transmisión de los secretos masónicos o que dieran lugar a su vez a obediencias masónicas diversas resultan ya cuestiones en las que pisamos un terreno mucho menos firme.
En el camino de Santiago
LOS TEMPLARIOS Y EL CAMINO DE SANTIAGO (1ªPARTE)
En el momento actual se tiende a revalorizar (quizás porque nos hallamos en los umbrales de un nuevo milenio y también, al decir de cada vez mayor número de investigadores y filósofos, de una Nueva Edad Media) la función vitalizante que supuso el Camino de Santiago. Este papel civilizatorio que encontramos en el Camino de Santiago lo es en lo comercial, reabriéndose antiguas vías; en lo humano, con una fusión y encuentro de distintas culturas y pueblos de la actual Europa; en lo artístico, con una amplia difusión del románico y primeros ensayos del gótico; y en lo místico, haciendo que un ideal común iluminase a tantos y tantos peregrinos, que unificase ambiciones, anhelos, que guiara variadas tendencias de los hombres en estos momentos de la Edad Media, armando, casi nos atrevemos a decir, la estructura de una nueva civilización.
Nadie duda ya de la importancia de la misión asignada a los templarios en este proceso de reconstrucción del viejo Imperio Romano, con una renovada savia mística surgida del Oriente. Valientes, impecables, misteriosos, plenos de ígnea pureza, con el triple hábito de castidad, pobreza y obediencia, se convierten en custodios de los caminos sagrados, en defensores a ultranza de aquello que haga crecer al hombre y comprender y vivir la unidad de esfuerzos humanos; propagadores fieles, comprometidos y responsables de una nueva fe que hace estallar en el corazón de sus adeptos los principios de una Caballería celeste, bajo el humilde hábito de la túnica de blanca pureza y la cruz roja de regeneración universal. Forman a las gentes sencillas en profesiones artesanales, los cobijan bajo su ordenada, férrea y generosa administración y los llevan de nuevo, en armonía con sus creencias, a las prácticas de una religión más natural, en un folclore de indudables raíces paganas.
¿QUIÉNES CONFORMAN ESTA ENIGMATICA ORDEN DEL TEMPLE?
Esta Orden se funda en Jerusalén, a la sazón en poder de los cruzados. Nueve caballeros, "los pobres soldados de Cristo", se instalan en las ruinas del Templo de Salomón. Nueve años después, en el Concilio de Troyes, el abad Bernardo de Clairvaux se encargó del destino de estos caballeros, haciendo que el Papa reconociese esta nueva Orden, de doble finalidad: religiosa y militar. Poco a poco la Orden fue ganando en riquezas materiales, necesarias para su subsistencia y para el cumplimiento de la misión que se habían impuesto. Al principio fueron donaciones que luego se vieron acrecentadas por la habilidad con que los propios templarios administraban sus bienes. Además, los Papas, exceptuaron a la Orden de cargos y diezmos.
Durante doscientos años la Orden crece y se extiende por Europa y el Mediterráneo, desde el Reino Latino de Jerusalén, con sus aledaños, Anatolia o Armenia, hasta los confines del Mar Tenebroso en las Islas Británicas. Desarrollará una perfecta organización económica, religiosa y militar, con una gran fuerza exotérica y profundas raíces esotéricas, que estará presente en las manifestaciones fundamentales de la cultura medieval.
Regidas por una regla aprobada por el Papa, la "regla latina", es posible que existiese otra secreta que se transmitirían oralmente. Pero el desarrollo de la Orden hizo crecer la envidia en la misma proporción, al punto de que en el siglo XIV el rey Felipe el Hermoso hizo que se suprimiese. Un largo y dudoso proceso, y no menos dudosos testigos, escogidos entre los hermanos excluídos de la Orden por mala conducta, pusieron fin -al menos en lo formal- a esta congregación religioso-militar, con la cesión de sus bienes a la Orden del Hospital.
En el lema Non nobis, Domine, non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam (nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre) hallamos la fundamental importancia que daban a la humildad, la caridad, el servicio y el amor a su Ideal.
Se ha insistido mucho en el aspecto esotérico y ritual de los templarios, del que se conoce muy poco y se especula mucho, pero es necesario no olvidar el impulso civilizatorio. Parafraseando a Rafael Alarcón: desbrozaban, roturaban, desecaban pantanos, explotaban salinas, canalizaban los ríos y lagunas, cultivaban, abrían nuevas vías de comunicación o reconstruían otras fuera de uso - especialmente calzadas romanas- reduciendo el peaje o eliminando éste y otros impuestos que obstruían el comercio, protegiendo a comerciantes y peregrinos; establecían mercados de los que eran beneficiarios, fundan nuevos pueblos con colectividades humanas de diversa procedencia, repueblan territorios enteros. Sus economistas revolucionan el sistema mediante la introducción de la letra de cambio, con lo que se podían hacer transacciones nominales y viajar tranquilos sin miedo a los robos de los valores en metálico. Pagan rescates a princesas y reyes, financian la construcción de los grandes edificios góticos, colaboran en la fusión de las culturas cristiana y árabe (con la consiguiente transmisión de conocimientos de éstos a aquellos), consiguen en los territorios por ellos regentados el sincretismo y la tolerancia entre cristianismo, islamismo y judaísmo; resucitan las milenarias tradiciones esotéricas, fomentan los contactos entre filósofos e intelectuales de las tres grandes religiones, activan polémicas constructivas, fundan Universidades y centros de cultura (Escuela de Traductores de Toledo, Escuela Náutica de Segres, Insituto Luliano de Mallorca, Universidades de Palencia y Coimbra...); actúan con admirable eficacia en lo político: Independencia de Portugal, Cortes leonesas de 1188, en la Concordia de "Sotofermoso" entre Alfonso IX de León y Alfonso VIII de Castilla y en la educación de futuros monarcas como Jaime I de Aragón o Federico II de Alemania.
Respecto al Camino de Santiago, que es el tema que nos ocupa, en él se instalaron y se erigieron en guardianes, fomentando el culto y las peregrinaciones tanto a Santiago como a los diversos santuarios de interés trascendente intercalados en las rutas principales. Edifican sus propios santuarios en las encomiendas del Camino y entronizan diversas devociones a la Virgen Madre Negra.
Analicemos algunas de las distintas construcciones atribuidas a los templarios y que se hallaban en el Camino de Santiago, pues son estos perennes documentos en piedra los únicos que poseemos para desentrañar el misterio de la actuación de esta Orden de monjes guerreros en el Camino Jacobeo.
NUESTRA SEÑORA DE EUNATE
Se halla en la provincia de Navarra, a tres kilómetros de Puente la Reina (importante encomienda templaria, donde se juntan el Camino navarro y el francés, procedentes de Somport y Roncesvalles respectivamente).
Para el peregrino, el camino que lleva a Eunate es penoso. El efecto del paisaje en el verano es desolador y, como ocurre con el emplazamiento de otras construcciones templarias, es tal la "tensión" del lugar, la austeridad de sus líneas de construcción, que provocan (al menos, ésta fue mi experiencia personal y la de otros peregrinos con los que conversé de esto mismo) una especial sensación de extraño cansancio y "aplastamiento", que imagino debía preceder a un alumbramiento a otra realidad más sutil, imperiosa, inconmovible.
Eunate significa en vasco "las Cien Puertas", haciendo referencia a los arcos de que está rodeada esta iglesia octogonal atribuida al Temple. Durante el Medioevo se celebraba en el equinoccio de primavera una romería desde Puente la Reina hasta Eunate. Aunque se desconoce el ritual que llevaban a cabo, es muy posible que en él se efectuase una danza de entradas y salidas por cada una de las puertas, dibujando figuras geométricas relacionadas con la ruta del Sol en su aparente recorrido en el año.
En 1142 los templarios se instalaron en Puente la Reina y construyeron esta enigmática iglesia poligonal irregular (tan propia de los Templarios). Podemos destacar en ella varios elementos de interés en relación con el Temple:
*El trazo poligonal irregular de su planta, un octógono, tensado por las nervaduras de la cúpula que dibujan una doble cruz templaria, superpuesta, giradas 1/8 de círculo la una sobre la otra. Según Atienza, esas nervaduras que parten de la cúpula y van a dar a los ángulos de la capilla, si se prolongan idealmente, cortarán con toda limpieza los ángulos exteriores de la capilla, los de la columnata y hasta los de la tapia exterior, marcando en línea recta una dirección que, prolongada, parece apuntar a importantes núcleos mágicos y enclaves templarios.
*Los signos grabados en su piedra. Destaca un abacus o bastón o mango espiral. Una figura extraña, que parece que se quiere destacar especialmente. Es una marca que en el Medioevo representaba una pieza de ajedrez (la torre) y que recuerda al gorro de los bufones. Lo encontramos en muchas construcciones templarias, especialmente en Tarragona, donde aparecen seis de estos signos en un escudo heráldico nobiliario, sobre una pila bautismal octogonal en una antigua casa del Temple. Es, con toda seguridad, el símbolo de las plumas de Amón, que con idéntica forma representaba al Dios del Sol Oculto en el Antiguo Egipto. Dice, por lo tanto, del carácter ritual y solar del templo. Además aparece sellando justamente una de las columnas de la entrada principal.
*Una escalera helicoidal en la linterna o torrecilla sur, que no conduce a ninguna parte.
Así, a pesar de la carencia de datos escritos que afirmen la procedencia templaria, los símbolos en piedra identificados en otras construcciones y las tradiciones populares pesan muy a favor de esta idea. De todos modos, los datos más antiguos que poseemos no son anteriores a 1520.
En Eunate encontramos una serie de símbolos lapidarios. Desconocemos su significado: ¿harán referencia, quizás, a la misteriosa reina que según la leyenda muy antigua albergaría?. La portada principal, en el Noroeste, está flanqueada por dos capiteles que sostienen la cornisa en que nacen las arquivoltas. Representan dos cabezas humanas de enormes ojos abiertos. Rostros con grandes barbas enrolladas que forman en conjunto cuatro espirales. Estos rostros sorprenden al peregrino como un viento gélido que desnuda el alma. La doble espiral de sus barbas, presente en la misma cruz templaria, es la espiral que succiona hacia la tierra en un sentido, y que eleva hacia el infinito en el otro, y en medio queda el aspirante, símbolo del hombre en la eterna encrucijada, representado en un capitel cerca de la puerta antedicha, en la galería de arcos; es un Cristo propio de los templarios, carece de cruz, él mismo es el hombre cruz.
Las columnas, como lotos que abren sus pétalos sólo en lo más elevado, reproducen la vida del templario, su continua soledad de transmutación, su vigoroso crecimiento vertical para abrir su alma en dimensiones y vivencias que le unen a sus hermanos del Temple en profunda e indisoluble fraternidad. En la piedra, en su propio ascenso, el sello que indica la presencia de Dios como Viento Espiritual, como Sol de Justicia, el símbolo que reproduce el más antiguo del Dios Amón egipcio.
PORTADA DE EUNATE
La portada NE se abre en una serie de nueve arquivoltas (sin contar el arco de la puerta propiamente dicho, que consta de once piedras). En la novena arquivolta hay una serie de doce imágenes, más una central. Extrañas imágenes que podrían representar los doce signos del Zodíaco mas el Sol (la imagen central con cabeza de Bafomet).
En la simbología románica, la portada representa al cielo. Las arquivoltas son entonces distintos cielos hasta el último (el noveno) donde estarían impresos los signos del Zodíaco. En la tercera arquivolta vemos imágenes de plantas. En la quinta una sucesión irregular y aparentemente caprichosa de seis estrellas y medias esferas (que podrían representar los nueve planetas más seis estrellas fijas de interés en Astrología). Si desde el centro de la portada trazamos radios sobre estas estrellas y esferas, se proyectan sobre cada una de las imágenes de la arquivolta exterior (menos sobre la imagen del templario). ¿Significará esto quizás que nos hallamos frente a una representación del Zodíaco?. Las posiciones de estrellas y semiesferas (planetas) hablan de un momento especial en que el cielo tuvo esa disposición, o son un emblema de poderosas enseñanzas, en cuanto los signos zodiacales representan los arquetipos y los planetas o estrellas la canalización activa de los mismos. Los ángulos exactos que conforman dicen también de un exacto y trascendental mensaje legible sólo por el iniciado.
En el pueblo de Olcot, a diez kilómetros de distancia, encontramos una portada que es casi simétrica respecto a la antedicha. Presenta las mismas imágenes que las de Eunate (salvo dos, una especie de cisne y un pájaro con cola de serpiente). El perfecto estado de conservación en que se halla, a pesar de estar expuesta a los vientos del Norte, y la forma simétrica respecto a la de Eunate, hacen pensar que dicha portada no debe llevar mucho tiempo allí y que correspondería con la puerta Sur de Eunate. En esta portada aparece también una cara con doble espiral, y grabado sobre la columna interior derecha un cordero (puede ser otro cuadrúpedo). Y en el tímpano de esta última el Crismón, símbolo éste que merece especial atención. Si este símbolo lo descomponemos en sus símbolos fundamentales aparece un hacha de doble filo (el laber) y una Tau con una serpiente ascendiendo. El alfa y el omega inscritos se refieren al principio y fín, que dispuestos en un círculo dicen de la circulación continua, el flujo eterno del Todo en el Todo. En la parte superior del símbolo, la letra griega P, que entre los pitagóricos era símbolo del número 100, o sea, 10 x 10.
Destacamos entre las imágenes de ambas portadas la de un Caballero que viste el hábito de los Templarios, larga túnica y capa cerrada por un broche en forma de serpiente, apoyándose sobre un rostro grotesco que saca la lengua. La capa asemeja dos alas plegadas que dicen de la naturaleza celeste del "templario" o del hombre que ha reencontrado su propia inmortalidad, y que permanece en el mundo con las alas perfectamente desarrolladas, pero plegadas, para ayudar a sus semejantes. Lleva la cabeza cubierta por un extraño gorro de ceremonias, a la manera del casco de Ptah, Dios del fuego en Egipto.
Es también de interés una representación de la Madre-Tierra como una mujer desnuda en cuyo cuerpo se enrosca una serpiente que surge de sus pies y va a beber en una copa que sostiene entre las manos.
Otro elemento muy interesante en esta construcción es el de las asimetrías y desviaciones de los ejes. Como en la casi totalidad de las construcciones medievales, éstos expresan el principio pitagórico de que lo par, lo simétrico, es la muerte, mientras que lo impar, lo asimétrico, es el desequilibrio y, por lo tanto, la vida. Estas desviaciones lo son de 9 grados, 27 y 36, todo ello múltiplos de 9, con lo que es posible que éste sea el número mágico que preside toda la obra de Eunate, como expresión del 9 = 8 + 1; la propia construcción octogonal de Eunate y el Espíritu de Unidad que lo habita.
PUENTE DE LA REINA
Pequeño pueblo navarro en el punto de confluencia del Camino Francés y el Navarro. Allí la Orden del Temple edificó un hospital de peregrinos y la Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos hacia el año 1130. La situación de ambas es la siguiente; a la derecha la Iglesia, a la izquierda el Hospital, y en el centro el Camino de Santiago, que pasa bajo un arco abovedado entre ambos edificios.
El peregrino experimenta tensión en el ambiente, una ciudad llena de melancolía, una congelación del presente en el pasado, desde el fatídico año del proceso de estos monjes guerreros y constructores.
La templaria Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos se convertiría en la sanjuanista Iglesia del Crucifijo, como se conoce ahora. Primero se edificó la nave mayor en estilo románico y en caracteres arcaicos, con el interesante detalle de tener quebrado el eje longitudinal según el principio simbólico de asimetría. Con posteridad se levantó el pórtico y la portada, plena de signos románicos, con arquivoltas que son ya del gótico inicial. Finalmente de construyó un segunda nave, más pequña, al Norte, con el propósito de albergar cierto crucifijo... Y aquí nos encontramos con uno de los grandes misterios de Puente Reina: el crucifijo de la Pata de Oca, Cristo de origen germano, donado por unos peregrinos (¿templarios?) en agradecimiento a la hospitalidad recibida, en calidad de exvoto.
Los brazos laterales de la cruz forman una Y (letra símbolo de los pitagóricos y de los maestros constructores). Mientras que el palo central se prolonga hasta la altura de dichos brazos. Los maderos semejan un árbol sin labrar al que simplemente se le ha despojado de las ramas secundarias. La corona está constituida por dos gruesas sogas trenzadas de grandes espinas. Los pies son desproporcionadamente grandes: es el símbolo del Alma, como peregrino de las infinitas y polvorientas sendas, a la manera del Edipo griego, el de los pies hinchados. En ausencia de documentos concretos, hay sin embargo, muchos datos que inducen a pensar que este Cristo llegó a esta iglesia cuando estaba regentada por los templarios.
Es un Cristo que representa en su forma singular de Y la intersección de los dos caminos, la Gran Elección, la Encrucijada; encontramos también la Pata de Oca, símbolo de reconocimiento de las antiguas fraternidades de constructores, que dice de las huellas de Dios como ave celeste sobre la Tierra.
En la Iglesia de Santiago, también en Puente de la Reina, hallamos junto a la portada la imagen de un guerrero matando a una fiera, imagen que nos muestra la mística templaria. Antes de penetrar el hombre en lo sagrado, debe combatir las pasiones, la inercia, el miedo, representados por el animal. Y en la portada observamos una serie de columnas rematadas con un capitel con forma de cabezas humanas, con rasgos de distintas razas, que habla de otro de los ideales templarios; son los hombres-columna, verticalizados al convertirse en encarnación de Ideales superiores; nada queda en ellos salvo un camino de ascenso, y su parte superior esférica, perfecta; dice también de la unión de diferentes razas y pueblos para constituir unidos en lo superior un Imperio-Confederación de hombres armonizados-, objetivo de los templarios en Europa y en Oriente, y quizás también en América (ante el escepticismo que pueda despertar esta afirmación, deberíamos preguntar a los símbolos de reconocimiento templario en las carabelas de Colón).
Jose Carlos Fernández
En el momento actual se tiende a revalorizar (quizás porque nos hallamos en los umbrales de un nuevo milenio y también, al decir de cada vez mayor número de investigadores y filósofos, de una Nueva Edad Media) la función vitalizante que supuso el Camino de Santiago. Este papel civilizatorio que encontramos en el Camino de Santiago lo es en lo comercial, reabriéndose antiguas vías; en lo humano, con una fusión y encuentro de distintas culturas y pueblos de la actual Europa; en lo artístico, con una amplia difusión del románico y primeros ensayos del gótico; y en lo místico, haciendo que un ideal común iluminase a tantos y tantos peregrinos, que unificase ambiciones, anhelos, que guiara variadas tendencias de los hombres en estos momentos de la Edad Media, armando, casi nos atrevemos a decir, la estructura de una nueva civilización.
Nadie duda ya de la importancia de la misión asignada a los templarios en este proceso de reconstrucción del viejo Imperio Romano, con una renovada savia mística surgida del Oriente. Valientes, impecables, misteriosos, plenos de ígnea pureza, con el triple hábito de castidad, pobreza y obediencia, se convierten en custodios de los caminos sagrados, en defensores a ultranza de aquello que haga crecer al hombre y comprender y vivir la unidad de esfuerzos humanos; propagadores fieles, comprometidos y responsables de una nueva fe que hace estallar en el corazón de sus adeptos los principios de una Caballería celeste, bajo el humilde hábito de la túnica de blanca pureza y la cruz roja de regeneración universal. Forman a las gentes sencillas en profesiones artesanales, los cobijan bajo su ordenada, férrea y generosa administración y los llevan de nuevo, en armonía con sus creencias, a las prácticas de una religión más natural, en un folclore de indudables raíces paganas.
¿QUIÉNES CONFORMAN ESTA ENIGMATICA ORDEN DEL TEMPLE?
Esta Orden se funda en Jerusalén, a la sazón en poder de los cruzados. Nueve caballeros, "los pobres soldados de Cristo", se instalan en las ruinas del Templo de Salomón. Nueve años después, en el Concilio de Troyes, el abad Bernardo de Clairvaux se encargó del destino de estos caballeros, haciendo que el Papa reconociese esta nueva Orden, de doble finalidad: religiosa y militar. Poco a poco la Orden fue ganando en riquezas materiales, necesarias para su subsistencia y para el cumplimiento de la misión que se habían impuesto. Al principio fueron donaciones que luego se vieron acrecentadas por la habilidad con que los propios templarios administraban sus bienes. Además, los Papas, exceptuaron a la Orden de cargos y diezmos.
Durante doscientos años la Orden crece y se extiende por Europa y el Mediterráneo, desde el Reino Latino de Jerusalén, con sus aledaños, Anatolia o Armenia, hasta los confines del Mar Tenebroso en las Islas Británicas. Desarrollará una perfecta organización económica, religiosa y militar, con una gran fuerza exotérica y profundas raíces esotéricas, que estará presente en las manifestaciones fundamentales de la cultura medieval.
Regidas por una regla aprobada por el Papa, la "regla latina", es posible que existiese otra secreta que se transmitirían oralmente. Pero el desarrollo de la Orden hizo crecer la envidia en la misma proporción, al punto de que en el siglo XIV el rey Felipe el Hermoso hizo que se suprimiese. Un largo y dudoso proceso, y no menos dudosos testigos, escogidos entre los hermanos excluídos de la Orden por mala conducta, pusieron fin -al menos en lo formal- a esta congregación religioso-militar, con la cesión de sus bienes a la Orden del Hospital.
En el lema Non nobis, Domine, non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam (nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre) hallamos la fundamental importancia que daban a la humildad, la caridad, el servicio y el amor a su Ideal.
Se ha insistido mucho en el aspecto esotérico y ritual de los templarios, del que se conoce muy poco y se especula mucho, pero es necesario no olvidar el impulso civilizatorio. Parafraseando a Rafael Alarcón: desbrozaban, roturaban, desecaban pantanos, explotaban salinas, canalizaban los ríos y lagunas, cultivaban, abrían nuevas vías de comunicación o reconstruían otras fuera de uso - especialmente calzadas romanas- reduciendo el peaje o eliminando éste y otros impuestos que obstruían el comercio, protegiendo a comerciantes y peregrinos; establecían mercados de los que eran beneficiarios, fundan nuevos pueblos con colectividades humanas de diversa procedencia, repueblan territorios enteros. Sus economistas revolucionan el sistema mediante la introducción de la letra de cambio, con lo que se podían hacer transacciones nominales y viajar tranquilos sin miedo a los robos de los valores en metálico. Pagan rescates a princesas y reyes, financian la construcción de los grandes edificios góticos, colaboran en la fusión de las culturas cristiana y árabe (con la consiguiente transmisión de conocimientos de éstos a aquellos), consiguen en los territorios por ellos regentados el sincretismo y la tolerancia entre cristianismo, islamismo y judaísmo; resucitan las milenarias tradiciones esotéricas, fomentan los contactos entre filósofos e intelectuales de las tres grandes religiones, activan polémicas constructivas, fundan Universidades y centros de cultura (Escuela de Traductores de Toledo, Escuela Náutica de Segres, Insituto Luliano de Mallorca, Universidades de Palencia y Coimbra...); actúan con admirable eficacia en lo político: Independencia de Portugal, Cortes leonesas de 1188, en la Concordia de "Sotofermoso" entre Alfonso IX de León y Alfonso VIII de Castilla y en la educación de futuros monarcas como Jaime I de Aragón o Federico II de Alemania.
Respecto al Camino de Santiago, que es el tema que nos ocupa, en él se instalaron y se erigieron en guardianes, fomentando el culto y las peregrinaciones tanto a Santiago como a los diversos santuarios de interés trascendente intercalados en las rutas principales. Edifican sus propios santuarios en las encomiendas del Camino y entronizan diversas devociones a la Virgen Madre Negra.
Analicemos algunas de las distintas construcciones atribuidas a los templarios y que se hallaban en el Camino de Santiago, pues son estos perennes documentos en piedra los únicos que poseemos para desentrañar el misterio de la actuación de esta Orden de monjes guerreros en el Camino Jacobeo.
NUESTRA SEÑORA DE EUNATE
Se halla en la provincia de Navarra, a tres kilómetros de Puente la Reina (importante encomienda templaria, donde se juntan el Camino navarro y el francés, procedentes de Somport y Roncesvalles respectivamente).
Para el peregrino, el camino que lleva a Eunate es penoso. El efecto del paisaje en el verano es desolador y, como ocurre con el emplazamiento de otras construcciones templarias, es tal la "tensión" del lugar, la austeridad de sus líneas de construcción, que provocan (al menos, ésta fue mi experiencia personal y la de otros peregrinos con los que conversé de esto mismo) una especial sensación de extraño cansancio y "aplastamiento", que imagino debía preceder a un alumbramiento a otra realidad más sutil, imperiosa, inconmovible.
Eunate significa en vasco "las Cien Puertas", haciendo referencia a los arcos de que está rodeada esta iglesia octogonal atribuida al Temple. Durante el Medioevo se celebraba en el equinoccio de primavera una romería desde Puente la Reina hasta Eunate. Aunque se desconoce el ritual que llevaban a cabo, es muy posible que en él se efectuase una danza de entradas y salidas por cada una de las puertas, dibujando figuras geométricas relacionadas con la ruta del Sol en su aparente recorrido en el año.
En 1142 los templarios se instalaron en Puente la Reina y construyeron esta enigmática iglesia poligonal irregular (tan propia de los Templarios). Podemos destacar en ella varios elementos de interés en relación con el Temple:
*El trazo poligonal irregular de su planta, un octógono, tensado por las nervaduras de la cúpula que dibujan una doble cruz templaria, superpuesta, giradas 1/8 de círculo la una sobre la otra. Según Atienza, esas nervaduras que parten de la cúpula y van a dar a los ángulos de la capilla, si se prolongan idealmente, cortarán con toda limpieza los ángulos exteriores de la capilla, los de la columnata y hasta los de la tapia exterior, marcando en línea recta una dirección que, prolongada, parece apuntar a importantes núcleos mágicos y enclaves templarios.
*Los signos grabados en su piedra. Destaca un abacus o bastón o mango espiral. Una figura extraña, que parece que se quiere destacar especialmente. Es una marca que en el Medioevo representaba una pieza de ajedrez (la torre) y que recuerda al gorro de los bufones. Lo encontramos en muchas construcciones templarias, especialmente en Tarragona, donde aparecen seis de estos signos en un escudo heráldico nobiliario, sobre una pila bautismal octogonal en una antigua casa del Temple. Es, con toda seguridad, el símbolo de las plumas de Amón, que con idéntica forma representaba al Dios del Sol Oculto en el Antiguo Egipto. Dice, por lo tanto, del carácter ritual y solar del templo. Además aparece sellando justamente una de las columnas de la entrada principal.
*Una escalera helicoidal en la linterna o torrecilla sur, que no conduce a ninguna parte.
Así, a pesar de la carencia de datos escritos que afirmen la procedencia templaria, los símbolos en piedra identificados en otras construcciones y las tradiciones populares pesan muy a favor de esta idea. De todos modos, los datos más antiguos que poseemos no son anteriores a 1520.
En Eunate encontramos una serie de símbolos lapidarios. Desconocemos su significado: ¿harán referencia, quizás, a la misteriosa reina que según la leyenda muy antigua albergaría?. La portada principal, en el Noroeste, está flanqueada por dos capiteles que sostienen la cornisa en que nacen las arquivoltas. Representan dos cabezas humanas de enormes ojos abiertos. Rostros con grandes barbas enrolladas que forman en conjunto cuatro espirales. Estos rostros sorprenden al peregrino como un viento gélido que desnuda el alma. La doble espiral de sus barbas, presente en la misma cruz templaria, es la espiral que succiona hacia la tierra en un sentido, y que eleva hacia el infinito en el otro, y en medio queda el aspirante, símbolo del hombre en la eterna encrucijada, representado en un capitel cerca de la puerta antedicha, en la galería de arcos; es un Cristo propio de los templarios, carece de cruz, él mismo es el hombre cruz.
Las columnas, como lotos que abren sus pétalos sólo en lo más elevado, reproducen la vida del templario, su continua soledad de transmutación, su vigoroso crecimiento vertical para abrir su alma en dimensiones y vivencias que le unen a sus hermanos del Temple en profunda e indisoluble fraternidad. En la piedra, en su propio ascenso, el sello que indica la presencia de Dios como Viento Espiritual, como Sol de Justicia, el símbolo que reproduce el más antiguo del Dios Amón egipcio.
PORTADA DE EUNATE
La portada NE se abre en una serie de nueve arquivoltas (sin contar el arco de la puerta propiamente dicho, que consta de once piedras). En la novena arquivolta hay una serie de doce imágenes, más una central. Extrañas imágenes que podrían representar los doce signos del Zodíaco mas el Sol (la imagen central con cabeza de Bafomet).
En la simbología románica, la portada representa al cielo. Las arquivoltas son entonces distintos cielos hasta el último (el noveno) donde estarían impresos los signos del Zodíaco. En la tercera arquivolta vemos imágenes de plantas. En la quinta una sucesión irregular y aparentemente caprichosa de seis estrellas y medias esferas (que podrían representar los nueve planetas más seis estrellas fijas de interés en Astrología). Si desde el centro de la portada trazamos radios sobre estas estrellas y esferas, se proyectan sobre cada una de las imágenes de la arquivolta exterior (menos sobre la imagen del templario). ¿Significará esto quizás que nos hallamos frente a una representación del Zodíaco?. Las posiciones de estrellas y semiesferas (planetas) hablan de un momento especial en que el cielo tuvo esa disposición, o son un emblema de poderosas enseñanzas, en cuanto los signos zodiacales representan los arquetipos y los planetas o estrellas la canalización activa de los mismos. Los ángulos exactos que conforman dicen también de un exacto y trascendental mensaje legible sólo por el iniciado.
En el pueblo de Olcot, a diez kilómetros de distancia, encontramos una portada que es casi simétrica respecto a la antedicha. Presenta las mismas imágenes que las de Eunate (salvo dos, una especie de cisne y un pájaro con cola de serpiente). El perfecto estado de conservación en que se halla, a pesar de estar expuesta a los vientos del Norte, y la forma simétrica respecto a la de Eunate, hacen pensar que dicha portada no debe llevar mucho tiempo allí y que correspondería con la puerta Sur de Eunate. En esta portada aparece también una cara con doble espiral, y grabado sobre la columna interior derecha un cordero (puede ser otro cuadrúpedo). Y en el tímpano de esta última el Crismón, símbolo éste que merece especial atención. Si este símbolo lo descomponemos en sus símbolos fundamentales aparece un hacha de doble filo (el laber) y una Tau con una serpiente ascendiendo. El alfa y el omega inscritos se refieren al principio y fín, que dispuestos en un círculo dicen de la circulación continua, el flujo eterno del Todo en el Todo. En la parte superior del símbolo, la letra griega P, que entre los pitagóricos era símbolo del número 100, o sea, 10 x 10.
Destacamos entre las imágenes de ambas portadas la de un Caballero que viste el hábito de los Templarios, larga túnica y capa cerrada por un broche en forma de serpiente, apoyándose sobre un rostro grotesco que saca la lengua. La capa asemeja dos alas plegadas que dicen de la naturaleza celeste del "templario" o del hombre que ha reencontrado su propia inmortalidad, y que permanece en el mundo con las alas perfectamente desarrolladas, pero plegadas, para ayudar a sus semejantes. Lleva la cabeza cubierta por un extraño gorro de ceremonias, a la manera del casco de Ptah, Dios del fuego en Egipto.
Es también de interés una representación de la Madre-Tierra como una mujer desnuda en cuyo cuerpo se enrosca una serpiente que surge de sus pies y va a beber en una copa que sostiene entre las manos.
Otro elemento muy interesante en esta construcción es el de las asimetrías y desviaciones de los ejes. Como en la casi totalidad de las construcciones medievales, éstos expresan el principio pitagórico de que lo par, lo simétrico, es la muerte, mientras que lo impar, lo asimétrico, es el desequilibrio y, por lo tanto, la vida. Estas desviaciones lo son de 9 grados, 27 y 36, todo ello múltiplos de 9, con lo que es posible que éste sea el número mágico que preside toda la obra de Eunate, como expresión del 9 = 8 + 1; la propia construcción octogonal de Eunate y el Espíritu de Unidad que lo habita.
PUENTE DE LA REINA
Pequeño pueblo navarro en el punto de confluencia del Camino Francés y el Navarro. Allí la Orden del Temple edificó un hospital de peregrinos y la Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos hacia el año 1130. La situación de ambas es la siguiente; a la derecha la Iglesia, a la izquierda el Hospital, y en el centro el Camino de Santiago, que pasa bajo un arco abovedado entre ambos edificios.
El peregrino experimenta tensión en el ambiente, una ciudad llena de melancolía, una congelación del presente en el pasado, desde el fatídico año del proceso de estos monjes guerreros y constructores.
La templaria Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos se convertiría en la sanjuanista Iglesia del Crucifijo, como se conoce ahora. Primero se edificó la nave mayor en estilo románico y en caracteres arcaicos, con el interesante detalle de tener quebrado el eje longitudinal según el principio simbólico de asimetría. Con posteridad se levantó el pórtico y la portada, plena de signos románicos, con arquivoltas que son ya del gótico inicial. Finalmente de construyó un segunda nave, más pequña, al Norte, con el propósito de albergar cierto crucifijo... Y aquí nos encontramos con uno de los grandes misterios de Puente Reina: el crucifijo de la Pata de Oca, Cristo de origen germano, donado por unos peregrinos (¿templarios?) en agradecimiento a la hospitalidad recibida, en calidad de exvoto.
Los brazos laterales de la cruz forman una Y (letra símbolo de los pitagóricos y de los maestros constructores). Mientras que el palo central se prolonga hasta la altura de dichos brazos. Los maderos semejan un árbol sin labrar al que simplemente se le ha despojado de las ramas secundarias. La corona está constituida por dos gruesas sogas trenzadas de grandes espinas. Los pies son desproporcionadamente grandes: es el símbolo del Alma, como peregrino de las infinitas y polvorientas sendas, a la manera del Edipo griego, el de los pies hinchados. En ausencia de documentos concretos, hay sin embargo, muchos datos que inducen a pensar que este Cristo llegó a esta iglesia cuando estaba regentada por los templarios.
Es un Cristo que representa en su forma singular de Y la intersección de los dos caminos, la Gran Elección, la Encrucijada; encontramos también la Pata de Oca, símbolo de reconocimiento de las antiguas fraternidades de constructores, que dice de las huellas de Dios como ave celeste sobre la Tierra.
En la Iglesia de Santiago, también en Puente de la Reina, hallamos junto a la portada la imagen de un guerrero matando a una fiera, imagen que nos muestra la mística templaria. Antes de penetrar el hombre en lo sagrado, debe combatir las pasiones, la inercia, el miedo, representados por el animal. Y en la portada observamos una serie de columnas rematadas con un capitel con forma de cabezas humanas, con rasgos de distintas razas, que habla de otro de los ideales templarios; son los hombres-columna, verticalizados al convertirse en encarnación de Ideales superiores; nada queda en ellos salvo un camino de ascenso, y su parte superior esférica, perfecta; dice también de la unión de diferentes razas y pueblos para constituir unidos en lo superior un Imperio-Confederación de hombres armonizados-, objetivo de los templarios en Europa y en Oriente, y quizás también en América (ante el escepticismo que pueda despertar esta afirmación, deberíamos preguntar a los símbolos de reconocimiento templario en las carabelas de Colón).
Jose Carlos Fernández
El fin
FIN DE LOS TEMPLARIOS
"¡No me siento capaz de soportar ni un momento más esta amarga prueba... Díganme de lo que van a acusarme, señores comisarios, que estoy dispuesto a confesarme autor de la muerte del mismo Jesucristo!"
Los Templarios eran el ejército del Papa y significaban un importante centro de poder por su fuerza militar, su dominio estratégico en Europa, especialmente en Francia, y sobre todo por sus enormes riquezas, lo que les convierte en el sistema bancario más importante del mundo. Por eso un rey empeñado en afirmar su autoridad absoluta tenía que terminar con la Orden del Temple, y no por ejemplo con la del Hospital, que se comportaba y organizaba de un modo completamente distinto.
Los "sepultureros" de los Caballeros del Temple fueron el Rey de Francia, Felipe IV "el Hermoso", el Papa Clemente V y los dominicos, orden muy experta en estas jugadas. La tónica del monarca francés fue un intento de absolutismo, para lo que le estorbaban los Templarios por su exención jurisdiccional y su poderío económico, que humillaba a un soberano lleno de deudas.
Felipe IV
Hasta el momento del proceso sólo se les achacaba su orgullo, vicio censurado hasta por los pontífices romanos que en la persona de Nicolás IV quiso unirlos a los Hospitalarios "para moderar su soberbia". Felipe IV se aprovechó de esta decantada actitud y pidió al Papado que los humillara, diciéndole que no convenía al pontificado una Orden sin control, por su excesivo poder y el peligro de una rebelión. Quién mejor ayudó al monarca fue Esquino Floriano, delincuente habitual que decía haber sido confidente de un templario en las mazmorras de Tolosa y que se proclamaba conocedor de los vicios de la Orden. Otros dicen que era un templario expulsado, sin que hayan trascendido los motivos. El caso es que el rey acogió con agrado aquel costal de infundios que, vertidos en los dóciles oídos de Clemente V, consiguieron que ordenase una inquisición contra los Caballeros del Temple. Floriano aseguraba que al ingresar en la Orden sus miembros renegaban del Salvador, pisoteando y escupiendo la cruz. Que en compensación de su celibato se les permitía la sodomía, pecado que los maestres absolvían. Que adoraban ídolos y que sus sacerdotes omitían intencionadamente en la misa las palabras de la consagración, etc.
Los intentos del francés comenzaron en Lyon, en 1305, con motivo de la coronación del arzobispo de Burdeos, Beltrán de Got, que pasaría a llamarse Clemente V. El nuevo Papa no dio impotancia al asunto, preocupado por el problema de Palestina, ocupada por los árabes, para cuya solución necesitaba de los Templarios. En 1307, Jacobo de Molay, último maestre del Temple, secundando los deseos papales de Cruzada, llegó a Francia para reclutar tropas y abastecerse de vituallas. A su paso por el país escuchó las calumnias propaladas contra su Orden y acudió ante el Papa solicitando un examen formal para comprobar la falsedad de tan burdas calumnias. Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Felipe IV, dispuesto a apoderarse de los bienes del Temple, y aconsejado por su ministro Guillermo de Nogaret, decidió adelantarse. El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, el maestre Molay y su séquito fueron arrestados y encarcelados, lo mismo que todos los Templarios franceses, y confiscados sus bienes bajo pretexto de la inquisición.
Jacobo de Molay
Para mitigar el escándalo y consternación que produjo el hecho, el Rey publicó un manifiesto redactado por Nogaret en el que se recogían todas las injurias, ignominias y abominaciones imaginables contra la Orden, involucrando al Papa en el acto. Cuando éste se enteró de la detención y del proceso, reprendió al monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Los purpurados, que debían sus cargos al monarca francés, consiguieron convencer a Clemente V de la buena fe real y enconar su ánimo contra los procesados. Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar sus bienes. Por medio de la tortura, la Inquisición obtuvo las declaraciones que deseaba, pero estas confesiones fueron revocadas por los acusados en la hora de su muerte en el suplicio, lo cual echa por tierra su probatoriedad. Sin embargo las confesiones obtenidas convencieron al venal Clemente V, quién ordenó un proceso en todo el mundo. Sin embargo se alzaron tantas voces de protesta, que el pontífice, por la bula Faciens misericordiam, del 12 de agosto de 1308, mandó formar comisiones diocesanas en toda la Cristiandad presididas por el obispo, dos canónigos y dos parejas de dominicos y franciscanos, para escuchar a los Templarios que desearan defender su Orden.
Las comparecencias debían dar comienzo el 12 de abril de 1309, en París, aunque tardaron varios meses en comenzar, hasta el 22 de noviembre de ese mismo año. La ausencia de torturas y un encarcelamiento más propio de religiosos, provocó que una tras otra todas las acusaciones fueran desmentidas por los caballeros sometidos a interrogatorio, pues las retracciones nacían de la reflexión y no del miedo, lo que comenzó a poner a las gentes a su favor. Pero Felipe IV y sus compinches no podían permitir esa situación, por eso recurrieron a todas sus influencias, para que se organizase con la mayor urgencia un concilio ecuménico de Sens. Lo consiguieron en cinco meses, y fue anunciado por el Papa en la bula Regnan in coelis, la celebración de un concilio en Sens, donde se trataría el problema de los Templarios.
Se inició en Abril de 1310, pero días más tarde empezaron a ser llevados a la hoguera cincuenta y cuatro templarios en las proximidades del convento de Saint-Antoine, por orden del monarca de Francia. Los inocentes fueron llevados a la muerte más atroz sobre unas pilas de leños, elegidos para que ardieran lentamente. De esta forma el suplicio resultó más inhumano. Testigos de este crimen múltiple dejaron escrito que las víctimas murieron proclamando su inocencia, reconociendo la injusticia que se cometía con su Orden y, por último, se pusieron en manos de Dios.
Templarios en la hoguera
Además, siguieron quemándose a templarios por distintos puntos de Francia, sin esperar a que se dictaran sentencias definitivas. Unas veces eran los obispos los que firmaban las órdenes, y otras el inquisidor general Guillermo de París, fiel servidor de Felipe el Hermoso. ¿Por qué se dejaron apresar los miembros de la más formidable fuerza militar del mundo occidental? Una de las razones fue sin duda la avanzada edad de la mayoría de los Templarios que vivían en Francia. Después de servir un tiempo en Oriente, muchos habían regresado a Europa para ocupar puestos en la administración. Las caballeros más jóvenes habían sido enviados a Chipre, y en 1307, más del setenta por ciento de la fuerza templaria había sido reclutada en los últimos siete años. En Chipre se preparaban para la acción militar: habían peleado con los sarracenos por Tortosa y esperaban una invasión de la isla por parte de los mamelucos.
En el Concilio de Vienne, entre el 16 de octubre de 1311, y el 3 de abril de 1312 el Papa anunció la supresión del Temple. Los teólogos del concilio eran casi todos franciscanos y dominicos, y ambas órdenes se distinguían por su animosidad y envidia contra los acusados. Antes, los secuaces del rey francés habían recurrido de nuevo a las torturas y nuevamente afloraron las confesiones de adoración demoníaca, prácticas sodomitas y de otros pecados demenciales. La pantomima se había preparado meticulosamente, con ensayo previo incluido y no parecía que nada pudiera fallar a la hora de llevarse a cabo ante el público. Sin embargo, los primeros acusados que se presentaron ante el tribunal defendieron al Temple y amenazaron con poseer un ejército de dos mil Templarios escondido y listo para liberarles, pero ningún ataque se produjo, y por ello los siguientes meses, como nadie se ponía de acuerdo para escoger a los defensores de los Templarios (Jacobo de Molay renunció a ello por ser analfabeto) se parecieron más al teatro que deseaban los detractores de la Orden. A puerta cerrada, los "actores" representaban los papeles que se les habían asignado, sin despertar ninguna emoción. La bula de supresión, Vox in excelso, se firmó el 22 de marzo y se leyó el 3 de abril públicamente.
Por la bula Ad providam, el 2 de mayo de 1312, Clemente V otorgó los bienes de la extinta orden a los caballeros de San Juan de Jerusalén, es decir los Hospitalarios, pero no pudo evitar la depredación por parte de Felipe el Hermoso, quien no sólo no devolvió el dinero que debía al Temple, alegando que cánones prohibían pagar deudas a los herejes, sino que se presentó cínicamente como acreedor de grandes sumas, por lo que los Sanjuanistas hubieron de entregarle 200.000 libras tornesas. El día 6 de ese mes, el Papa dictó bulas para que los "reconciliados y arrepentidos" serían confinados en monasterios y condenados a cadena perpetua. A los cuatro máximos dirigentes del Temple se les reservaba otro juicio más severo, que se celebró el 18 de marzo de 1314.
Clemente V
En esa fecha, fueron colocados Jacobo de Molay (maestre) Godofredo de Charney (maestre en Normandía), Hugo de Peraud (visitador de Francia) y Godofredo de Goneville (maestre de Aquitania) encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena de cadena perpetua. Pero cuando estaba dando comienzo la ceremonia, y mientras los delegados pontificios leían los crímenes y herejías, los máximos representantes de la Orden, los cuales ya llevaban siete años en prisión, se adelantaron para dirigirse abiertamente a las gentes de París, y fue Jacobo de Molay el que exclamó: "¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!"
Así habló el último maestre del Temple, con voz alta y firme, ante los cardenales, frente a los representantes del rey y delante de las gentes. Los "arrepentidos" habían dado un vuelco total a la situación. Todo París no hablaba de otra cosa y se había provocado un escándalo que no podía ser tolerado. Incluso se temió el estallido de un motín.
Aquel mismo día, con la puesta de sol, se alzó una enorme pira en un islote del Sena, denominado Isla de los Judíos, donde los cuatro dirigentes fueron llevados a la hoguera. Según se cuenta, antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay convocó al Rey y al Papa ante el tribunal de Dios para antes de que transcurriera un año, con las palabras "Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad".
Casualidad o no, la verdad es que antes de un año, tal y como aseguró el maestre templario antes de morir, fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V. El primero que falleció fue el Papa, a los 37 días. Ya estaba enfermo, pero una noche fue presa de "un dolor insufrible que le mordía el vientre". Sus galenos comunicaron que había muerto "a merced de unos horribles sufrimientos". El rey francés murió el 29 de noviembre, al chocar con la rama de un árbol mientras montaba a caballo por el bosque de Fontainebleau. El golpe fue tan grave que el monarca pereció de una parálisis general, con gran padecimiento hasta su minuto final. ¿Se había cumplido la amenaza de De Molay? Lo cierto es que de esta forma, los Templarios salieron de la Historia y entraron en la Leyenda.
Desde el punto de vista de las acusaciones y los procesos montados contra ellos por los consejeros del rey de Francia, los Templarios son completamente inocentes. Los procesos son nulos de pleno derecho, alevosamente parciales, incluso aquellos que prescindieron de la tortura. Pero históricamente, la degradación sufrida por su adicción al dinero, al poder y a la política, los condena irremediablemente como culpables. No por haber traicionado a la Iglesia o a la Monarquía, sino por haberse traicionado a ellos mismos, a sus ideales y a sus orígenes.
"¡No me siento capaz de soportar ni un momento más esta amarga prueba... Díganme de lo que van a acusarme, señores comisarios, que estoy dispuesto a confesarme autor de la muerte del mismo Jesucristo!"
Los Templarios eran el ejército del Papa y significaban un importante centro de poder por su fuerza militar, su dominio estratégico en Europa, especialmente en Francia, y sobre todo por sus enormes riquezas, lo que les convierte en el sistema bancario más importante del mundo. Por eso un rey empeñado en afirmar su autoridad absoluta tenía que terminar con la Orden del Temple, y no por ejemplo con la del Hospital, que se comportaba y organizaba de un modo completamente distinto.
Los "sepultureros" de los Caballeros del Temple fueron el Rey de Francia, Felipe IV "el Hermoso", el Papa Clemente V y los dominicos, orden muy experta en estas jugadas. La tónica del monarca francés fue un intento de absolutismo, para lo que le estorbaban los Templarios por su exención jurisdiccional y su poderío económico, que humillaba a un soberano lleno de deudas.
Felipe IV
Hasta el momento del proceso sólo se les achacaba su orgullo, vicio censurado hasta por los pontífices romanos que en la persona de Nicolás IV quiso unirlos a los Hospitalarios "para moderar su soberbia". Felipe IV se aprovechó de esta decantada actitud y pidió al Papado que los humillara, diciéndole que no convenía al pontificado una Orden sin control, por su excesivo poder y el peligro de una rebelión. Quién mejor ayudó al monarca fue Esquino Floriano, delincuente habitual que decía haber sido confidente de un templario en las mazmorras de Tolosa y que se proclamaba conocedor de los vicios de la Orden. Otros dicen que era un templario expulsado, sin que hayan trascendido los motivos. El caso es que el rey acogió con agrado aquel costal de infundios que, vertidos en los dóciles oídos de Clemente V, consiguieron que ordenase una inquisición contra los Caballeros del Temple. Floriano aseguraba que al ingresar en la Orden sus miembros renegaban del Salvador, pisoteando y escupiendo la cruz. Que en compensación de su celibato se les permitía la sodomía, pecado que los maestres absolvían. Que adoraban ídolos y que sus sacerdotes omitían intencionadamente en la misa las palabras de la consagración, etc.
Los intentos del francés comenzaron en Lyon, en 1305, con motivo de la coronación del arzobispo de Burdeos, Beltrán de Got, que pasaría a llamarse Clemente V. El nuevo Papa no dio impotancia al asunto, preocupado por el problema de Palestina, ocupada por los árabes, para cuya solución necesitaba de los Templarios. En 1307, Jacobo de Molay, último maestre del Temple, secundando los deseos papales de Cruzada, llegó a Francia para reclutar tropas y abastecerse de vituallas. A su paso por el país escuchó las calumnias propaladas contra su Orden y acudió ante el Papa solicitando un examen formal para comprobar la falsedad de tan burdas calumnias. Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Felipe IV, dispuesto a apoderarse de los bienes del Temple, y aconsejado por su ministro Guillermo de Nogaret, decidió adelantarse. El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, el maestre Molay y su séquito fueron arrestados y encarcelados, lo mismo que todos los Templarios franceses, y confiscados sus bienes bajo pretexto de la inquisición.
Jacobo de Molay
Para mitigar el escándalo y consternación que produjo el hecho, el Rey publicó un manifiesto redactado por Nogaret en el que se recogían todas las injurias, ignominias y abominaciones imaginables contra la Orden, involucrando al Papa en el acto. Cuando éste se enteró de la detención y del proceso, reprendió al monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Los purpurados, que debían sus cargos al monarca francés, consiguieron convencer a Clemente V de la buena fe real y enconar su ánimo contra los procesados. Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar sus bienes. Por medio de la tortura, la Inquisición obtuvo las declaraciones que deseaba, pero estas confesiones fueron revocadas por los acusados en la hora de su muerte en el suplicio, lo cual echa por tierra su probatoriedad. Sin embargo las confesiones obtenidas convencieron al venal Clemente V, quién ordenó un proceso en todo el mundo. Sin embargo se alzaron tantas voces de protesta, que el pontífice, por la bula Faciens misericordiam, del 12 de agosto de 1308, mandó formar comisiones diocesanas en toda la Cristiandad presididas por el obispo, dos canónigos y dos parejas de dominicos y franciscanos, para escuchar a los Templarios que desearan defender su Orden.
Las comparecencias debían dar comienzo el 12 de abril de 1309, en París, aunque tardaron varios meses en comenzar, hasta el 22 de noviembre de ese mismo año. La ausencia de torturas y un encarcelamiento más propio de religiosos, provocó que una tras otra todas las acusaciones fueran desmentidas por los caballeros sometidos a interrogatorio, pues las retracciones nacían de la reflexión y no del miedo, lo que comenzó a poner a las gentes a su favor. Pero Felipe IV y sus compinches no podían permitir esa situación, por eso recurrieron a todas sus influencias, para que se organizase con la mayor urgencia un concilio ecuménico de Sens. Lo consiguieron en cinco meses, y fue anunciado por el Papa en la bula Regnan in coelis, la celebración de un concilio en Sens, donde se trataría el problema de los Templarios.
Se inició en Abril de 1310, pero días más tarde empezaron a ser llevados a la hoguera cincuenta y cuatro templarios en las proximidades del convento de Saint-Antoine, por orden del monarca de Francia. Los inocentes fueron llevados a la muerte más atroz sobre unas pilas de leños, elegidos para que ardieran lentamente. De esta forma el suplicio resultó más inhumano. Testigos de este crimen múltiple dejaron escrito que las víctimas murieron proclamando su inocencia, reconociendo la injusticia que se cometía con su Orden y, por último, se pusieron en manos de Dios.
Templarios en la hoguera
Además, siguieron quemándose a templarios por distintos puntos de Francia, sin esperar a que se dictaran sentencias definitivas. Unas veces eran los obispos los que firmaban las órdenes, y otras el inquisidor general Guillermo de París, fiel servidor de Felipe el Hermoso. ¿Por qué se dejaron apresar los miembros de la más formidable fuerza militar del mundo occidental? Una de las razones fue sin duda la avanzada edad de la mayoría de los Templarios que vivían en Francia. Después de servir un tiempo en Oriente, muchos habían regresado a Europa para ocupar puestos en la administración. Las caballeros más jóvenes habían sido enviados a Chipre, y en 1307, más del setenta por ciento de la fuerza templaria había sido reclutada en los últimos siete años. En Chipre se preparaban para la acción militar: habían peleado con los sarracenos por Tortosa y esperaban una invasión de la isla por parte de los mamelucos.
En el Concilio de Vienne, entre el 16 de octubre de 1311, y el 3 de abril de 1312 el Papa anunció la supresión del Temple. Los teólogos del concilio eran casi todos franciscanos y dominicos, y ambas órdenes se distinguían por su animosidad y envidia contra los acusados. Antes, los secuaces del rey francés habían recurrido de nuevo a las torturas y nuevamente afloraron las confesiones de adoración demoníaca, prácticas sodomitas y de otros pecados demenciales. La pantomima se había preparado meticulosamente, con ensayo previo incluido y no parecía que nada pudiera fallar a la hora de llevarse a cabo ante el público. Sin embargo, los primeros acusados que se presentaron ante el tribunal defendieron al Temple y amenazaron con poseer un ejército de dos mil Templarios escondido y listo para liberarles, pero ningún ataque se produjo, y por ello los siguientes meses, como nadie se ponía de acuerdo para escoger a los defensores de los Templarios (Jacobo de Molay renunció a ello por ser analfabeto) se parecieron más al teatro que deseaban los detractores de la Orden. A puerta cerrada, los "actores" representaban los papeles que se les habían asignado, sin despertar ninguna emoción. La bula de supresión, Vox in excelso, se firmó el 22 de marzo y se leyó el 3 de abril públicamente.
Por la bula Ad providam, el 2 de mayo de 1312, Clemente V otorgó los bienes de la extinta orden a los caballeros de San Juan de Jerusalén, es decir los Hospitalarios, pero no pudo evitar la depredación por parte de Felipe el Hermoso, quien no sólo no devolvió el dinero que debía al Temple, alegando que cánones prohibían pagar deudas a los herejes, sino que se presentó cínicamente como acreedor de grandes sumas, por lo que los Sanjuanistas hubieron de entregarle 200.000 libras tornesas. El día 6 de ese mes, el Papa dictó bulas para que los "reconciliados y arrepentidos" serían confinados en monasterios y condenados a cadena perpetua. A los cuatro máximos dirigentes del Temple se les reservaba otro juicio más severo, que se celebró el 18 de marzo de 1314.
Clemente V
En esa fecha, fueron colocados Jacobo de Molay (maestre) Godofredo de Charney (maestre en Normandía), Hugo de Peraud (visitador de Francia) y Godofredo de Goneville (maestre de Aquitania) encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena de cadena perpetua. Pero cuando estaba dando comienzo la ceremonia, y mientras los delegados pontificios leían los crímenes y herejías, los máximos representantes de la Orden, los cuales ya llevaban siete años en prisión, se adelantaron para dirigirse abiertamente a las gentes de París, y fue Jacobo de Molay el que exclamó: "¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!"
Así habló el último maestre del Temple, con voz alta y firme, ante los cardenales, frente a los representantes del rey y delante de las gentes. Los "arrepentidos" habían dado un vuelco total a la situación. Todo París no hablaba de otra cosa y se había provocado un escándalo que no podía ser tolerado. Incluso se temió el estallido de un motín.
Aquel mismo día, con la puesta de sol, se alzó una enorme pira en un islote del Sena, denominado Isla de los Judíos, donde los cuatro dirigentes fueron llevados a la hoguera. Según se cuenta, antes de ser consumido por las llamas, Jacobo de Molay convocó al Rey y al Papa ante el tribunal de Dios para antes de que transcurriera un año, con las palabras "Dios conoce que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad".
Casualidad o no, la verdad es que antes de un año, tal y como aseguró el maestre templario antes de morir, fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V. El primero que falleció fue el Papa, a los 37 días. Ya estaba enfermo, pero una noche fue presa de "un dolor insufrible que le mordía el vientre". Sus galenos comunicaron que había muerto "a merced de unos horribles sufrimientos". El rey francés murió el 29 de noviembre, al chocar con la rama de un árbol mientras montaba a caballo por el bosque de Fontainebleau. El golpe fue tan grave que el monarca pereció de una parálisis general, con gran padecimiento hasta su minuto final. ¿Se había cumplido la amenaza de De Molay? Lo cierto es que de esta forma, los Templarios salieron de la Historia y entraron en la Leyenda.
Desde el punto de vista de las acusaciones y los procesos montados contra ellos por los consejeros del rey de Francia, los Templarios son completamente inocentes. Los procesos son nulos de pleno derecho, alevosamente parciales, incluso aquellos que prescindieron de la tortura. Pero históricamente, la degradación sufrida por su adicción al dinero, al poder y a la política, los condena irremediablemente como culpables. No por haber traicionado a la Iglesia o a la Monarquía, sino por haberse traicionado a ellos mismos, a sus ideales y a sus orígenes.
Los caballeros
• Introducción
La orden de los caballeros templarios también conocida como la ‘Orden del Temple’, fue organización monástica medieval con fines militares formada por monjes que a su vez eran caballeros, creada para proteger a los peregrinos en Tierra Santa; esto junto con la de luchar contra los infieles en Tierra Santa y proteger a los peregrinos que hacia allí se dirigían fue la principal misión de los caballeros templarios; también lucharon en España contra el Islam. A estos monjes/guerreros se les atribuían grandes conocimientos en el campo de la ciencia: economía (promovieron la letra de cambio y fijaron las bases de la contabilidad), matemáticas, arquitectura. Se piensa que el poder de los templarios llego a ser enorme, lo que contribuyó a su posterior disolución.• Historia de la orden del Temple y los caballeros templarios
Durante el S. XI desde Europa multitud de peregrinos viajan a Tierra Santa, con el objetivo de estar en la tierra donde vivió Cristo. Durante el dominio de los califas abbasies de Bagdad, teniendo en cuenta el beneficio económico que les repercutían las peregrinaciones cristianas, los peregrinos tenían libertar para visitar los santos lugares. Esto cambió en la segunda mitad del S. XI, cuando los turcos selyúcidas tomaron el control de la región y empezaron las muertes de peregrinos.
18 de noviembre de 1095, el Papa Urbano II convoca un concilio para ‘librar Tierra Santa de los Infieles’, en cual se crean la union de los diferentes reinos europeos para emprender las cruzadas.
15 de julio de 1099, las cruzadas alcanzaban su objetivo, se adueñaban de la ciudad de Jerusalén. Esto propicia la importante ruta de mercaderías que atraviesa Tierra Santa, lo lleva a la sospecha de que las cruzadas fueron promovidas por un interés económico aparte del religioso.
Año 1115, un caballero francés llamado Hugo de Payens y su compañero Godofredo de Saint-Adhemar, flamenco, crean la orden monástica de los ‘Pobres Soldados de Cristo’ cuyo objetivo es proteger a los peregrinos, así como hacer seguras las vías por las que viajaban. El rey de Jerusalén, Balduino II, les cede el control de las mezquitas de Koubet al-Sakhara y Koubet al-Aksa para utilizarlas como cuarteles. Estas mezquitas están situadas en el mismo emplazamiento del Templo de Salomón, y por esto, la orden acabaría por denominarse Orden del Temple.
Año 1127, Hugo de Payens regresa a Europa con el objetivo de ampliar y consolidar la orden, otorgándole unos estatutos.
Año 1128, en el Concilio de Troyes la Iglesia reconoce formalmente a la orden.
Año 1177, la orden participa decisivamente en la victoria del rey Balduino IV sobre el sultán Saladino, uno de los principales enemigos de la orden en aquellos años.
2 de octubre de 1187, Saladino ocupa Jerusalen.
Año 1212, una cruzada derrota a los almohades en la Batalla de las Navas de Tolosa (Jaén)
Año 1228, en la quinta cruzada se recupera Jerusalen, sin embargo, quince años más tarde volvería a perderse su control.
Año 1265, los musulmanes toman el control de Cesarea y Arsuf;
Año 1266, toman el control de Safeto, y posteriormente Jaffa, Beaufort, Bangas y Antioquía
Año 1305, Esquin de Floyrano (antiguo prior de Montfaucon), denuncia a la orden ante el rey Jaime II de Aragón
Año 1311, el Papa Clemente V convoca un concilio en el que se decide disolver la orden, gracias en parte, a las presiones del rey Felipe IV decidido a acabar la Orden.
• La Orden de los caballeros templarios – Orden del Temple – OrganizaciónLa necesidad de gestionar los recursos enviados de Europa a Palestina para sustentar las cruzadas, facilitó el que la orden de los caballeros templarios desarrollase un eficiente sistema bancario, en el que confiaban la nobleza y la realeza. La exención de pagar impuestos y diezmos ayudó a que la orden acumulase una considerable riqueza.Los caballeros templarios acumulaban un gran poder dentro de la sociedad de la época, poseían grandes extensiones de tierra, organizaban la agricultura, la minería el comercio y la banca. Una de las peculiaridades de la Orden en su financiación era que además de las numerosas donaciones que recibían por parte de la realeza y nobleza, existía la posibilidad de ‘donarse en vida’ por la que la Orden se aseguraba las posesiones del donante tras su muerte a cambio de la protección de la Orden, así como exención de pagar impuestos, esto permitía la perpetuación de la Orden a lo largo de los años. Su privilegiada situación estrategica tambien les permitió comerciar con Oriente, llegando incluso a disponer de su propia flota de barcos que les permitía trasnportar sus bienes y sus tropas a Tierra Santa. Siempre se ha especulado con la posibilidad de que la Orden contase con un gran tesoro, lo cual sigue siendo un enigma, ya que a pesar de las riquezas que administraban, se piensa que todos sus excedentes se enviaban a Tierra Santa para financiar las cruzadas, así como las obras sociales de caridad que realizaban dada su condición de orden manástica.
El rey Felipe IV en su afán por apoderarse de estas riquezas desprestigió la orden hasta lograr acabar con ella (año 1311); acabando muchos de sus miembros en la hoguera acusados de herejía. En España y Portugal la Orden resurgió con otro nombre.
Los caballeros templarios residían en encomiendas, las cuales contaban con capilla, alojamientos, bodegas, sotanos, caballerizas y almacenes. Al frente estaba el comendador que era el responsable de la organización dentro de la encomienda.
La organización de los templarios tenía un marcado carácter militar: en la cabeza de la organización estaba el ‘Gran Maestre’ el cual contaba con un estado mayor formado por su lugarteniente o senescal, un jefe militar o senescal y varios comendadores adscritos a regiones en Tierra Santa. La jerarquía seguía con los caballeros, los sargentos y los escuderos.
• Los caballeros templariosA diferencia de los caballeros seculares (vanidosos, codiciosos, violentos) los caballeros templarios se caracterizaban por su austeridad, no en vano, hacían los tres votos monacales: pobreza, obediencia y castidad. Sin embargo, también eran conocidos por su ferocidad en el combate.Los caballeros templarios tal y como mandaba la Orden no podían tener posesiones, no podía hacer ni recibir regalos.
La orden de los caballeros templarios también conocida como la ‘Orden del Temple’, fue organización monástica medieval con fines militares formada por monjes que a su vez eran caballeros, creada para proteger a los peregrinos en Tierra Santa; esto junto con la de luchar contra los infieles en Tierra Santa y proteger a los peregrinos que hacia allí se dirigían fue la principal misión de los caballeros templarios; también lucharon en España contra el Islam. A estos monjes/guerreros se les atribuían grandes conocimientos en el campo de la ciencia: economía (promovieron la letra de cambio y fijaron las bases de la contabilidad), matemáticas, arquitectura. Se piensa que el poder de los templarios llego a ser enorme, lo que contribuyó a su posterior disolución.• Historia de la orden del Temple y los caballeros templarios
Durante el S. XI desde Europa multitud de peregrinos viajan a Tierra Santa, con el objetivo de estar en la tierra donde vivió Cristo. Durante el dominio de los califas abbasies de Bagdad, teniendo en cuenta el beneficio económico que les repercutían las peregrinaciones cristianas, los peregrinos tenían libertar para visitar los santos lugares. Esto cambió en la segunda mitad del S. XI, cuando los turcos selyúcidas tomaron el control de la región y empezaron las muertes de peregrinos.
18 de noviembre de 1095, el Papa Urbano II convoca un concilio para ‘librar Tierra Santa de los Infieles’, en cual se crean la union de los diferentes reinos europeos para emprender las cruzadas.
15 de julio de 1099, las cruzadas alcanzaban su objetivo, se adueñaban de la ciudad de Jerusalén. Esto propicia la importante ruta de mercaderías que atraviesa Tierra Santa, lo lleva a la sospecha de que las cruzadas fueron promovidas por un interés económico aparte del religioso.
Año 1115, un caballero francés llamado Hugo de Payens y su compañero Godofredo de Saint-Adhemar, flamenco, crean la orden monástica de los ‘Pobres Soldados de Cristo’ cuyo objetivo es proteger a los peregrinos, así como hacer seguras las vías por las que viajaban. El rey de Jerusalén, Balduino II, les cede el control de las mezquitas de Koubet al-Sakhara y Koubet al-Aksa para utilizarlas como cuarteles. Estas mezquitas están situadas en el mismo emplazamiento del Templo de Salomón, y por esto, la orden acabaría por denominarse Orden del Temple.
Año 1127, Hugo de Payens regresa a Europa con el objetivo de ampliar y consolidar la orden, otorgándole unos estatutos.
Año 1128, en el Concilio de Troyes la Iglesia reconoce formalmente a la orden.
Año 1177, la orden participa decisivamente en la victoria del rey Balduino IV sobre el sultán Saladino, uno de los principales enemigos de la orden en aquellos años.
2 de octubre de 1187, Saladino ocupa Jerusalen.
Año 1212, una cruzada derrota a los almohades en la Batalla de las Navas de Tolosa (Jaén)
Año 1228, en la quinta cruzada se recupera Jerusalen, sin embargo, quince años más tarde volvería a perderse su control.
Año 1265, los musulmanes toman el control de Cesarea y Arsuf;
Año 1266, toman el control de Safeto, y posteriormente Jaffa, Beaufort, Bangas y Antioquía
Año 1305, Esquin de Floyrano (antiguo prior de Montfaucon), denuncia a la orden ante el rey Jaime II de Aragón
Año 1311, el Papa Clemente V convoca un concilio en el que se decide disolver la orden, gracias en parte, a las presiones del rey Felipe IV decidido a acabar la Orden.
• La Orden de los caballeros templarios – Orden del Temple – OrganizaciónLa necesidad de gestionar los recursos enviados de Europa a Palestina para sustentar las cruzadas, facilitó el que la orden de los caballeros templarios desarrollase un eficiente sistema bancario, en el que confiaban la nobleza y la realeza. La exención de pagar impuestos y diezmos ayudó a que la orden acumulase una considerable riqueza.Los caballeros templarios acumulaban un gran poder dentro de la sociedad de la época, poseían grandes extensiones de tierra, organizaban la agricultura, la minería el comercio y la banca. Una de las peculiaridades de la Orden en su financiación era que además de las numerosas donaciones que recibían por parte de la realeza y nobleza, existía la posibilidad de ‘donarse en vida’ por la que la Orden se aseguraba las posesiones del donante tras su muerte a cambio de la protección de la Orden, así como exención de pagar impuestos, esto permitía la perpetuación de la Orden a lo largo de los años. Su privilegiada situación estrategica tambien les permitió comerciar con Oriente, llegando incluso a disponer de su propia flota de barcos que les permitía trasnportar sus bienes y sus tropas a Tierra Santa. Siempre se ha especulado con la posibilidad de que la Orden contase con un gran tesoro, lo cual sigue siendo un enigma, ya que a pesar de las riquezas que administraban, se piensa que todos sus excedentes se enviaban a Tierra Santa para financiar las cruzadas, así como las obras sociales de caridad que realizaban dada su condición de orden manástica.
El rey Felipe IV en su afán por apoderarse de estas riquezas desprestigió la orden hasta lograr acabar con ella (año 1311); acabando muchos de sus miembros en la hoguera acusados de herejía. En España y Portugal la Orden resurgió con otro nombre.
Los caballeros templarios residían en encomiendas, las cuales contaban con capilla, alojamientos, bodegas, sotanos, caballerizas y almacenes. Al frente estaba el comendador que era el responsable de la organización dentro de la encomienda.
La organización de los templarios tenía un marcado carácter militar: en la cabeza de la organización estaba el ‘Gran Maestre’ el cual contaba con un estado mayor formado por su lugarteniente o senescal, un jefe militar o senescal y varios comendadores adscritos a regiones en Tierra Santa. La jerarquía seguía con los caballeros, los sargentos y los escuderos.
• Los caballeros templariosA diferencia de los caballeros seculares (vanidosos, codiciosos, violentos) los caballeros templarios se caracterizaban por su austeridad, no en vano, hacían los tres votos monacales: pobreza, obediencia y castidad. Sin embargo, también eran conocidos por su ferocidad en el combate.Los caballeros templarios tal y como mandaba la Orden no podían tener posesiones, no podía hacer ni recibir regalos.
En el Bierzo
La Orden del Temple fue fundada en Palestina en el año 1.118. Su misión era proteger a los peregrinos y de esta forma se convirtieron en una eficaz caballería.
Los templarios tuvieron su sede en la mezquita de la Roca, encima del antiguo templo de Salomón.
En 1.291 fueron expulsados de Palestina y se convirtieron en los banqueros de Europa. Su gran riqueza estaba en multitud de granjas agrícolas regidas por los caballeros y trabajadas por "domésticos" y jornaleros.
A finales del siglo XII los templarios se asentaron en Ponferrada y fundaron su castillo, aunque poco queda del original. Poseían además el castillo de Cornatel, Sarracín y Corullón.
Al igual que en tierra Santa, aquí los templarios protegieron a los peregrinos.
Según la tradición hacia el año 1200 son ellos los que encuentran la imagen de la Virgen de la Encina en el interior de un árbol. Sobre esto hay versiones diferentes, pero lo cierto es que los estudios realizados dicen que la talla de la Virgen es targodótica, del siglo XV o principios del XVI.
En 1307, el rey de Francia envía orden de detención contra los templarios, no está claro si los madó apresar para no pagar las numerosas deudas que con ellos había contraído o bien porque temía un poder tan fuerte como el que ellos habían conseguido. De una u otra forma las acusaciones contra los templarios fueron terribles:
Adoración satánica
Pisar crucufijos
Homosexualidad,...
Bajo tortura confesaron muchas cosas y el débil papa Clemente V obligó a la disolución de la Orden en 1312.
En El Bierzo los monasterios cercanos (Carracedo, Montes) pudieron también estar contra los templarios, tal y como se recoge en "El Señor de Bembibre", pero la realidad es que no hubo lucha y el rey Fernando IV consideró a los templarios inocentes, permitiéndoles entrar en otras órdenes. Las tierras y los dominios del temple los consideró feudales y regresaron a la Corona.Los castillos de Ponferrada, Cornatel y Corullón pasaron a manos de los Condes de Lemos por herencia, en el siglo XV.
En el castillo de Ponferrada hay esculpidas varias "thaus" que la tradición atribuye a los templarios, pero no hay que olvidar que las cruces templarias tienen siempre cuatro brazos, sea cual sea su forma, y en este castillo están en sitios de construcción posterior; concretamente en la parte levantada por don Pedro Álvarez Osorio, conde de Lemos. Este mismo también utilizó la "thau" en castillos gallegos (como Monforte) que nunca fueron templarios. No se sabe porqué adoptó este símbolo, pero hay que recordar que dicha"thau" era también la insignia de la Orden de San Antonio, instituida por Alberto de Baviera, conde de Hainault, en Flandes, allá por el 1382.
Los templarios tuvieron su sede en la mezquita de la Roca, encima del antiguo templo de Salomón.
En 1.291 fueron expulsados de Palestina y se convirtieron en los banqueros de Europa. Su gran riqueza estaba en multitud de granjas agrícolas regidas por los caballeros y trabajadas por "domésticos" y jornaleros.
A finales del siglo XII los templarios se asentaron en Ponferrada y fundaron su castillo, aunque poco queda del original. Poseían además el castillo de Cornatel, Sarracín y Corullón.
Al igual que en tierra Santa, aquí los templarios protegieron a los peregrinos.
Según la tradición hacia el año 1200 son ellos los que encuentran la imagen de la Virgen de la Encina en el interior de un árbol. Sobre esto hay versiones diferentes, pero lo cierto es que los estudios realizados dicen que la talla de la Virgen es targodótica, del siglo XV o principios del XVI.
En 1307, el rey de Francia envía orden de detención contra los templarios, no está claro si los madó apresar para no pagar las numerosas deudas que con ellos había contraído o bien porque temía un poder tan fuerte como el que ellos habían conseguido. De una u otra forma las acusaciones contra los templarios fueron terribles:
Adoración satánica
Pisar crucufijos
Homosexualidad,...
Bajo tortura confesaron muchas cosas y el débil papa Clemente V obligó a la disolución de la Orden en 1312.
En El Bierzo los monasterios cercanos (Carracedo, Montes) pudieron también estar contra los templarios, tal y como se recoge en "El Señor de Bembibre", pero la realidad es que no hubo lucha y el rey Fernando IV consideró a los templarios inocentes, permitiéndoles entrar en otras órdenes. Las tierras y los dominios del temple los consideró feudales y regresaron a la Corona.Los castillos de Ponferrada, Cornatel y Corullón pasaron a manos de los Condes de Lemos por herencia, en el siglo XV.
En el castillo de Ponferrada hay esculpidas varias "thaus" que la tradición atribuye a los templarios, pero no hay que olvidar que las cruces templarias tienen siempre cuatro brazos, sea cual sea su forma, y en este castillo están en sitios de construcción posterior; concretamente en la parte levantada por don Pedro Álvarez Osorio, conde de Lemos. Este mismo también utilizó la "thau" en castillos gallegos (como Monforte) que nunca fueron templarios. No se sabe porqué adoptó este símbolo, pero hay que recordar que dicha"thau" era también la insignia de la Orden de San Antonio, instituida por Alberto de Baviera, conde de Hainault, en Flandes, allá por el 1382.
La orden
1.- Definición
Orden militar fundada en los primeros años del siglo XII con el objeto de proteger a los peregrinos que acudían a Tierra Santa. Al igual que la formación de la otra orden militar de la época, la del Hospital de San Juan, el clima de Cruzada que respiraba la Europa medieval incitó a varios caballeros idealistas de procedencia diversa (borgoñones, franceses y flamencos) a crear un cuerpo, mitad militar y mitad religioso, que se dedicase a la vigilancia de los Santos Lugares y a perseverar en el mantenimiento de las posesiones de ultramar.
2.- El origen de los caballeros templarios
En el año 1118, un grupo de nueve caballeros, compañeros de armas de Godofredo de Bouillon, el gran conquistador de Jerusalén, llegaron a Tierra Santa y decidieron dedicar sus vidas a la labor de protección de los peregrinos. Los nueve fundadores fueron Hugo de Payns (primer Gran Maestre de la orden), Godofredo de Saint-Adhemar, Foulques de Angers, Godofredo de Roval, Archimbald de Saint-Amand, André de Montbard, Godofredo de Bisoi, Hugo de Champagne y Payens de Montdidier. El más importante cronista de la dominación europea en los Santos Lugares, Guillermo de Tiro, relata así el hecho en su Historia rerum in partibus transmarinis gestarum: "Algunos nobles con rango de caballeros, devotos de Dios, piadosos y temerosos de Él, hicieron voto [...] de vivir perpetuamente en castidad y obediencia y sin propiedades, a la manera de los canónigos regulares, entregándose al servicio de Cristo [...]; su primera empresa, que les fue encargada [...] para la remisión de sus pecados, fue, especialmente, proveer a la protección de los peregrinos custodiando con todas sus fuerzas las rutas y los caminos de los ataques de ladrones y bandoleros". Quedaba así establecida la dualidad monje-guerrero característica de los pertenecientes a toda orden militar medieval. Ante la carencia de una regla que seguir, los caballeros adoptaron en un principio la benedictina, concedida por el Patriarca de Jerusalén al mismo tiempo que el rey cristiano de Tierra Santa, Balduino II, les cedía, como emplazamiento en la ciudad, las antiguas mezquitas de Qubbat al-Sakhra y Qubbat al-Aksa, situadas en el mismo lugar donde antaño se encontraba el templo de Salomón. Con ello, los caballeros se comenzaron a llamar "templarios" (referente al templo) y a la orden se la bautizó como "del Temple de Jerusalén". La precaria dominación que los cristianos habían establecido tras la toma de Jerusalén (1099) hacía de la peregrinación hacia Oriente una de las mayores hazañas que un devoto podía plantearse, puesto que, la mayoría de las veces, los peregrinos europeos acababan en las garras de los salteadores de caminos (de una u otra religión). Quizá fue éste el motivo que animó a Hugo de Payns a regresar a Europa para solicitar la ampliación de atribuciones de la orden y unos definitivos estatutos. Pese a que contaba con la aprobación del propio monarca jerosolimitano, lo cierto es que la baza mejor jugada por Hugo fue que uno de los primitivos fundadores, André de Montbard, era pariente próximo del más grande predicador del orbe occidental y uno de los máximos idealistas de la Cruzada: Bernardo de Claraval.
3.- La intervención de San Bernardo y los Estatutos .
El gran reformador del Cister siempre se había mostrado contrario a los ideales caballerescos tan en boga en la Europa medieval, pues los consideraba la más ridícula de las maneras de malgastar las fuerzas y riquezas de un gran número de hombres, caballeros que podían prestar un formidable servicio a otras cuestiones y no al simple hecho de desafiar a la muerte. Naturalmente, Hugo de Payns le ofreció en bandeja la causa: la defensa de la religión cristiana y la lucha contra el infiel. La asamblea cisterciense convocada en Troyes (1128) bajo los auspicios de San Bernardo acabó conformando la legalidad de la Orden, pese a los graves reparos que la Teología ponía al derramamiento de sangre, ya fuera cristiana o bien de otra religión. Pródigo y rápido en solucionar las más punzantes cuestiones teológicas, San Bernardo hablaba así en su obra De laudibus novae militiae Ihesu Christi, obra que dedicó a ensalzar el servicio que los Templarios podían realizar: "Aceptar la muerte por Cristo o dársela a sus enemigos no es sino gloria: no es delito. El soldado de Cristo tiene un motivo para ceñir la espada. La lleva para castigo de los malvados y para gloria de los justos. Si da muerte al malvado, el soldado no es homicida. Reconozcamos en él al vengador que está al servicio de Cristo y al liberador de los cristianos".
La aprobación de la orden en el Concilio de Troyes suscitó un gran revuelo en Europa: un inmenso número de caballeros se vio atraído hacia la Nueva Milicia de Jesucristo, tanto por el ideal de defensa de la religión como por la hipotética fortuna (espiritual y crematística) que podían lograr en los Santos Lugares. Payens de Montdidier y Hugo de Champagne fueron llamados a Europa para encargarse del reclutamiento de nuevos templarios, así como de organizar la distribución de todos los donativos monetarios que comenzaban a llegar de todas las cortes occidentales, para apoyar tan noble y digna causa procurada por San Bernardo. De manera paralela, se aprobó una regla de la Orden del Temple basada en la del Cister, en la que quedaban establecidos los votos monásticos clásicos (pobreza, castidad y obediencia), la humildad y caridad como principios de observancia, la obligatoriedad de vivir en comunidad y la famosa divisa: Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini tuo da gloriam ("Nada para nosotros, Señor, nada para nosotros sino dar gloria a tu nombre"). Con posterioridad se le añadió el peculiar uniforme: capa blanca (símbolo de pureza y reconciliación con Dios), cruz paté de color rojo (concesión del Papa Eugenio III en 1147) y el estandarte, el Beausant, la enseña blanca y negra que, mientras estuviese firme y ondeada, significaba que ningún freile debía dejar de combatir. Los estatutos primigenios aún recogían la adscripción del Temple al patriarca de Jerusalén. Sin embargo, el sucesor de Hugo en el Maestrazgo de la Orden, Roberto de Craon (1136-1147), obtuvo de la Santa Sede dos importantes enmiendas a los estatutos; primero, en el año 1139 obtuvo la dependencia directa del Papa mediante la bula Omne datum optimum. Este hecho fue de vital importancia para la Orden, pues quedaba exenta de pagar los diezmos a los obispados de alrededor y era, a su vez, autorizada a cobrarlos, no teniendo que responder de sus actos ante nadie salvo ante el Vicario de Cristo en la Tierra. Además de ello, en el año 1143, Roberto de Craon obtuvo, mediante la bula Milites Templi, un aumento de las indulgencias de la orden, así como la disponibilidad de sus propios capellanes y la completa validez de los sacramentos efectuados por ellos. El Temple se convertía, así, en una Iglesia en el seno de la propia Iglesia. Comenzaba la época dorada de la orden, cuyos caballeros recorrían Tierra Santa rodeados de un halo de grandeza y santidad; nuevamente es San Bernardo quien halaga a los milites Christi de la siguiente forma, en la que también se definen las principales reglas de la orden: "La disciplina es constante y la obediencia siempre respetada [...]; los caballeros llevan lealmente una vida común sobria y alegre, sin hijos ni mujer; no se les encuentra jamás ociosos o curiosos, y no conservan ninguna noción de superioridad personal; se honra al más valiente y no al más noble [...]; detestan los dados y el ajedrez, tienen horror de las cacerías, se cortan el pelo al ras, nunca se peinan, raramente se lavan, llevan la barba hirsuta y descuidada, están sucios de polvo y tienen la piel curtida por el calor y por la cota de malla, sudados y manchados por el orín de sus armas [...]; un Caballero de Cristo es un cruzado permanentemente empeñado en un doble combate: contra la carne y la sangre [...]".
4.- Organización de la Orden .
Debido al dualismo existente en cualquier orden militar, la distribución de los recursos templarios ha de dividirse en dos:4.1.- Organización administrativa.
Toda la base del organigrama templario estaba basado en la existencia de unas unidades autárquicas que, generalmente, procedían de alguna de las múltiples donaciones que los señores poderosos o el propio pontífice habían hecho. Estos territorios eran llamados encomiendas. La multiplicidad de ellas llevó a establecer un escalafón superior, llamado Priorato, que agrupaba a varias encomiendas cercanas. Entre sus atribuciones más importantes estaba la de convocar, al igual que cualquier orden religiosa, el Capítulo General de la Orden, donde se tomaban las decisiones que afectaban a las encomiendas. El diferente conjunto de Prioratos templarios estaban agrupados en Provincias: las Orientales (Jerusalén, Trípoli, Antioquia, Chipre y Rumania) y las Occidentales (Sicilia, Apulia, Italia, Mallorca, Aragón, Castilla, León, Portugal, Auvernia, Francia, Inglaterra, Irlanda, Escocia y Alemania). Al frente de ellas había un Maestre provincial, que estaba supeditado al Gran Maestre de Jerusalén. En este contexto, hay que alabar la explotación agraria de las encomiendas por parte de los Templarios (quizá por su conocimiento de lo sistemas de regadío de origen árabe), puesto que no sólo aseguraban la manutención de sus trabajadores sino que, la inmensa mayoría de ellas, producía gran cantidad de excedentes que era canalizado hacia Tierra Santa, bien en especie (alimentos para las tropas), bien en monetario económico (tras haber vendido los excedentes en los mercados europeos). Debido tanto a la excelente organización como a la sapiencia de los administradores, la riqueza de la Orden del Temple comenzó a ser inmensa, ayudada también por la existencia de dos inmejorables ayudas: las donatios in vitae y la experiencia bancaria de los Maestres templarios. La primera de ellas es comparada por algunos estudiosos del tema, no sin cierta razón, al moderno sistema de financiación llamado Leasing; consistía en que un caballero o señor feudal "se donaba" a la orden, lo cual le hacía beneficiario de ciertas exenciones fiscales (como el no pagar diezmos o rentas eclesiásticas), además de compartir el clima de espiritualidad de la orden. Tras el fallecimiento del donante, todas sus propiedades, muebles e inmuebles, pasaban a ser propiedad de la Orden. Por lo que se refiere a la experiencia financiera, y si seguimos las comparaciones actuales, también deberían figurar los Templarios como los inventores del Cheque por compensación, puesto que esa era la manera de pago que seguían. Cuando un caballero templario era enviado a Tierra Santa, se le extendía un talón con la cantidad que debía percibir a su llegada. La excelente administración de los fondos monetarios de la orden recibió, como inesperado premio, la continua revalorización de sus cheques, por lo que en muchos intercambios comerciales de la época se cambiaba el "dinero del Temple" por considerársele un valor seguro. Tanto fue el ingenio económico del Temple que la gran mayoría de hacendados caballeros europeos tenían sus riquezas y dineros bajo el auspicio del tesorero mayor de la Orden, quien, incluso, en tiempos posteriores, era de facto el ministro de Hacienda francés (principal provincia europea del Temple). Con todos estos depósitos, los administradores templarios pusieron gran cantidad de dinero en circulación, ayudando a operaciones comerciales con sustanciosos beneficios y siendo deudores, muy frecuentemente, de los grandes empréstitos que los reyes europeos les pedían para sus astragadas arcas. A este respecto, no se debe olvidar la prohibición existente en la Europa cristiana acerca del préstamo con interés (usura), condenado con graves penas espirituales y económicas. Para evitar esto, el Temple prestaba sin interés a los monarcas europeos, pero recibía a cambio grandes prebendas, como el cobro de los impuestos reales o la cesión de derechos y mercedes diversas. Es evidente, pues, el alto poder que la Orden tuvo no sólo en Ultramar sino también en su continente de origen. A la Iglesia dentro de la Iglesia se le sumó también otra característica esencial de la orden, origen de su grandeza y destino de su miseria: el ser un Estado dentro de los diferentes estados. 4.2.- Organización militar.
Esencial para la expansión de los Milites Templi fue su capacidad bélica, organizada de modo ejemplar en el empleo de los recursos militares. Comenzando por el escalafón superior, en ella se encontraban los Maestres de las Provincias, igualados todo en rango. La única prioridad que el de Jerusalén tenía sobre el resto era la de dirigir las tropas; sin embargo, tras la llegada de Roberto de Craon al maestrazgo jerosolimitano, el posesor de este cargo quedaba convertido en Gran Maestre de la Orden del Temple, por debajo del cual se encontraban tanto los maestres provinciales como los priores. En sensu stricto, la orden continuaba sus escalafones con los caballeros (fratres milites), los capellanes (fratres capellanis), los escuderos (fratres armigeri) y los menestrales y agricultores (fratres famuli y fratres oficii). Con el paso del tiempo y las continuas ampliaciones de su poder, el organigrama militar se fue complicando, especialmente en lo que se refiere a las tropas que prestaban su servicio en Tierra Santa. El Gran Maestre pasó a estar asesorado en materia militar por un consejo, formado por un Senescal, un Mariscal (con mando directo sobre las tropas) y un Tesorero (encargado de los asuntos económicos y, en especial, de proveer con rapidez el presupuesto de las campañas bélicas). Del escalafón de los fratres armigeri se elegía a seis sargentos con una determinada función: Submariscal (responsable de todos los sargentos), Pañero (embargado de la intendencia), Gonfaloniero (sobre el que recaían tanto las estrategias como la correcta formación de las tropas) y Turcoplier (jefe de las tropas de mercenarios turcos, llamados turcopliers o turcópolos). Los otros dos sargentos se encargaban de organizar al personal auxiliar. Los mercenarios turcos fueron vitales para los progresos de unas milicias cuyo conocimiento del terreno y de las tácticas militares del enemigo era nulo; sin embargo, el hecho de crear un cuerpo ex profeso para suplir esta carencia demuestra, una vez más, la valía militar del Temple. A la Iglesia y al Estado se le sumaba no ya un ejército, sino el más poderoso ejército, tanto en calidad como en cantidad, de la cristiandad latina.
5.- Maestres de la Orden .
1118 - 1136
Hugo de Payns
1136 - 1146
Roberto de Croan
1146 - 1149
Everardo des Barres
1149 - 1153
Bernardo de Tremelai
1153 - 1156
Andrés de Montbard
1156 - 1169
Bertrando de Blanquefort
1169 - 1171
Felipe de Milly
1171 - 1179
Odo de St. Amand
1179 - 1184
Arnoldo de Toroga
1185 - 1189
Gerardo de Ridfort
1191 - 1193
Roberto de Sable
1193 - 1200
Gilberto Erail
1201 - 1208
Felipe de Plessiez
1209 - 1219
Guillermo de Chartres
1219 - 1230
Pedro de Montaigu
1232 - 1244
Armando de Perigord
1245 - 1247
Ricardo de Bures
1247 - 1250
Guillermo de Sonnac
1250 - 1256
Reinaldo de Vichiers
1256 - 1273
Tomás Berard
1273 - 1291
Guillermo de Beaujeu
1291 - 1293
Teobaldo de Gaudin
1293 - 1314
Jacobo de Molay
6.- La intervención del Temple en Tierra Santa.
La defensa de los Santos Lugares, misión por la que toda Europa emitió una preocupación común hasta entonces desconocida, tuvo en la orden del Temple su más fiel y honroso adalid. El primer hecho del que se tiene constancia de la puesta en marcha de la maquinaria bélica del Temple tuvo ocasión en 1147, cuando el Gran Maestre, Roberto de Craon, acompañó al ejército cruzado del rey francés Luis VII, salvando a las desorientadas tropas europeas de varios desastres. En el año 1153, los templarios realizaron una de las mayores hazañas de las Cruzadas, como fue el asedio de Ascalón, importantísimo enclave para controlar Asia menor. Aproximadamente por estas fechas nació el que había de ser el gran enemigo de los templarios: Saladino I, hijo del atabeg de Mossul, que fue proclamado sultán en 1171. Antes de ello, la orden del Temple ya había mostrado sus desavenencias con la otra gran orden de Ultramar. En efecto, templarios y hospitalarios han pasado a la historia como los "gemelos que se devoran en el seno de su propia madre", puesto que los intereses comerciales de los primeros eran odiados por los segundos, mientras que para el Temple, bajo la apariencia de caridad, el Hospital de San Juan escondía una pléyade de intrigantes que sólo deseaban el poder militar de los Milites Christi. Por otra parte, el espíritu de cruzada había comenzado a declinar en Occidente y ello repercutió en los envíos de tropas, dejando el camino libre para Saladino que, tras asestar un duro golpe a los cristianos en la batalla de Marj Ayyun (1179), acabó por destrozar al Temple y, por extensión, a los reinos cristianos de Asia en el denominado desastre de Hattin (1187). Con ocasión de las derrotas de la orden se ha podido saber algunas cosas más acerca de sus costumbres militares. Además de la ya mencionada devoción al Beausant, los templarios estaban obligados a seguir al estandarte del Hospital en caso de que cayera el suyo; si éste también caía, seguían el estandarte de cualquier príncipe cristiano hasta que ya no quedase ninguno, pese a lo cual seguiría luchando hasta la muerte o extenuación. Bajo ningún concepto podían retroceder en la lucha (costaba la expulsión directa de las milicias) y, tras ser capturados, no podían delatar ni salvarse de ningún modo. Nunca se rescataba a los prisioneros que, como consecuencia de ello, eran ejecutados y enterrados en una fosa común sin ninguna identificación exterior. La dureza de sus condiciones cumplía todas las etiquetas del código de caballería, por lo que no es de extrañar la lluvia de adhesiones que la vida del Templario despertó entre los caballeros europeos. En los últimos tiempos de dominación cristiana de Ultramar, la orden del Temple pareció inclinarse más al próspero y floreciente negocio que significaba su prestigio. Prueba de ello fue la negativa a participar en la cruzada efectuada por Federico II Hohenstaufen (1228-1229), puesto que éste había dispuesto que sus aliados venecianos se hiciesen con todo el control de las rutas comerciales, algo intolerable para una orden que ya se había construido su propia flota y que contaba con varios puertos francos tanto en Europa (La Rochela, Colliure, Marsella...) como en Ultramar (San Juan de Acre).
7.- La caída de los templarios.
Pese a que Federico II fue coronado emperador de Jerusalén en 1229, el cerco sobre los reinos latinos de Oriente se estrechaba constantemente. En el año 1291, la última posesión cristiana en Tierra Santa, San Juan de Acre, cayó en manos musulmanas, dando por finalizados casi doscientos años de dominación europea. Con ello, la labor para la que fue creada la orden del Temple desapareció por completo, por lo que los templarios regresaron a Europa. En el Viejo Continente aún permanecían intactas todas las prerrogativas concedidas en la vorágine conquistadora, debido a lo cual, la llegada en masa de las Milicias de Cristo no afectó demasiado a los freiles, que desde ese momento se mostraron más ociosos y más despreocupados de sus votos: ya no había enemigo al que combatir, sólo quedaba dedicarse a vivir de las múltiples rentas que la orden tenía. Sin embargo, allí donde su situación era más ventajosa (en Francia), el Temple halló a su más ínclito enemigo: Felipe IV el Hermoso, uno de los más intransigentes y autoritarios monarcas medievales. Como guardián más celoso de la autoridad real, y también debido a su peculiar codicia, Felipe IV no tardó en abrigar los más fervorosos deseos de dominar la infraestructura y los fabulosos tesoros (aumentados más, si cabe, por la imaginación popular) de los caballeros templarios. Después de varias maniobras en la sombra, como el intento de fusión de todas las órdenes militares bajo su maestrazgo o la interpelación ante el Papa para que diera el visto bueno a la confiscación de sus tesoros, Felipe IV pasó a la acción directa. Para ello contó con tres ayudas fundamentales: la elevación de un prelado francés al solio pontificio, Bertrand de Got, que tomó el nombre de Clemente V (primer Papa en aceptar la imposición del traslado a Avignon), la del canciller del reino, Guillaume de Nogaret (un primer ministro no menos ambicioso que su rey) y, por último, la de un tal Esquin de Floyran, antiguo prior de una encomienda templaria que, tras haber sido despedido de la corte aragonesa por Jaime II (debido, según parece, a la falsedad de su historia), proporcionó a Nogaret y al propio rey toda una pléyade de acusaciones contra los templarios. Con todos los cabos bien atados, el día 14 de septiembre de 1307 las firmas de Nogaret, Felipe IV y Clemente V autorizaron al ejército a desarmar a la orden, confiscar sus tesoros y entregar a los freiles en manos de la Inquisición. El mandato regio se expresaba así: "Hemos sabido recientemente [...] que los hermanos de la orden de la Milicia del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia del cordero [...] insultan miserablemente a la religión de nuestra fe [...]; cuando ingresan en la orden y profesan, se les presenta su imagen y, horrible crueldad, le escupen tres veces al rostro [...]; Esta gente inmunda ha renunciado a su gloria por la estatua del becerro de oro e inmolando a los ídolos [...]; el comendador le conduce [se refiere a la ceremonia de iniciación de un freile] secretamente detrás del altar [...] , le hace despojarse de sus ropas y el receptor lo besa al final de la espina dorsal, debajo de la cintura, luego en el ombligo y luego en la boca, y le dice que si un hermano de la orden quiere acostarse con él carnalmente, tendrá que sobrellevarlo porque debe y está obligado a consentirlo [...]; se disponen en torno al cuello de un ídolo que tiene la forma de una cabeza de hombre con una gran barba, y que esta cabeza se besa y adora en los capítulos provinciales [...]; después de esto, se abrirá una investigación especial".
8.- El juicio y la condena.
El abismo que separa la imagen del templario según los textos de Bernardo de Claraval al idólatra que describe, aunque con clara exageración, el último texto, fue suficiente para que el 13 de octubre del citado año fuesen apresados todos los miembros de la orden (incluido el Gran Maestre, Jacques de Molay) y Felipe IV lograse, por fin, su más anhelado sueño. Apenas una semana más tarde comenzaron los interrogatorios donde, "ayudados" por la formidable maquinaria de la Inquisición, los templarios confesaron haber cometido, una por una, todas las acusaciones que se les imputaban: apostasía, practicar y tolerar la sodomía y los contactos íntimos de tipo homosexual, adorar a un ídolo (conocido con el nombre de Bafomet) y no celebrar la consagración en sus misas. De manera paralela al proceso, Felipe IV y Nogaret enviaron misivas oficiales a todos los monarcas de la cristiandad, exhortándoles a realizar idéntica acción contra el Temple, consejo que no fue seguido en ningún otros sitio salvo en Francia; como mucho, las orden quedó abolida y sus posesiones pasaron al Hospital o a otras órdenes creadas para tal efecto (de Cristo en Portugal o Montesa en Aragón). El Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, desempeñó un papel importante en el último capítulo de la historia del Temple. Al comenzar las primeras desavenencias entre Felipe IV y el Papa, motivadas por establecer cuál tribunal (laico o eclesiástico) debía juzgar a los reos, Jacques de Molay (que había sido el primero y el más ruidoso en sus confesiones), una vez establecido ante el tribunal pontificio, comenzó a arrepentirse de sus confesiones, quizá en un arranque de dignidad o tal vez pensando que, al sembrar la duda en el pontífice, ganaría tiempo para reorganizar la defensa judicial de su orden. Pero Felipe IV y Nogaret habían apostado demasiado fuerte como para rendirse. El Papa, seguramente el más confundido de todos los protagonistas, pasó a convocar el concilio de Vienne (1311), cita crucial donde se decidiría el juicio. Molay, definitivamente resuelto a salvar la dignidad del Temple, revocó todas sus confesiones anteriores y acusó a los franceses de impíos, herejes, codiciosos y de haber obtenido las pruebas mediante el uso indiscriminado de torturas diversas. Tal arranque de dignidad, extendido por todos y cada uno de los miembros encarcelados, sólo sirvió para que el brillante equipo de teólogos franceses decidiera que los templarios habían caído en uno de los crímenes más abominables de la cristiandad medieval: cometer perjurio en una citación (las confesiones eran juradas), es decir, ser relapsos. Como tales, la condena a morir en la hoguera era sólo cuestión de tiempo. Aún resistió Clemente V a aprobar tan complicado asunto hasta 1314, pero la presión de los Estados Generales franceses y del rey, indignado ante la tardanza del anunciado desenlace, le hizo claudicar a comienzos de la primavera: el 18 de marzo de 1314 Jacques de Molay y unos cuarenta altos dignatarios de la orden fueron quemados en una de las orillas del Sena preparadas para tal efecto.
Orden militar fundada en los primeros años del siglo XII con el objeto de proteger a los peregrinos que acudían a Tierra Santa. Al igual que la formación de la otra orden militar de la época, la del Hospital de San Juan, el clima de Cruzada que respiraba la Europa medieval incitó a varios caballeros idealistas de procedencia diversa (borgoñones, franceses y flamencos) a crear un cuerpo, mitad militar y mitad religioso, que se dedicase a la vigilancia de los Santos Lugares y a perseverar en el mantenimiento de las posesiones de ultramar.
2.- El origen de los caballeros templarios
En el año 1118, un grupo de nueve caballeros, compañeros de armas de Godofredo de Bouillon, el gran conquistador de Jerusalén, llegaron a Tierra Santa y decidieron dedicar sus vidas a la labor de protección de los peregrinos. Los nueve fundadores fueron Hugo de Payns (primer Gran Maestre de la orden), Godofredo de Saint-Adhemar, Foulques de Angers, Godofredo de Roval, Archimbald de Saint-Amand, André de Montbard, Godofredo de Bisoi, Hugo de Champagne y Payens de Montdidier. El más importante cronista de la dominación europea en los Santos Lugares, Guillermo de Tiro, relata así el hecho en su Historia rerum in partibus transmarinis gestarum: "Algunos nobles con rango de caballeros, devotos de Dios, piadosos y temerosos de Él, hicieron voto [...] de vivir perpetuamente en castidad y obediencia y sin propiedades, a la manera de los canónigos regulares, entregándose al servicio de Cristo [...]; su primera empresa, que les fue encargada [...] para la remisión de sus pecados, fue, especialmente, proveer a la protección de los peregrinos custodiando con todas sus fuerzas las rutas y los caminos de los ataques de ladrones y bandoleros". Quedaba así establecida la dualidad monje-guerrero característica de los pertenecientes a toda orden militar medieval. Ante la carencia de una regla que seguir, los caballeros adoptaron en un principio la benedictina, concedida por el Patriarca de Jerusalén al mismo tiempo que el rey cristiano de Tierra Santa, Balduino II, les cedía, como emplazamiento en la ciudad, las antiguas mezquitas de Qubbat al-Sakhra y Qubbat al-Aksa, situadas en el mismo lugar donde antaño se encontraba el templo de Salomón. Con ello, los caballeros se comenzaron a llamar "templarios" (referente al templo) y a la orden se la bautizó como "del Temple de Jerusalén". La precaria dominación que los cristianos habían establecido tras la toma de Jerusalén (1099) hacía de la peregrinación hacia Oriente una de las mayores hazañas que un devoto podía plantearse, puesto que, la mayoría de las veces, los peregrinos europeos acababan en las garras de los salteadores de caminos (de una u otra religión). Quizá fue éste el motivo que animó a Hugo de Payns a regresar a Europa para solicitar la ampliación de atribuciones de la orden y unos definitivos estatutos. Pese a que contaba con la aprobación del propio monarca jerosolimitano, lo cierto es que la baza mejor jugada por Hugo fue que uno de los primitivos fundadores, André de Montbard, era pariente próximo del más grande predicador del orbe occidental y uno de los máximos idealistas de la Cruzada: Bernardo de Claraval.
3.- La intervención de San Bernardo y los Estatutos .
El gran reformador del Cister siempre se había mostrado contrario a los ideales caballerescos tan en boga en la Europa medieval, pues los consideraba la más ridícula de las maneras de malgastar las fuerzas y riquezas de un gran número de hombres, caballeros que podían prestar un formidable servicio a otras cuestiones y no al simple hecho de desafiar a la muerte. Naturalmente, Hugo de Payns le ofreció en bandeja la causa: la defensa de la religión cristiana y la lucha contra el infiel. La asamblea cisterciense convocada en Troyes (1128) bajo los auspicios de San Bernardo acabó conformando la legalidad de la Orden, pese a los graves reparos que la Teología ponía al derramamiento de sangre, ya fuera cristiana o bien de otra religión. Pródigo y rápido en solucionar las más punzantes cuestiones teológicas, San Bernardo hablaba así en su obra De laudibus novae militiae Ihesu Christi, obra que dedicó a ensalzar el servicio que los Templarios podían realizar: "Aceptar la muerte por Cristo o dársela a sus enemigos no es sino gloria: no es delito. El soldado de Cristo tiene un motivo para ceñir la espada. La lleva para castigo de los malvados y para gloria de los justos. Si da muerte al malvado, el soldado no es homicida. Reconozcamos en él al vengador que está al servicio de Cristo y al liberador de los cristianos".
La aprobación de la orden en el Concilio de Troyes suscitó un gran revuelo en Europa: un inmenso número de caballeros se vio atraído hacia la Nueva Milicia de Jesucristo, tanto por el ideal de defensa de la religión como por la hipotética fortuna (espiritual y crematística) que podían lograr en los Santos Lugares. Payens de Montdidier y Hugo de Champagne fueron llamados a Europa para encargarse del reclutamiento de nuevos templarios, así como de organizar la distribución de todos los donativos monetarios que comenzaban a llegar de todas las cortes occidentales, para apoyar tan noble y digna causa procurada por San Bernardo. De manera paralela, se aprobó una regla de la Orden del Temple basada en la del Cister, en la que quedaban establecidos los votos monásticos clásicos (pobreza, castidad y obediencia), la humildad y caridad como principios de observancia, la obligatoriedad de vivir en comunidad y la famosa divisa: Non nobis, Domine, non nobis sed Nomini tuo da gloriam ("Nada para nosotros, Señor, nada para nosotros sino dar gloria a tu nombre"). Con posterioridad se le añadió el peculiar uniforme: capa blanca (símbolo de pureza y reconciliación con Dios), cruz paté de color rojo (concesión del Papa Eugenio III en 1147) y el estandarte, el Beausant, la enseña blanca y negra que, mientras estuviese firme y ondeada, significaba que ningún freile debía dejar de combatir. Los estatutos primigenios aún recogían la adscripción del Temple al patriarca de Jerusalén. Sin embargo, el sucesor de Hugo en el Maestrazgo de la Orden, Roberto de Craon (1136-1147), obtuvo de la Santa Sede dos importantes enmiendas a los estatutos; primero, en el año 1139 obtuvo la dependencia directa del Papa mediante la bula Omne datum optimum. Este hecho fue de vital importancia para la Orden, pues quedaba exenta de pagar los diezmos a los obispados de alrededor y era, a su vez, autorizada a cobrarlos, no teniendo que responder de sus actos ante nadie salvo ante el Vicario de Cristo en la Tierra. Además de ello, en el año 1143, Roberto de Craon obtuvo, mediante la bula Milites Templi, un aumento de las indulgencias de la orden, así como la disponibilidad de sus propios capellanes y la completa validez de los sacramentos efectuados por ellos. El Temple se convertía, así, en una Iglesia en el seno de la propia Iglesia. Comenzaba la época dorada de la orden, cuyos caballeros recorrían Tierra Santa rodeados de un halo de grandeza y santidad; nuevamente es San Bernardo quien halaga a los milites Christi de la siguiente forma, en la que también se definen las principales reglas de la orden: "La disciplina es constante y la obediencia siempre respetada [...]; los caballeros llevan lealmente una vida común sobria y alegre, sin hijos ni mujer; no se les encuentra jamás ociosos o curiosos, y no conservan ninguna noción de superioridad personal; se honra al más valiente y no al más noble [...]; detestan los dados y el ajedrez, tienen horror de las cacerías, se cortan el pelo al ras, nunca se peinan, raramente se lavan, llevan la barba hirsuta y descuidada, están sucios de polvo y tienen la piel curtida por el calor y por la cota de malla, sudados y manchados por el orín de sus armas [...]; un Caballero de Cristo es un cruzado permanentemente empeñado en un doble combate: contra la carne y la sangre [...]".
4.- Organización de la Orden .
Debido al dualismo existente en cualquier orden militar, la distribución de los recursos templarios ha de dividirse en dos:4.1.- Organización administrativa.
Toda la base del organigrama templario estaba basado en la existencia de unas unidades autárquicas que, generalmente, procedían de alguna de las múltiples donaciones que los señores poderosos o el propio pontífice habían hecho. Estos territorios eran llamados encomiendas. La multiplicidad de ellas llevó a establecer un escalafón superior, llamado Priorato, que agrupaba a varias encomiendas cercanas. Entre sus atribuciones más importantes estaba la de convocar, al igual que cualquier orden religiosa, el Capítulo General de la Orden, donde se tomaban las decisiones que afectaban a las encomiendas. El diferente conjunto de Prioratos templarios estaban agrupados en Provincias: las Orientales (Jerusalén, Trípoli, Antioquia, Chipre y Rumania) y las Occidentales (Sicilia, Apulia, Italia, Mallorca, Aragón, Castilla, León, Portugal, Auvernia, Francia, Inglaterra, Irlanda, Escocia y Alemania). Al frente de ellas había un Maestre provincial, que estaba supeditado al Gran Maestre de Jerusalén. En este contexto, hay que alabar la explotación agraria de las encomiendas por parte de los Templarios (quizá por su conocimiento de lo sistemas de regadío de origen árabe), puesto que no sólo aseguraban la manutención de sus trabajadores sino que, la inmensa mayoría de ellas, producía gran cantidad de excedentes que era canalizado hacia Tierra Santa, bien en especie (alimentos para las tropas), bien en monetario económico (tras haber vendido los excedentes en los mercados europeos). Debido tanto a la excelente organización como a la sapiencia de los administradores, la riqueza de la Orden del Temple comenzó a ser inmensa, ayudada también por la existencia de dos inmejorables ayudas: las donatios in vitae y la experiencia bancaria de los Maestres templarios. La primera de ellas es comparada por algunos estudiosos del tema, no sin cierta razón, al moderno sistema de financiación llamado Leasing; consistía en que un caballero o señor feudal "se donaba" a la orden, lo cual le hacía beneficiario de ciertas exenciones fiscales (como el no pagar diezmos o rentas eclesiásticas), además de compartir el clima de espiritualidad de la orden. Tras el fallecimiento del donante, todas sus propiedades, muebles e inmuebles, pasaban a ser propiedad de la Orden. Por lo que se refiere a la experiencia financiera, y si seguimos las comparaciones actuales, también deberían figurar los Templarios como los inventores del Cheque por compensación, puesto que esa era la manera de pago que seguían. Cuando un caballero templario era enviado a Tierra Santa, se le extendía un talón con la cantidad que debía percibir a su llegada. La excelente administración de los fondos monetarios de la orden recibió, como inesperado premio, la continua revalorización de sus cheques, por lo que en muchos intercambios comerciales de la época se cambiaba el "dinero del Temple" por considerársele un valor seguro. Tanto fue el ingenio económico del Temple que la gran mayoría de hacendados caballeros europeos tenían sus riquezas y dineros bajo el auspicio del tesorero mayor de la Orden, quien, incluso, en tiempos posteriores, era de facto el ministro de Hacienda francés (principal provincia europea del Temple). Con todos estos depósitos, los administradores templarios pusieron gran cantidad de dinero en circulación, ayudando a operaciones comerciales con sustanciosos beneficios y siendo deudores, muy frecuentemente, de los grandes empréstitos que los reyes europeos les pedían para sus astragadas arcas. A este respecto, no se debe olvidar la prohibición existente en la Europa cristiana acerca del préstamo con interés (usura), condenado con graves penas espirituales y económicas. Para evitar esto, el Temple prestaba sin interés a los monarcas europeos, pero recibía a cambio grandes prebendas, como el cobro de los impuestos reales o la cesión de derechos y mercedes diversas. Es evidente, pues, el alto poder que la Orden tuvo no sólo en Ultramar sino también en su continente de origen. A la Iglesia dentro de la Iglesia se le sumó también otra característica esencial de la orden, origen de su grandeza y destino de su miseria: el ser un Estado dentro de los diferentes estados. 4.2.- Organización militar.
Esencial para la expansión de los Milites Templi fue su capacidad bélica, organizada de modo ejemplar en el empleo de los recursos militares. Comenzando por el escalafón superior, en ella se encontraban los Maestres de las Provincias, igualados todo en rango. La única prioridad que el de Jerusalén tenía sobre el resto era la de dirigir las tropas; sin embargo, tras la llegada de Roberto de Craon al maestrazgo jerosolimitano, el posesor de este cargo quedaba convertido en Gran Maestre de la Orden del Temple, por debajo del cual se encontraban tanto los maestres provinciales como los priores. En sensu stricto, la orden continuaba sus escalafones con los caballeros (fratres milites), los capellanes (fratres capellanis), los escuderos (fratres armigeri) y los menestrales y agricultores (fratres famuli y fratres oficii). Con el paso del tiempo y las continuas ampliaciones de su poder, el organigrama militar se fue complicando, especialmente en lo que se refiere a las tropas que prestaban su servicio en Tierra Santa. El Gran Maestre pasó a estar asesorado en materia militar por un consejo, formado por un Senescal, un Mariscal (con mando directo sobre las tropas) y un Tesorero (encargado de los asuntos económicos y, en especial, de proveer con rapidez el presupuesto de las campañas bélicas). Del escalafón de los fratres armigeri se elegía a seis sargentos con una determinada función: Submariscal (responsable de todos los sargentos), Pañero (embargado de la intendencia), Gonfaloniero (sobre el que recaían tanto las estrategias como la correcta formación de las tropas) y Turcoplier (jefe de las tropas de mercenarios turcos, llamados turcopliers o turcópolos). Los otros dos sargentos se encargaban de organizar al personal auxiliar. Los mercenarios turcos fueron vitales para los progresos de unas milicias cuyo conocimiento del terreno y de las tácticas militares del enemigo era nulo; sin embargo, el hecho de crear un cuerpo ex profeso para suplir esta carencia demuestra, una vez más, la valía militar del Temple. A la Iglesia y al Estado se le sumaba no ya un ejército, sino el más poderoso ejército, tanto en calidad como en cantidad, de la cristiandad latina.
5.- Maestres de la Orden .
1118 - 1136
Hugo de Payns
1136 - 1146
Roberto de Croan
1146 - 1149
Everardo des Barres
1149 - 1153
Bernardo de Tremelai
1153 - 1156
Andrés de Montbard
1156 - 1169
Bertrando de Blanquefort
1169 - 1171
Felipe de Milly
1171 - 1179
Odo de St. Amand
1179 - 1184
Arnoldo de Toroga
1185 - 1189
Gerardo de Ridfort
1191 - 1193
Roberto de Sable
1193 - 1200
Gilberto Erail
1201 - 1208
Felipe de Plessiez
1209 - 1219
Guillermo de Chartres
1219 - 1230
Pedro de Montaigu
1232 - 1244
Armando de Perigord
1245 - 1247
Ricardo de Bures
1247 - 1250
Guillermo de Sonnac
1250 - 1256
Reinaldo de Vichiers
1256 - 1273
Tomás Berard
1273 - 1291
Guillermo de Beaujeu
1291 - 1293
Teobaldo de Gaudin
1293 - 1314
Jacobo de Molay
6.- La intervención del Temple en Tierra Santa.
La defensa de los Santos Lugares, misión por la que toda Europa emitió una preocupación común hasta entonces desconocida, tuvo en la orden del Temple su más fiel y honroso adalid. El primer hecho del que se tiene constancia de la puesta en marcha de la maquinaria bélica del Temple tuvo ocasión en 1147, cuando el Gran Maestre, Roberto de Craon, acompañó al ejército cruzado del rey francés Luis VII, salvando a las desorientadas tropas europeas de varios desastres. En el año 1153, los templarios realizaron una de las mayores hazañas de las Cruzadas, como fue el asedio de Ascalón, importantísimo enclave para controlar Asia menor. Aproximadamente por estas fechas nació el que había de ser el gran enemigo de los templarios: Saladino I, hijo del atabeg de Mossul, que fue proclamado sultán en 1171. Antes de ello, la orden del Temple ya había mostrado sus desavenencias con la otra gran orden de Ultramar. En efecto, templarios y hospitalarios han pasado a la historia como los "gemelos que se devoran en el seno de su propia madre", puesto que los intereses comerciales de los primeros eran odiados por los segundos, mientras que para el Temple, bajo la apariencia de caridad, el Hospital de San Juan escondía una pléyade de intrigantes que sólo deseaban el poder militar de los Milites Christi. Por otra parte, el espíritu de cruzada había comenzado a declinar en Occidente y ello repercutió en los envíos de tropas, dejando el camino libre para Saladino que, tras asestar un duro golpe a los cristianos en la batalla de Marj Ayyun (1179), acabó por destrozar al Temple y, por extensión, a los reinos cristianos de Asia en el denominado desastre de Hattin (1187). Con ocasión de las derrotas de la orden se ha podido saber algunas cosas más acerca de sus costumbres militares. Además de la ya mencionada devoción al Beausant, los templarios estaban obligados a seguir al estandarte del Hospital en caso de que cayera el suyo; si éste también caía, seguían el estandarte de cualquier príncipe cristiano hasta que ya no quedase ninguno, pese a lo cual seguiría luchando hasta la muerte o extenuación. Bajo ningún concepto podían retroceder en la lucha (costaba la expulsión directa de las milicias) y, tras ser capturados, no podían delatar ni salvarse de ningún modo. Nunca se rescataba a los prisioneros que, como consecuencia de ello, eran ejecutados y enterrados en una fosa común sin ninguna identificación exterior. La dureza de sus condiciones cumplía todas las etiquetas del código de caballería, por lo que no es de extrañar la lluvia de adhesiones que la vida del Templario despertó entre los caballeros europeos. En los últimos tiempos de dominación cristiana de Ultramar, la orden del Temple pareció inclinarse más al próspero y floreciente negocio que significaba su prestigio. Prueba de ello fue la negativa a participar en la cruzada efectuada por Federico II Hohenstaufen (1228-1229), puesto que éste había dispuesto que sus aliados venecianos se hiciesen con todo el control de las rutas comerciales, algo intolerable para una orden que ya se había construido su propia flota y que contaba con varios puertos francos tanto en Europa (La Rochela, Colliure, Marsella...) como en Ultramar (San Juan de Acre).
7.- La caída de los templarios.
Pese a que Federico II fue coronado emperador de Jerusalén en 1229, el cerco sobre los reinos latinos de Oriente se estrechaba constantemente. En el año 1291, la última posesión cristiana en Tierra Santa, San Juan de Acre, cayó en manos musulmanas, dando por finalizados casi doscientos años de dominación europea. Con ello, la labor para la que fue creada la orden del Temple desapareció por completo, por lo que los templarios regresaron a Europa. En el Viejo Continente aún permanecían intactas todas las prerrogativas concedidas en la vorágine conquistadora, debido a lo cual, la llegada en masa de las Milicias de Cristo no afectó demasiado a los freiles, que desde ese momento se mostraron más ociosos y más despreocupados de sus votos: ya no había enemigo al que combatir, sólo quedaba dedicarse a vivir de las múltiples rentas que la orden tenía. Sin embargo, allí donde su situación era más ventajosa (en Francia), el Temple halló a su más ínclito enemigo: Felipe IV el Hermoso, uno de los más intransigentes y autoritarios monarcas medievales. Como guardián más celoso de la autoridad real, y también debido a su peculiar codicia, Felipe IV no tardó en abrigar los más fervorosos deseos de dominar la infraestructura y los fabulosos tesoros (aumentados más, si cabe, por la imaginación popular) de los caballeros templarios. Después de varias maniobras en la sombra, como el intento de fusión de todas las órdenes militares bajo su maestrazgo o la interpelación ante el Papa para que diera el visto bueno a la confiscación de sus tesoros, Felipe IV pasó a la acción directa. Para ello contó con tres ayudas fundamentales: la elevación de un prelado francés al solio pontificio, Bertrand de Got, que tomó el nombre de Clemente V (primer Papa en aceptar la imposición del traslado a Avignon), la del canciller del reino, Guillaume de Nogaret (un primer ministro no menos ambicioso que su rey) y, por último, la de un tal Esquin de Floyran, antiguo prior de una encomienda templaria que, tras haber sido despedido de la corte aragonesa por Jaime II (debido, según parece, a la falsedad de su historia), proporcionó a Nogaret y al propio rey toda una pléyade de acusaciones contra los templarios. Con todos los cabos bien atados, el día 14 de septiembre de 1307 las firmas de Nogaret, Felipe IV y Clemente V autorizaron al ejército a desarmar a la orden, confiscar sus tesoros y entregar a los freiles en manos de la Inquisición. El mandato regio se expresaba así: "Hemos sabido recientemente [...] que los hermanos de la orden de la Milicia del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia del cordero [...] insultan miserablemente a la religión de nuestra fe [...]; cuando ingresan en la orden y profesan, se les presenta su imagen y, horrible crueldad, le escupen tres veces al rostro [...]; Esta gente inmunda ha renunciado a su gloria por la estatua del becerro de oro e inmolando a los ídolos [...]; el comendador le conduce [se refiere a la ceremonia de iniciación de un freile] secretamente detrás del altar [...] , le hace despojarse de sus ropas y el receptor lo besa al final de la espina dorsal, debajo de la cintura, luego en el ombligo y luego en la boca, y le dice que si un hermano de la orden quiere acostarse con él carnalmente, tendrá que sobrellevarlo porque debe y está obligado a consentirlo [...]; se disponen en torno al cuello de un ídolo que tiene la forma de una cabeza de hombre con una gran barba, y que esta cabeza se besa y adora en los capítulos provinciales [...]; después de esto, se abrirá una investigación especial".
8.- El juicio y la condena.
El abismo que separa la imagen del templario según los textos de Bernardo de Claraval al idólatra que describe, aunque con clara exageración, el último texto, fue suficiente para que el 13 de octubre del citado año fuesen apresados todos los miembros de la orden (incluido el Gran Maestre, Jacques de Molay) y Felipe IV lograse, por fin, su más anhelado sueño. Apenas una semana más tarde comenzaron los interrogatorios donde, "ayudados" por la formidable maquinaria de la Inquisición, los templarios confesaron haber cometido, una por una, todas las acusaciones que se les imputaban: apostasía, practicar y tolerar la sodomía y los contactos íntimos de tipo homosexual, adorar a un ídolo (conocido con el nombre de Bafomet) y no celebrar la consagración en sus misas. De manera paralela al proceso, Felipe IV y Nogaret enviaron misivas oficiales a todos los monarcas de la cristiandad, exhortándoles a realizar idéntica acción contra el Temple, consejo que no fue seguido en ningún otros sitio salvo en Francia; como mucho, las orden quedó abolida y sus posesiones pasaron al Hospital o a otras órdenes creadas para tal efecto (de Cristo en Portugal o Montesa en Aragón). El Gran Maestre de la orden, Jacques de Molay, desempeñó un papel importante en el último capítulo de la historia del Temple. Al comenzar las primeras desavenencias entre Felipe IV y el Papa, motivadas por establecer cuál tribunal (laico o eclesiástico) debía juzgar a los reos, Jacques de Molay (que había sido el primero y el más ruidoso en sus confesiones), una vez establecido ante el tribunal pontificio, comenzó a arrepentirse de sus confesiones, quizá en un arranque de dignidad o tal vez pensando que, al sembrar la duda en el pontífice, ganaría tiempo para reorganizar la defensa judicial de su orden. Pero Felipe IV y Nogaret habían apostado demasiado fuerte como para rendirse. El Papa, seguramente el más confundido de todos los protagonistas, pasó a convocar el concilio de Vienne (1311), cita crucial donde se decidiría el juicio. Molay, definitivamente resuelto a salvar la dignidad del Temple, revocó todas sus confesiones anteriores y acusó a los franceses de impíos, herejes, codiciosos y de haber obtenido las pruebas mediante el uso indiscriminado de torturas diversas. Tal arranque de dignidad, extendido por todos y cada uno de los miembros encarcelados, sólo sirvió para que el brillante equipo de teólogos franceses decidiera que los templarios habían caído en uno de los crímenes más abominables de la cristiandad medieval: cometer perjurio en una citación (las confesiones eran juradas), es decir, ser relapsos. Como tales, la condena a morir en la hoguera era sólo cuestión de tiempo. Aún resistió Clemente V a aprobar tan complicado asunto hasta 1314, pero la presión de los Estados Generales franceses y del rey, indignado ante la tardanza del anunciado desenlace, le hizo claudicar a comienzos de la primavera: el 18 de marzo de 1314 Jacques de Molay y unos cuarenta altos dignatarios de la orden fueron quemados en una de las orillas del Sena preparadas para tal efecto.
La orden
Varios años antes del reafirme de Jerusalén en 1099, un grupo de caballeros había actuado como guías y protectores de los cristianos que peregrinaban a través de las tierras santas.
Esos Caballeros vivieron en una hostería cerca del Templo de Solomón en Jerusalén en el momento de la Primer Cruzada.
De ellos, cuyos nombres eran Hughes de Payns y Godofredo de Saint Omer, nace la idea de incorporar a los caballeros formalmente como un orden en 1119, tomaron el nombre de Orden de los pobres Caballeros de Cristo, pero fueron conocidos mas popularmente como Los Caballeros del Templo de Solomón o Los Caballeros Templarios.
Desde su nacimiento tuvo un fin militar, por lo que la Orden se diferenciaba a este respecto de las otras dos grandes órdenes religiosas del siglo XII los Caballeros de San Juan de Jerusalén y los Caballeros Teutónicos, fundadas como instituciones de caridad.
La Orden fue reconocido formalmente por la Iglesia en el Concilio de Troyes en 1128, y San Bernardo de Claraval, el clérigo más influyente de la época, fue comisionado para escribir los reglamentos por la que ellos se debían regir.
San Bernardo tomó la causa del Templarios con entusiasmo, y Hughes de Payns fue el primer Gran Amo de la Orden.
La austeridad noble de los Templarios contrastó fuertemente con el lujo, vanidad, codicia y violencia de los caballeros seculares.
La idea de los monjes-caballeros militares se recibió con gran entusiasmo.
Un grupo de Templarios recorrió Francia y Inglaterra para reclutar a los miembros, y también para solicitar regalos de dinero y propiedad para que la Orden pudiera apoyar sus actividades militares en la Tierra Santa.
La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre (con rango de príncipe), por debajo del cual existían tres rangos: caballeros, capellanes y sargentos.
Los primeros eran los miembros preponderantes y los únicos a los que se les permitía llevar la característica vestimenta de la Orden, formada por un manto blanco con una gran cruz latina de color rojo en su espalda.
Su servicio defendiendo el reino Cristiano de Jerusalén era distinguido, aunque un poco estropeado por sus malas relaciones con los Hospitalarios , que por el año 1240 se habían deteriorado a tal magnitud que caballeros de cada Orden estaban luchando abiertamente en las calles de Acre.
Invirtieron grandes sumas de dinero en la construcción de una cadena de castillos masivamente fortificados ,algunos de los cuales nunca fue capturado por el enemigo, pero fueron abandonados cuando los caballeros se retiraron de Palestina en 1291.
Fueron famosos por la ferocidad en la lucha.
Después de la Batalla desastrosa de Hattin en 1187, Saladín tomó a prisionero aproximadamente 200 Templarios y Hospitalarios, incluyendo a ambos Grandes Amos, y dio orden de ejecutar a todos. Con Jerusalén en manos de los musulmanes su cuartel general se localizó sucesivamente, en Antioquía, Acre, Cesárea y por ultimo en Chipre.
Como los Caballeros Templarios enviaban regularmente dinero y suministros desde Europa a Palestina, desarrollaron un eficiente sistema bancario en el que los gobernantes y la nobleza de Europa acabaron por confiar.
Se convirtieron gradualmente en los banqueros de gran parte de Europa y lograron debido a esto y a la exención del pago de impuestos y diezmos (no estaban sujeto a la ley secular, y sólo respondían al Papa), amasar una considerable fortuna. En 1307, sin embargo, el Rey Felipe IV se quiso adueñar de esa inmensa riqueza. Él y su canciller, Guillermo de Nogaret, confabularon para acusar a los Templarios de herejía y abolir la Orden.
Esto fue hecho; en 1307, todos los Templarios Franceses, incluido el gran maestre francés Jaques de Molay, fueron arrestados (sólo trece escaparon) y se les "interrogó" bajo tortura o la amenaza de tortura.
La conspiración tubo éxito y todos los caballeros confesaron múltiples e increíbles crímenes que iban desde escupir u orinar en el crucifijo a sodomía.
Después muchos caballeros retractaron sus confesiones pero era demasiado tarde; el daño a su reputación era renuentemente irreversible .
En 1312 el Papa Clemente V estaba de acuerdo en emitir una bula papal que suprimiese la Orden y sus miembros fueron quemados en la hoguera.
El Papa pidió que las propiedades de los Templarios sean dadas a los Hospitalarios, pero aunque esto se hizo en Alemania, en Francia y Inglaterra la mayoría fueron a la corona.
En España y Portugal la Orden fue refundada bajo nuevos nombres.
Index
Cruzados
Hospitalarios
Teutones
Imagenes
Foro
Esos Caballeros vivieron en una hostería cerca del Templo de Solomón en Jerusalén en el momento de la Primer Cruzada.
De ellos, cuyos nombres eran Hughes de Payns y Godofredo de Saint Omer, nace la idea de incorporar a los caballeros formalmente como un orden en 1119, tomaron el nombre de Orden de los pobres Caballeros de Cristo, pero fueron conocidos mas popularmente como Los Caballeros del Templo de Solomón o Los Caballeros Templarios.
Desde su nacimiento tuvo un fin militar, por lo que la Orden se diferenciaba a este respecto de las otras dos grandes órdenes religiosas del siglo XII los Caballeros de San Juan de Jerusalén y los Caballeros Teutónicos, fundadas como instituciones de caridad.
La Orden fue reconocido formalmente por la Iglesia en el Concilio de Troyes en 1128, y San Bernardo de Claraval, el clérigo más influyente de la época, fue comisionado para escribir los reglamentos por la que ellos se debían regir.
San Bernardo tomó la causa del Templarios con entusiasmo, y Hughes de Payns fue el primer Gran Amo de la Orden.
La austeridad noble de los Templarios contrastó fuertemente con el lujo, vanidad, codicia y violencia de los caballeros seculares.
La idea de los monjes-caballeros militares se recibió con gran entusiasmo.
Un grupo de Templarios recorrió Francia y Inglaterra para reclutar a los miembros, y también para solicitar regalos de dinero y propiedad para que la Orden pudiera apoyar sus actividades militares en la Tierra Santa.
La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre (con rango de príncipe), por debajo del cual existían tres rangos: caballeros, capellanes y sargentos.
Los primeros eran los miembros preponderantes y los únicos a los que se les permitía llevar la característica vestimenta de la Orden, formada por un manto blanco con una gran cruz latina de color rojo en su espalda.
Su servicio defendiendo el reino Cristiano de Jerusalén era distinguido, aunque un poco estropeado por sus malas relaciones con los Hospitalarios , que por el año 1240 se habían deteriorado a tal magnitud que caballeros de cada Orden estaban luchando abiertamente en las calles de Acre.
Invirtieron grandes sumas de dinero en la construcción de una cadena de castillos masivamente fortificados ,algunos de los cuales nunca fue capturado por el enemigo, pero fueron abandonados cuando los caballeros se retiraron de Palestina en 1291.
Fueron famosos por la ferocidad en la lucha.
Después de la Batalla desastrosa de Hattin en 1187, Saladín tomó a prisionero aproximadamente 200 Templarios y Hospitalarios, incluyendo a ambos Grandes Amos, y dio orden de ejecutar a todos. Con Jerusalén en manos de los musulmanes su cuartel general se localizó sucesivamente, en Antioquía, Acre, Cesárea y por ultimo en Chipre.
Como los Caballeros Templarios enviaban regularmente dinero y suministros desde Europa a Palestina, desarrollaron un eficiente sistema bancario en el que los gobernantes y la nobleza de Europa acabaron por confiar.
Se convirtieron gradualmente en los banqueros de gran parte de Europa y lograron debido a esto y a la exención del pago de impuestos y diezmos (no estaban sujeto a la ley secular, y sólo respondían al Papa), amasar una considerable fortuna. En 1307, sin embargo, el Rey Felipe IV se quiso adueñar de esa inmensa riqueza. Él y su canciller, Guillermo de Nogaret, confabularon para acusar a los Templarios de herejía y abolir la Orden.
Esto fue hecho; en 1307, todos los Templarios Franceses, incluido el gran maestre francés Jaques de Molay, fueron arrestados (sólo trece escaparon) y se les "interrogó" bajo tortura o la amenaza de tortura.
La conspiración tubo éxito y todos los caballeros confesaron múltiples e increíbles crímenes que iban desde escupir u orinar en el crucifijo a sodomía.
Después muchos caballeros retractaron sus confesiones pero era demasiado tarde; el daño a su reputación era renuentemente irreversible .
En 1312 el Papa Clemente V estaba de acuerdo en emitir una bula papal que suprimiese la Orden y sus miembros fueron quemados en la hoguera.
El Papa pidió que las propiedades de los Templarios sean dadas a los Hospitalarios, pero aunque esto se hizo en Alemania, en Francia y Inglaterra la mayoría fueron a la corona.
En España y Portugal la Orden fue refundada bajo nuevos nombres.
Index
Cruzados
Hospitalarios
Teutones
Imagenes
Foro
La espada
La espada de los caballeros templarios siempre estuvo al servicio de la cristiandad.
Nos hemos de remontar hasta finales del siglo X, acercándonos hacia el año 1.000, año en que la interpretación de las Escrituras había convencido a toda la cristiandad de que se iba a producir el Apocalipsis.
Se ha discutido a menudo el remoto origen ideológico de este tipo de agrupaciones, que para algunos se encontraría en la cristianización del concepto islámico de "Yihad" o guerra santa, mientras que para otros estaría ligado simplemente al de peregrinación y cruzada.
Esta función asistencial, compatible siempre con las actividades guerreras, explica por que, en casi todos los casos, las órdenes militares surgieron de agrupaciones originariamente hospitalarias, vocación ésta que jamás abandonaron del todo y que incluso se mantuvo mucho tiempo después de que el factor bélico hubiese desaparecido.
Imagen de una pareja de Templarios.
De este modo, la distinción entre órdenes militares y hospitalarias, útil desde el punto de vista explicativo, tiene mucho de artificial, máxime si tenemos en cuenta la perspectiva mental de aquellos tiempos. Ejemplo destacado de un nuevo tipo de religiosidad, varios elementos distinguían a los miembros de las órdenes militares: la vocación monástica, el ideal caballeresco, la imagen mítica de Tierra Santa como centro del mundo y lugar de peregrinación, la defensa de la cruzada y el espíritu piadoso-asistencial.
Por descontado que la presencia conjunta de elementos que exaltaban la violencia, con otros que apostaban por el amor y la tolerancia, no sólo no era considerada contradictor a en la época sino que se entendía como característica de uno de los modelos ideales de perfección cristiana. Los caballeros de estas órdenes eran en efecto monjes, al haber profesado los votos (pobreza, castidad y obediencia), organizado su vida de acuerdo con una regla (por lo general la benedictina) y depender directamente del Papa. Pero al mismo tiempo eran "milites", al ejercer el oficio de las armas y estar motivados por el ideal de cruzada. Generalmente se distinguían tres clases de miembros en estas agrupaciones, según predominase un elemento ideológico u otro.
Los hermanos eclesiásticos eran simplemente monjes, encargados de la misión y el apostolado, los caballeros monopolizaban la función militar y los hermanos sirvientes se dedicaban a tareas hospitalarias y domésticas. Institucionalmente hablando las órdenes militares estaban dirigidas por un gran maestre, cuyos poderes resultaban muy superiores a los del capítulo general, si bien en ocasiones se buscaba el apoyo de un consejo restringido, fiscalizador del maestre. Casas, propiedades y rentas se dividían en provincias, agrupaciones de prioratos a su vez integrados por encomiendas.
Modelo de espada templaria.
A las órdenes de los priores estaban los comendadores o bailes, representantes de la orden a nivel local y regional. La primera en aparecer de las dos grandes órdenes militares europeas fue la del Hospital, fundada en 1048 en Jerusalén por mercaderes de Amalfi. Sus orígenes fueron los de una simple cofradía piadosa, encargada del mantenimiento de un hospital destinado a los peregrinos.
Colocada bajo la advocación del patriarca de Alejandría, san Juan el Limosnero y tutelada por los benedictinos, la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén admitió ya en su seno, a partir de 1137 a caballeros. Durante el gobierno de Raimundo de Puy (1120-1160), la orden adquirió su definitivo carácter militar, centrado en la defensa de Tierra Santa y en la protección a los peregrinos. En 1154, bajo el pontificado de Adriano IV, los hospitalarios o sanjuanistas recibieron importantes donaciones y, al año siguiente, se dotaron de unos estatutos propios similares a los de los canónigos premostratenses.
A pesar de todo ello la orden nunca abandonó su primitiva función asistencial, fundando de hecho numerosos hospitales en Francia e Italia, por lo general cerca de los principales puertos de peregrinación. Esto permitió a los hospitalarios superar con relativa facilidad las crisis que supuso la perdida de Palestina, si bien las funciones militares se concentraron ahora en la defensa de Rodas. Desde 1310 se conoció a los hospitalarios con el apelativo de caballeros de Rodas.
En cuanto a la segunda de las grandes órdenes militares, la del Temple, sus orígenes fueron asimismo muy modestos. Su fundación en 1119 correspondió a una serie de caballeros franceses, liderados por el que sería su primer maestre, Hugo de Payens (muerto en 1136), bajo la fórmula de una cofradía asistencial. Unidos por los característicos votos monásticos, al que sumaron otro de tipo militar, centrado en la defensa de los peregrinos, recibieron de Balduino II de Jerusalén una residencia situada, según la leyenda, sobre el antiguo templo de Salomón, adoptando así el nombre de templarios o "milites Templi".
Variedad en distintos acabados de espadas templarias.
En 1127 la orden fue reconocida por el Papa Honorio III y al año siguiente, bajo la protección del Cister, adoptó como regla una versión modificada de la benedictina. Gracias al patrocinio de san Bernardo, a los que dedicó su conocida "De laude nova militiae ad milites Templi", los templarios consiguieron importantes donaciones y un creciente poder.
Los privilegios recibidos a lo largo del tiempo de reyes y nobles convirtieron a la orden en una institución de potencia equiparable a la de cualquier principado occidental y su riqueza llegó a hacerse inmensa. A mediados del siglo XIII el Temple estaba dividido en 17 provincias con aproximadamente 20.000 miembros.
Sin embargo, su directa dependencia del Papa y, sobre todo, su pronta dedicación a negocios especulativos y crediticios despertó los recelos de los monarcas. Al caer San Juan de Acre en 1291, último de los territorios del reino de Jerusalén, la orden del Temple, privada de su principal función como era la militar, entró en una profunda crisis que no superaría. Su enorme riqueza (a principios del siglo XIV las rentas templarias superaban las 800.000 libras tornesas anuales), la enemistad del rey de Francia, la debilidad del Papado y el fracaso de un último intento de acuerdo, rechazado por los templarios, de fusionar su orden con la del Hospital, desencadenaron la tragedia de 1037-1312.
Privado de sus señas de identidad y acusado de todo tipo de delitos, reales o inventados, el Temple seria disuelto por Clemente V en el concilio de Vienne, pasando sus propiedades a los diversos monarcas o integrándose en otras órdenes militares.
Soldados templarios con sus espadas.
Sin alcanzar la trascendencia de las órdenes del Temple o del Hospital, existieron agrupaciones similares en diversos países europeos. A raíz de la segunda cruzada, y por iniciativa del duque Federico de Suabia, se creó en San Juan de Acre una cofradía de caballeros alemanes con carácter hospitalario.
Reconocida por el Papado dos años más tarde, en 1198 se transformaría en la llamada Orden de los caballeros teutónicos, cuya actuación en Palestina fue pronto lánguida. Favorecidos con importantes donaciones por Federico II en las tierras alemanas de colonización, en 1226 el duque Conrado de Masovia logró que la orden se trasladase a Prusia, con el objeto de conquistar y evangelizar el territorio.
En 1237 la orden teutónica se vio nuevamente favorecida por la incorporación de los caballeros ensíferos o portaespadas, organización fundada poco antes por el obispo Adalberto de Riga con idéntico objetivo cristianizador. Durante todo el siglo XIII los caballeros teutónicos serían una de las puntas de lanza fundamentales del Drang nach Osten alemán, utilizando sistemáticamente la cruzada contra los paganos de Prusia, Livonia y Estonia Finalmente en la Península Ibérica, y al calor de la lucha contra el Islam, surgieron también -y aparte de numerosas cofradías militar asistenciales de existencia efímera- numerosas órdenes militares.
En la Corona de Aragón tanto el Temple como el Hospital tuvieron presencia activa, fundándose en 1317 la llamada Orden de Montesa con los bienes incautados a los templarios. En los reinos occidentales en cambio, siempre tuvieron mucha más importancia las órdenes autóctonas, aparecidas en la segunda mitad del siglo XII.
También, en Castilla, surgió en 1158 la Orden de Calatrava, cuyos estatutos, aprobados en 1164, la hacían depender de la abadía cisterciense de Morimond. En León surgieron las órdenes de Alcántara (1156), también de filiación cisterciense, y de Santiago (1161), asociada a la congregación de canónigos de san Eloy. Respecto a Portugal, nacían en 1162 la Orden de San Benito de Avis y en 1319 la llamada Orden de Cristo.
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Nos hemos de remontar hasta finales del siglo X, acercándonos hacia el año 1.000, año en que la interpretación de las Escrituras había convencido a toda la cristiandad de que se iba a producir el Apocalipsis.
Se ha discutido a menudo el remoto origen ideológico de este tipo de agrupaciones, que para algunos se encontraría en la cristianización del concepto islámico de "Yihad" o guerra santa, mientras que para otros estaría ligado simplemente al de peregrinación y cruzada.
Esta función asistencial, compatible siempre con las actividades guerreras, explica por que, en casi todos los casos, las órdenes militares surgieron de agrupaciones originariamente hospitalarias, vocación ésta que jamás abandonaron del todo y que incluso se mantuvo mucho tiempo después de que el factor bélico hubiese desaparecido.
Imagen de una pareja de Templarios.
De este modo, la distinción entre órdenes militares y hospitalarias, útil desde el punto de vista explicativo, tiene mucho de artificial, máxime si tenemos en cuenta la perspectiva mental de aquellos tiempos. Ejemplo destacado de un nuevo tipo de religiosidad, varios elementos distinguían a los miembros de las órdenes militares: la vocación monástica, el ideal caballeresco, la imagen mítica de Tierra Santa como centro del mundo y lugar de peregrinación, la defensa de la cruzada y el espíritu piadoso-asistencial.
Por descontado que la presencia conjunta de elementos que exaltaban la violencia, con otros que apostaban por el amor y la tolerancia, no sólo no era considerada contradictor a en la época sino que se entendía como característica de uno de los modelos ideales de perfección cristiana. Los caballeros de estas órdenes eran en efecto monjes, al haber profesado los votos (pobreza, castidad y obediencia), organizado su vida de acuerdo con una regla (por lo general la benedictina) y depender directamente del Papa. Pero al mismo tiempo eran "milites", al ejercer el oficio de las armas y estar motivados por el ideal de cruzada. Generalmente se distinguían tres clases de miembros en estas agrupaciones, según predominase un elemento ideológico u otro.
Los hermanos eclesiásticos eran simplemente monjes, encargados de la misión y el apostolado, los caballeros monopolizaban la función militar y los hermanos sirvientes se dedicaban a tareas hospitalarias y domésticas. Institucionalmente hablando las órdenes militares estaban dirigidas por un gran maestre, cuyos poderes resultaban muy superiores a los del capítulo general, si bien en ocasiones se buscaba el apoyo de un consejo restringido, fiscalizador del maestre. Casas, propiedades y rentas se dividían en provincias, agrupaciones de prioratos a su vez integrados por encomiendas.
Modelo de espada templaria.
A las órdenes de los priores estaban los comendadores o bailes, representantes de la orden a nivel local y regional. La primera en aparecer de las dos grandes órdenes militares europeas fue la del Hospital, fundada en 1048 en Jerusalén por mercaderes de Amalfi. Sus orígenes fueron los de una simple cofradía piadosa, encargada del mantenimiento de un hospital destinado a los peregrinos.
Colocada bajo la advocación del patriarca de Alejandría, san Juan el Limosnero y tutelada por los benedictinos, la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén admitió ya en su seno, a partir de 1137 a caballeros. Durante el gobierno de Raimundo de Puy (1120-1160), la orden adquirió su definitivo carácter militar, centrado en la defensa de Tierra Santa y en la protección a los peregrinos. En 1154, bajo el pontificado de Adriano IV, los hospitalarios o sanjuanistas recibieron importantes donaciones y, al año siguiente, se dotaron de unos estatutos propios similares a los de los canónigos premostratenses.
A pesar de todo ello la orden nunca abandonó su primitiva función asistencial, fundando de hecho numerosos hospitales en Francia e Italia, por lo general cerca de los principales puertos de peregrinación. Esto permitió a los hospitalarios superar con relativa facilidad las crisis que supuso la perdida de Palestina, si bien las funciones militares se concentraron ahora en la defensa de Rodas. Desde 1310 se conoció a los hospitalarios con el apelativo de caballeros de Rodas.
En cuanto a la segunda de las grandes órdenes militares, la del Temple, sus orígenes fueron asimismo muy modestos. Su fundación en 1119 correspondió a una serie de caballeros franceses, liderados por el que sería su primer maestre, Hugo de Payens (muerto en 1136), bajo la fórmula de una cofradía asistencial. Unidos por los característicos votos monásticos, al que sumaron otro de tipo militar, centrado en la defensa de los peregrinos, recibieron de Balduino II de Jerusalén una residencia situada, según la leyenda, sobre el antiguo templo de Salomón, adoptando así el nombre de templarios o "milites Templi".
Variedad en distintos acabados de espadas templarias.
En 1127 la orden fue reconocida por el Papa Honorio III y al año siguiente, bajo la protección del Cister, adoptó como regla una versión modificada de la benedictina. Gracias al patrocinio de san Bernardo, a los que dedicó su conocida "De laude nova militiae ad milites Templi", los templarios consiguieron importantes donaciones y un creciente poder.
Los privilegios recibidos a lo largo del tiempo de reyes y nobles convirtieron a la orden en una institución de potencia equiparable a la de cualquier principado occidental y su riqueza llegó a hacerse inmensa. A mediados del siglo XIII el Temple estaba dividido en 17 provincias con aproximadamente 20.000 miembros.
Sin embargo, su directa dependencia del Papa y, sobre todo, su pronta dedicación a negocios especulativos y crediticios despertó los recelos de los monarcas. Al caer San Juan de Acre en 1291, último de los territorios del reino de Jerusalén, la orden del Temple, privada de su principal función como era la militar, entró en una profunda crisis que no superaría. Su enorme riqueza (a principios del siglo XIV las rentas templarias superaban las 800.000 libras tornesas anuales), la enemistad del rey de Francia, la debilidad del Papado y el fracaso de un último intento de acuerdo, rechazado por los templarios, de fusionar su orden con la del Hospital, desencadenaron la tragedia de 1037-1312.
Privado de sus señas de identidad y acusado de todo tipo de delitos, reales o inventados, el Temple seria disuelto por Clemente V en el concilio de Vienne, pasando sus propiedades a los diversos monarcas o integrándose en otras órdenes militares.
Soldados templarios con sus espadas.
Sin alcanzar la trascendencia de las órdenes del Temple o del Hospital, existieron agrupaciones similares en diversos países europeos. A raíz de la segunda cruzada, y por iniciativa del duque Federico de Suabia, se creó en San Juan de Acre una cofradía de caballeros alemanes con carácter hospitalario.
Reconocida por el Papado dos años más tarde, en 1198 se transformaría en la llamada Orden de los caballeros teutónicos, cuya actuación en Palestina fue pronto lánguida. Favorecidos con importantes donaciones por Federico II en las tierras alemanas de colonización, en 1226 el duque Conrado de Masovia logró que la orden se trasladase a Prusia, con el objeto de conquistar y evangelizar el territorio.
En 1237 la orden teutónica se vio nuevamente favorecida por la incorporación de los caballeros ensíferos o portaespadas, organización fundada poco antes por el obispo Adalberto de Riga con idéntico objetivo cristianizador. Durante todo el siglo XIII los caballeros teutónicos serían una de las puntas de lanza fundamentales del Drang nach Osten alemán, utilizando sistemáticamente la cruzada contra los paganos de Prusia, Livonia y Estonia Finalmente en la Península Ibérica, y al calor de la lucha contra el Islam, surgieron también -y aparte de numerosas cofradías militar asistenciales de existencia efímera- numerosas órdenes militares.
En la Corona de Aragón tanto el Temple como el Hospital tuvieron presencia activa, fundándose en 1317 la llamada Orden de Montesa con los bienes incautados a los templarios. En los reinos occidentales en cambio, siempre tuvieron mucha más importancia las órdenes autóctonas, aparecidas en la segunda mitad del siglo XII.
También, en Castilla, surgió en 1158 la Orden de Calatrava, cuyos estatutos, aprobados en 1164, la hacían depender de la abadía cisterciense de Morimond. En León surgieron las órdenes de Alcántara (1156), también de filiación cisterciense, y de Santiago (1161), asociada a la congregación de canónigos de san Eloy. Respecto a Portugal, nacían en 1162 la Orden de San Benito de Avis y en 1319 la llamada Orden de Cristo.
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La misisión
"Que la tierra se vaya haciendo camino ante tus pasos, que el viento sople siempre a tus espaldas, que el sol brille cálido sobre tu cara, que la lluvia caiga suavemente sobre tus campos y, hasta tanto volvamos a encontrarnos, que Dios te guarde en la palma de sus manos" (Antigua despedida de los peregrinos).
******************************
"Yo, Guillermo de Nogaret, siguiendo las directrices dadas por mi señor el rey Felipe IV de Francia, ordeno detener a todos los Caballeros pertenecientes a la Orden del Temple y confiscar sus bienes. Gracias a los informes aportados por numerosas personas dignas de fe, hemos sabido que los Hermanos de la Orden de la Milicia del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia de cordero, y bajo el hábito de la Orden, insultan miserablemente a la verdadera fe, crucificando una vez más en nuestros días a Nuestro Señor Jesucristo. Esta gente inmunda ha renunciado a la fuente de la luz divina y practicando la sodomía, la adoración de ídolos satánicos y el robo de propiedades ajenas, ha tejido una inmensa y maligna telaraña que amenaza con destruir nuestra sociedad y nuestra legítima creencia en el Altísimo. Firmado en París en el mes de septiembre de 1307".
De esta manera tan explícita, las autoridades francesas de la época, alertaban sobre la detención de los Caballeros Templarios. Al poco tiempo, cumpliendo los planes con impecable efectividad, la Orden había sido desmantelada, sus miembros detenidos o ajusticiados y su último Gran Maestre, Jacques de Molay, quemado vivo en la hoguera como si de un peligroso hereje se tratase.
Hoy ya sabemos que la siniestra trama urdida contra los Templarios y las vulgares acusaciones que se les imputaron sólo fueron una excusa para apropiarse de sus inmensas riquezas materiales y de su enorme influencia política. Sin duda, la auténtica verdad sobre la cuestión aún está muy lejos de saberse. Pero dando por sentado que fueron destruidos debido a las maquinaciones del poder, el investigador y curioso todavía se pregunta en nuestros días si realmente poseyeron los Templarios un conocimiento esotérico ajeno a la ortodoxia católica dictada por el Papa desde Roma. En las siguientes líneas intentaremos arrojar alguna luz sobre este apasionante tema.
LA VERDADERA MISIÓN DE LOS TEMPLARIOS
Aunque algunos se hayan propuesto arrancar de raíz las páginas de la historia escritas por los Templarios, lo cierto es que la influencia de esta Orden en el desarrollo del esoterismo occidental es tan grande que ignorarla resulta una tarea estéril. En efecto, estos caballeros no sólo constituyeron una Orden religiosa y militar dedicada a la salvaguarda de los santos lugares en Oriente Medio, sino que también fueron los elegidos para llevar a cabo una misión secreta, una arriesgada tarea que al parecer cumplieron perfectamente, y que les proporcionó un profundo conocimiento esotérico que reflejaron en sus actividades. Esta misión fue la de rescatar el Arca de la Alianza en el que se hallaban las tablas que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí. Este Arca, había sido desde los tiempos del rey Salomón, el centro del culto en el templo de Jerusalén, y como signo visible de la presencia de Dios en la Tierra, tenía la propiedad de abrir las puertas a un conocimiento oculto basado en el equilibrio cósmico de las proporciones. Estructuralmente, el Arca constaba de una caja de madera de acacia de cinco palmos de largo por tres de alto que se hallaba revestida de oro. Según se decía, de ella emanaba tal cantidad de energía, que podía dejar ciegos a aquellos que sin tener un alma pura, se atreviesen a contemplarla. Fue el jefe espiritual de los caballeros Templarios, Bernardo de Claraval, quien ordenó a sus fieles servidores que se dirigieran a los establos del templo del rey Salomón en Jerusalén y que derribaran las paredes que desde hacía siglos sellaban sus entradas. Dentro, se encontraron con el legendario Arca que contenía las Tablas que habían pertenecido a Moisés. Para la iglesia católica, en ellas sólo se encontraban impresos los mandamientos, por lo que su valor era puramente histórico, pero para algunos iniciados como San Bernardo, tenían un alto valor mágico y esotérico ya que en la grafía de sus palabras se encontraba la clave lexarítmica que permitía conocer los números que resumían las proporciones que regían el Universo.
San Bernardo sabía muy bien lo que hacía. En 1128 ya había interpretado la sagrada "geometría" que sustentaba el Templo de Salomón y conocía perfectamente tanto las relaciones existentes entre cifras y letras como el simbolismo de las formas, los colores y el sonido. Además del Arca, en el interior del recinto encontraron un fabuloso tesoro que de la noche a la mañana los transformó en dueños de una inmensa fortuna con la que poder materializar sus utópicas ideas de implantar el reino de Dios en la Tierra. Tales hallazgos, dieron la suficiente autoridad política y moral a Hugo de Payns, jefe de aquellos nueve caballeros, para trasladarse a Roma y allí pedir al pontífice Honorio II que convocase un concilio con el que conseguir el reconocimiento oficial para la nueva Orden.
EL TEMPLE Y LA ARQUITECTURA
La devoción que tenían los caballeros de la Orden por la Virgen y por la arquitectura, hizo que numerosas construcciones dedicadas a Nuestra Señora fueran apareciendo a lo largo y ancho del continente. Dueños de una enorme riqueza amasada gracias a las donaciones de monarcas, nobles y señores feudales, pudieron aquellos caballeros sufragar sin ningún problema los enormes gastos que las catedrales generaban, organizando además las primeras cofradías de constructores o hermanos maçons.
Casi todos los especialistas, están de acuerdo en que fueron los cristianos de oriente, los judíos y sobre todo los sufíes musulmanes, quienes dieron a los templarios las pautas necesarias para elevar sus monumentos. La orientación fue una de estas pautas. Del mismo modo que la esfinge de Gizeh se sitúa al este de las pirámides, también los campanarios de las iglesias templarias suelen encontrarse en esta dirección. Por otra parte, el principal modelo a seguir en las plantas de las construcciones fue la octogonal que procedía originalmente del templo de Salomón. Aunque este tipo de planta se alternó con la rectangular, fue el octágono, transformado en un círculo perfecto en el interior, el símbolo esotérico más importante de sus construcciones. Este círculo, uno de los esquemas más ancestrales del Cosmos, constituía un espacio idóneo para realizar operaciones mágicas y rito iniciáticos. Otras de las influencias presentes en su esoterismo provienen de la gnosis. En efecto, los templarios compartieron con los gnósticos la idea de que los templos eran símbolos del misticismo universal. Ningún edificio se realizaba al azar. Todos ellos se encuentran emplazados en lugares en los que las energías telúricas del subsuelo generan un circulo invisible que envuelve al sujeto que penetra en el interior. En el fondo, esta energía es esencialmente la misma que la emanada del Arca de la Alianza ya que como afirma Laurence Hardner éste "se revelaba como un poderoso condensador eléctrico construido en maderas resinosas y forrado interior y exteriormente por una doble cobertura de oro que generaba un voltaje suficiente para matar a una persona. También el Arca era un amplificador de sonido con sus dos querubines magnéticos flanqueando el trono de la misericordia en el que Moisés se sentaba para comunicarse con Dios".
Durante los años en que se desarrolló el estilo gótico, las nuevas edificaciones aspiraban a albergar en su interior el mayor número posible de creyentes. El culto adquirió así un carácter universalista, reflejado en la masiva acogida de los peregrinos venidos desde muy lejos y en el trabajo unificado de los distintos tipos de artesanos que colaboraban durante decenios en las construcciones. Estos artesanos, se agrupaban en logias (asambleas) en las que iban pasando por las categorías de aprendices, oficiales y maestros-compañeros. Para alertar a los "hermanos", se insertaban en los techos de los templos, inscripciones simbólicas que aún no han sido descifradas en su totalidad, marcas con las que el maestro de obras firmaba su trabajo o con las que saludaba a sus compañeros. Estas marcas corresponden a un alfabeto secreto aún mal conocido. Los Templarios idearon unos signos que se basaban en la figura de la cruz de ocho puntas que generalmente llevaban colgada al cuello. Estos símbolos podían aparecer dispuestos tanto en círculo como en forma de cruz, y el verdadero significado de cada uno de ellos podía ser alterado. Semejantes prácticas han servido para que muchos textos diseminados a lo largo de la geografía europea aún no hayan podido ser leídos. Similar circunstancia sucede con la enorme cantidad de frases y dibujos que salpican los muros y lápidas de muchas iglesias. La influencia de la cábala judía y del lenguaje secreto de los alquimistas, indudablemente influyeron a los seguidores de la Orden, quienes con su alfabeto esperaban poder esquivar las insidiosas miradas de la nobleza y de una parte del clero. Para Gilete Ziegler, autor de Les Templiers, está claro que existió una regla secreta conocida sólo por algunos dirigentes que había sido deliberadamente destruida tras la persecución a la que se vieron sometidos. En todo caso, lo cierto es que esta regla secreta nunca ha sido hallada. Actualmente, los denominados Estatutos Secretos de la Orden publicados por el alemán Mertzdorffen en 1877, son considerados una burda falsificación. De todas maneras, que no se hayan encontrado aún pruebas documentales que permitan afirmarlo rotundamente, no quiere decir que no existiera una rama esotérica de la Orden. Este grupo oculto podría haberse enriquecido con los contactos sostenidos en Jerusalén con iniciados de tradición sufí. Incluso hay quien defiende la teoría de que el Templo de Salomón fue construido por el maestro sufí Maaruk Karkhi. Según Idries Shah, los musulmanes habrían reconstruido el sagrado recinto que con tanto celo defendieron después los señores del Temple. Cuando al fin, Jerusalén fue tomada por los árabes, lo primero que hicieron fue adquirir el Templo de Salomón, reafirmando esta circunstancia la profunda relación que los ligaba a tan emblemático edificio.
LA MÚSICA DE LOS TEMPLARIOS
En la Edad Media, la música tenía un acentuado carácter ritual. Las normas dictadas por la tradición eran de obligado seguimiento por parte de los compositores, quienes consideraban que su obra surgía gracias a la intervención directa de la divinidad. Ellos sólo eran meros intermediarios de la conciencia superior que los inspiraba.
Aunque apenas poseemos documentación fiable de la música con la que los Templarios acompañaban sus ritos, sí contamos con datos que nos permitan realizar una aproximación bastante fiable. Así por ejemplo sabemos que Bernardo de Claraval escribió al respecto que: "El canto debe estar lleno de gravedad; que no sea ni mundano ni demasiado rudo y pobre...; Que sea dulce, aunque sin liviandad; que, mientras agrada al oído, conmueva al corazón; deberá aliviar la tristeza y calmar el espíritu irritado...". Y en el apartado 15 de la primitiva regla templaria nos dice que: "... Ordenamos que tanto los fuertes como los débiles, para evitar confusión y tumulto, en cuanto el salmo que es llamado Venite, con el invitatorio y el himno hayan sido cantados, os sentéis y digáis vuestras plegarias en silencio, suavemente y sin alzar la voz, para que el proclamador no perturbe las plegarias de los otros hermanos". Y más adelante, en los apartados dedicados al servicio religioso, hace alusión a los cantos que integran la misa, volviendo a señalar que deben ser entonados con el debido acatamiento y respeto.
Durante los años en que los templarios desarrollaron su actividad, la música conoció una auténtica revolución. Su artífice fue el benedictino Guido D´Arezzo (995-1050) quien estableció definitivamente la notación pautada y el nombre de las notas. Sus aportaciones se encuentran recogidas en el Micrologus de disciplina artis musicae, en este tratado D´Arezzo introduce la escritura sobre cuatro líneas que a finales del siglo XII se convirtió en el pentagrama. Gracias al pentagrama fue posible conocer tanto la duración, como la altura de cada sonido.
El espíritu comunal que se difundió por toda la cristiandad en forma de gremios, corporaciones, fraternidades y órdenes, también influyó a la música. Así, a través de la polifonía o grupo de diferentes líneas de canto que sonaban simultáneamente, los artistas encontraron el vehículo ideal para expresar sus sentimientos. A la austeridad de la melodía gregoriana, se añadieron los primitivos cantos a dos voces denominados organum, en los que el canto principal era acompañado, nota contra nota, por un tema paralelo a distancia de quinta o de cuarta. La octava o distancia de ocho sonidos, era el límite máximo entre las melodías. Inmersa en la octava musical se encontraban las siete notas de la escala, que resumían perfectamente el ámbito del mundo conocido, del universo y de la potencia divina. La octava se correspondía con el octógono, con el círculo y con las ocho puntas de la estrella que representaba a la Orden.
En Tierra Santa, las masas de peregrinos cantaban emotivas melodías religiosas en las que la importancia del texto era tan grande como la de los sonidos. Los jerarcas templarios conocían bien todas estas circunstancias y saludaron con entusiasmo los nuevos rumbos de la polifonía en los que la imitación cobraba especial relevancia. Los diferentes temas se perseguían unos a otros produciendo un efecto fugado que se relacionaba directamente con el de las arriesgadas perspectivas de los arcos ojivales y con las enormes bóvedas preparadas para albergar a la masa de creyentes.
La belleza al servicio de la divinidad, la estrecha relación entre palabras y notas musicales, la sobriedad y la profundidad del estilo, fueron sin duda algunas de las características de la música que los Templarios interpretaron en sus cultos, todo ello sin olvidar las canciones profanas, alegres y vigorosas, que entonaban con ánimo firme mientras se dirigían a la protección de los Santos Lugares.
TEMPLARIOS Y MASONERÍA
Una de las principales actividades de los Templarios fue la elevación de iglesias a lo largo del continente europeo y Tierra Santa, por lo que el contacto que mantuvieron con los maestros constructores pertenecientes a las logias fue constante. Esta relación entre los compañeros masones y los Templarios, continuó incluso tras la desaparición de la Orden. Efectivamente, tras la condena de los Templarios por el rey Felipe de Francia, muchos de ellos se aprestaron a salvar algunas de las numerosas propiedades de la hermandad o a reintegrarse en otras órdenes de caballería. Un grupo fue a parar a Escocia donde protegidos por Roberto I, asimilaron algunos elementos de la mitología celta, conformando con el tiempo el denominado Rito escocés. No es ninguna casualidad que el documento masónico más antiguo conservado en Escocia sea un manuscrito de finales del siglo XIV, época en la que los Templarios se habrían visto obligados a integrarse en otras obediencias. El rey Roberto creó dos hermandades con las que asegurar la permanencia del legado del temple tras la persecución sufrida por el papado y las autoridades. De este modo, en la Real Orden de Escocia y en la de Kilwinning del Heredom, pudieron refugiarse muchos caballeros que transmitieron sus enseñanzas a los maestros que formaban las fraternidades de arquitectos. Tras la Edad Media, fue en el siglo XVIII, cuando los elementos propios de la tradición templaria volvieron a plasmarse con gran intensidad en la masonería. Gracias a la iniciativa de J.A. Starck el ritual de la clericatura templaria se afianzó en el rito. En dicho ritual tanto el initiator como el conductor, iban ataviados con una capa blanca en la que se hallaba representada una cruz roja. En la ceremonia iniciática, el neófito recibía de sus compañeros el beso de la paz y al final se le agasajaba con un modesto ágape durante el que se leían algunos versos de la Regula Vitae, inspirada en la que redactó San Bernardo. Asimismo, encontramos en el denominado Rito de Perfección, algunos grados con clara alusión templaria, tales como el noveno o del maestro elegido de los nueve; el quinceavo o del Caballero de la espada de Oriente y el dieciseisavo o del grado del Caballero de Jerusalén. Estos grados también se denominan así en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Por otra parte, el grado número treinta, denominado del Caballero Kadosch, se denomina también "grado de la venganza", ya que en él se evoca el padecimiento sufrido en la hoguera por Jacques de Molay, el último de los Grandes Maestres.
Pero las relaciones entre los Templarios y los masones no se acaban ahí. No olvidemos que los templarios habían considerado el templo del rey Salomón, donde se encontraba el Arca de la Alianza, como un lugar sagrado y que precisamente este monarca había ordenado a los gremios de artesanos realizar réplicas de este santo lugar en todo el orbe. De hecho, según la tradición, la primera logia habría surgido en el lado occidental del templo salomónico, en donde Hiram, el legendario fundador de la masonería, había erigido dos columnas de bronce.
Para algunos, los colores de los atuendos de los caballeros, o sea la cruz octogonal negra o roja sobre fondo blanco, reflejaban un influjo maniqueísta, en el que el mundo se dividía entre la luz de Dios y las tinieblas del mundo infernal. Los masones recuperarían este simbolismo en los mosaicos de los suelos que adornaban sus logias.
Gracias a su contacto directo con las culturas judaica y musulmana, los Templarios habrían asimilado la cábala y el sufismo, transmitiendo estas enseñanzas a las fraternidades de obreros constructores que posteriormente engrosarían las filas de los adeptos a la masonería. En su libro titulado La Espada y el Grial, Andrew Sinclair escribe que abundan en los lugares de Escocia en los que estuvieron los templarios, tumbas con representaciones del Templo de Salomón, con estrellas de ocho puntas y con otros símbolos característicos, mezclados con los de origen estrictamente masónico. También, y este dato debería alertarnos acerca de la estrecha relación entre Templarios, Rosacruces y Masones, se encuentran algunos emblemas representando a la rosa mística. Una vez más, los extremos del círculo oculto vuelven a unirse sin solución de continuidad.
Doménec González de la Rubia - "La Otra Información"
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"Yo, Guillermo de Nogaret, siguiendo las directrices dadas por mi señor el rey Felipe IV de Francia, ordeno detener a todos los Caballeros pertenecientes a la Orden del Temple y confiscar sus bienes. Gracias a los informes aportados por numerosas personas dignas de fe, hemos sabido que los Hermanos de la Orden de la Milicia del Temple, ocultando al lobo bajo la apariencia de cordero, y bajo el hábito de la Orden, insultan miserablemente a la verdadera fe, crucificando una vez más en nuestros días a Nuestro Señor Jesucristo. Esta gente inmunda ha renunciado a la fuente de la luz divina y practicando la sodomía, la adoración de ídolos satánicos y el robo de propiedades ajenas, ha tejido una inmensa y maligna telaraña que amenaza con destruir nuestra sociedad y nuestra legítima creencia en el Altísimo. Firmado en París en el mes de septiembre de 1307".
De esta manera tan explícita, las autoridades francesas de la época, alertaban sobre la detención de los Caballeros Templarios. Al poco tiempo, cumpliendo los planes con impecable efectividad, la Orden había sido desmantelada, sus miembros detenidos o ajusticiados y su último Gran Maestre, Jacques de Molay, quemado vivo en la hoguera como si de un peligroso hereje se tratase.
Hoy ya sabemos que la siniestra trama urdida contra los Templarios y las vulgares acusaciones que se les imputaron sólo fueron una excusa para apropiarse de sus inmensas riquezas materiales y de su enorme influencia política. Sin duda, la auténtica verdad sobre la cuestión aún está muy lejos de saberse. Pero dando por sentado que fueron destruidos debido a las maquinaciones del poder, el investigador y curioso todavía se pregunta en nuestros días si realmente poseyeron los Templarios un conocimiento esotérico ajeno a la ortodoxia católica dictada por el Papa desde Roma. En las siguientes líneas intentaremos arrojar alguna luz sobre este apasionante tema.
LA VERDADERA MISIÓN DE LOS TEMPLARIOS
Aunque algunos se hayan propuesto arrancar de raíz las páginas de la historia escritas por los Templarios, lo cierto es que la influencia de esta Orden en el desarrollo del esoterismo occidental es tan grande que ignorarla resulta una tarea estéril. En efecto, estos caballeros no sólo constituyeron una Orden religiosa y militar dedicada a la salvaguarda de los santos lugares en Oriente Medio, sino que también fueron los elegidos para llevar a cabo una misión secreta, una arriesgada tarea que al parecer cumplieron perfectamente, y que les proporcionó un profundo conocimiento esotérico que reflejaron en sus actividades. Esta misión fue la de rescatar el Arca de la Alianza en el que se hallaban las tablas que Dios entregó a Moisés en el Monte Sinaí. Este Arca, había sido desde los tiempos del rey Salomón, el centro del culto en el templo de Jerusalén, y como signo visible de la presencia de Dios en la Tierra, tenía la propiedad de abrir las puertas a un conocimiento oculto basado en el equilibrio cósmico de las proporciones. Estructuralmente, el Arca constaba de una caja de madera de acacia de cinco palmos de largo por tres de alto que se hallaba revestida de oro. Según se decía, de ella emanaba tal cantidad de energía, que podía dejar ciegos a aquellos que sin tener un alma pura, se atreviesen a contemplarla. Fue el jefe espiritual de los caballeros Templarios, Bernardo de Claraval, quien ordenó a sus fieles servidores que se dirigieran a los establos del templo del rey Salomón en Jerusalén y que derribaran las paredes que desde hacía siglos sellaban sus entradas. Dentro, se encontraron con el legendario Arca que contenía las Tablas que habían pertenecido a Moisés. Para la iglesia católica, en ellas sólo se encontraban impresos los mandamientos, por lo que su valor era puramente histórico, pero para algunos iniciados como San Bernardo, tenían un alto valor mágico y esotérico ya que en la grafía de sus palabras se encontraba la clave lexarítmica que permitía conocer los números que resumían las proporciones que regían el Universo.
San Bernardo sabía muy bien lo que hacía. En 1128 ya había interpretado la sagrada "geometría" que sustentaba el Templo de Salomón y conocía perfectamente tanto las relaciones existentes entre cifras y letras como el simbolismo de las formas, los colores y el sonido. Además del Arca, en el interior del recinto encontraron un fabuloso tesoro que de la noche a la mañana los transformó en dueños de una inmensa fortuna con la que poder materializar sus utópicas ideas de implantar el reino de Dios en la Tierra. Tales hallazgos, dieron la suficiente autoridad política y moral a Hugo de Payns, jefe de aquellos nueve caballeros, para trasladarse a Roma y allí pedir al pontífice Honorio II que convocase un concilio con el que conseguir el reconocimiento oficial para la nueva Orden.
EL TEMPLE Y LA ARQUITECTURA
La devoción que tenían los caballeros de la Orden por la Virgen y por la arquitectura, hizo que numerosas construcciones dedicadas a Nuestra Señora fueran apareciendo a lo largo y ancho del continente. Dueños de una enorme riqueza amasada gracias a las donaciones de monarcas, nobles y señores feudales, pudieron aquellos caballeros sufragar sin ningún problema los enormes gastos que las catedrales generaban, organizando además las primeras cofradías de constructores o hermanos maçons.
Casi todos los especialistas, están de acuerdo en que fueron los cristianos de oriente, los judíos y sobre todo los sufíes musulmanes, quienes dieron a los templarios las pautas necesarias para elevar sus monumentos. La orientación fue una de estas pautas. Del mismo modo que la esfinge de Gizeh se sitúa al este de las pirámides, también los campanarios de las iglesias templarias suelen encontrarse en esta dirección. Por otra parte, el principal modelo a seguir en las plantas de las construcciones fue la octogonal que procedía originalmente del templo de Salomón. Aunque este tipo de planta se alternó con la rectangular, fue el octágono, transformado en un círculo perfecto en el interior, el símbolo esotérico más importante de sus construcciones. Este círculo, uno de los esquemas más ancestrales del Cosmos, constituía un espacio idóneo para realizar operaciones mágicas y rito iniciáticos. Otras de las influencias presentes en su esoterismo provienen de la gnosis. En efecto, los templarios compartieron con los gnósticos la idea de que los templos eran símbolos del misticismo universal. Ningún edificio se realizaba al azar. Todos ellos se encuentran emplazados en lugares en los que las energías telúricas del subsuelo generan un circulo invisible que envuelve al sujeto que penetra en el interior. En el fondo, esta energía es esencialmente la misma que la emanada del Arca de la Alianza ya que como afirma Laurence Hardner éste "se revelaba como un poderoso condensador eléctrico construido en maderas resinosas y forrado interior y exteriormente por una doble cobertura de oro que generaba un voltaje suficiente para matar a una persona. También el Arca era un amplificador de sonido con sus dos querubines magnéticos flanqueando el trono de la misericordia en el que Moisés se sentaba para comunicarse con Dios".
Durante los años en que se desarrolló el estilo gótico, las nuevas edificaciones aspiraban a albergar en su interior el mayor número posible de creyentes. El culto adquirió así un carácter universalista, reflejado en la masiva acogida de los peregrinos venidos desde muy lejos y en el trabajo unificado de los distintos tipos de artesanos que colaboraban durante decenios en las construcciones. Estos artesanos, se agrupaban en logias (asambleas) en las que iban pasando por las categorías de aprendices, oficiales y maestros-compañeros. Para alertar a los "hermanos", se insertaban en los techos de los templos, inscripciones simbólicas que aún no han sido descifradas en su totalidad, marcas con las que el maestro de obras firmaba su trabajo o con las que saludaba a sus compañeros. Estas marcas corresponden a un alfabeto secreto aún mal conocido. Los Templarios idearon unos signos que se basaban en la figura de la cruz de ocho puntas que generalmente llevaban colgada al cuello. Estos símbolos podían aparecer dispuestos tanto en círculo como en forma de cruz, y el verdadero significado de cada uno de ellos podía ser alterado. Semejantes prácticas han servido para que muchos textos diseminados a lo largo de la geografía europea aún no hayan podido ser leídos. Similar circunstancia sucede con la enorme cantidad de frases y dibujos que salpican los muros y lápidas de muchas iglesias. La influencia de la cábala judía y del lenguaje secreto de los alquimistas, indudablemente influyeron a los seguidores de la Orden, quienes con su alfabeto esperaban poder esquivar las insidiosas miradas de la nobleza y de una parte del clero. Para Gilete Ziegler, autor de Les Templiers, está claro que existió una regla secreta conocida sólo por algunos dirigentes que había sido deliberadamente destruida tras la persecución a la que se vieron sometidos. En todo caso, lo cierto es que esta regla secreta nunca ha sido hallada. Actualmente, los denominados Estatutos Secretos de la Orden publicados por el alemán Mertzdorffen en 1877, son considerados una burda falsificación. De todas maneras, que no se hayan encontrado aún pruebas documentales que permitan afirmarlo rotundamente, no quiere decir que no existiera una rama esotérica de la Orden. Este grupo oculto podría haberse enriquecido con los contactos sostenidos en Jerusalén con iniciados de tradición sufí. Incluso hay quien defiende la teoría de que el Templo de Salomón fue construido por el maestro sufí Maaruk Karkhi. Según Idries Shah, los musulmanes habrían reconstruido el sagrado recinto que con tanto celo defendieron después los señores del Temple. Cuando al fin, Jerusalén fue tomada por los árabes, lo primero que hicieron fue adquirir el Templo de Salomón, reafirmando esta circunstancia la profunda relación que los ligaba a tan emblemático edificio.
LA MÚSICA DE LOS TEMPLARIOS
En la Edad Media, la música tenía un acentuado carácter ritual. Las normas dictadas por la tradición eran de obligado seguimiento por parte de los compositores, quienes consideraban que su obra surgía gracias a la intervención directa de la divinidad. Ellos sólo eran meros intermediarios de la conciencia superior que los inspiraba.
Aunque apenas poseemos documentación fiable de la música con la que los Templarios acompañaban sus ritos, sí contamos con datos que nos permitan realizar una aproximación bastante fiable. Así por ejemplo sabemos que Bernardo de Claraval escribió al respecto que: "El canto debe estar lleno de gravedad; que no sea ni mundano ni demasiado rudo y pobre...; Que sea dulce, aunque sin liviandad; que, mientras agrada al oído, conmueva al corazón; deberá aliviar la tristeza y calmar el espíritu irritado...". Y en el apartado 15 de la primitiva regla templaria nos dice que: "... Ordenamos que tanto los fuertes como los débiles, para evitar confusión y tumulto, en cuanto el salmo que es llamado Venite, con el invitatorio y el himno hayan sido cantados, os sentéis y digáis vuestras plegarias en silencio, suavemente y sin alzar la voz, para que el proclamador no perturbe las plegarias de los otros hermanos". Y más adelante, en los apartados dedicados al servicio religioso, hace alusión a los cantos que integran la misa, volviendo a señalar que deben ser entonados con el debido acatamiento y respeto.
Durante los años en que los templarios desarrollaron su actividad, la música conoció una auténtica revolución. Su artífice fue el benedictino Guido D´Arezzo (995-1050) quien estableció definitivamente la notación pautada y el nombre de las notas. Sus aportaciones se encuentran recogidas en el Micrologus de disciplina artis musicae, en este tratado D´Arezzo introduce la escritura sobre cuatro líneas que a finales del siglo XII se convirtió en el pentagrama. Gracias al pentagrama fue posible conocer tanto la duración, como la altura de cada sonido.
El espíritu comunal que se difundió por toda la cristiandad en forma de gremios, corporaciones, fraternidades y órdenes, también influyó a la música. Así, a través de la polifonía o grupo de diferentes líneas de canto que sonaban simultáneamente, los artistas encontraron el vehículo ideal para expresar sus sentimientos. A la austeridad de la melodía gregoriana, se añadieron los primitivos cantos a dos voces denominados organum, en los que el canto principal era acompañado, nota contra nota, por un tema paralelo a distancia de quinta o de cuarta. La octava o distancia de ocho sonidos, era el límite máximo entre las melodías. Inmersa en la octava musical se encontraban las siete notas de la escala, que resumían perfectamente el ámbito del mundo conocido, del universo y de la potencia divina. La octava se correspondía con el octógono, con el círculo y con las ocho puntas de la estrella que representaba a la Orden.
En Tierra Santa, las masas de peregrinos cantaban emotivas melodías religiosas en las que la importancia del texto era tan grande como la de los sonidos. Los jerarcas templarios conocían bien todas estas circunstancias y saludaron con entusiasmo los nuevos rumbos de la polifonía en los que la imitación cobraba especial relevancia. Los diferentes temas se perseguían unos a otros produciendo un efecto fugado que se relacionaba directamente con el de las arriesgadas perspectivas de los arcos ojivales y con las enormes bóvedas preparadas para albergar a la masa de creyentes.
La belleza al servicio de la divinidad, la estrecha relación entre palabras y notas musicales, la sobriedad y la profundidad del estilo, fueron sin duda algunas de las características de la música que los Templarios interpretaron en sus cultos, todo ello sin olvidar las canciones profanas, alegres y vigorosas, que entonaban con ánimo firme mientras se dirigían a la protección de los Santos Lugares.
TEMPLARIOS Y MASONERÍA
Una de las principales actividades de los Templarios fue la elevación de iglesias a lo largo del continente europeo y Tierra Santa, por lo que el contacto que mantuvieron con los maestros constructores pertenecientes a las logias fue constante. Esta relación entre los compañeros masones y los Templarios, continuó incluso tras la desaparición de la Orden. Efectivamente, tras la condena de los Templarios por el rey Felipe de Francia, muchos de ellos se aprestaron a salvar algunas de las numerosas propiedades de la hermandad o a reintegrarse en otras órdenes de caballería. Un grupo fue a parar a Escocia donde protegidos por Roberto I, asimilaron algunos elementos de la mitología celta, conformando con el tiempo el denominado Rito escocés. No es ninguna casualidad que el documento masónico más antiguo conservado en Escocia sea un manuscrito de finales del siglo XIV, época en la que los Templarios se habrían visto obligados a integrarse en otras obediencias. El rey Roberto creó dos hermandades con las que asegurar la permanencia del legado del temple tras la persecución sufrida por el papado y las autoridades. De este modo, en la Real Orden de Escocia y en la de Kilwinning del Heredom, pudieron refugiarse muchos caballeros que transmitieron sus enseñanzas a los maestros que formaban las fraternidades de arquitectos. Tras la Edad Media, fue en el siglo XVIII, cuando los elementos propios de la tradición templaria volvieron a plasmarse con gran intensidad en la masonería. Gracias a la iniciativa de J.A. Starck el ritual de la clericatura templaria se afianzó en el rito. En dicho ritual tanto el initiator como el conductor, iban ataviados con una capa blanca en la que se hallaba representada una cruz roja. En la ceremonia iniciática, el neófito recibía de sus compañeros el beso de la paz y al final se le agasajaba con un modesto ágape durante el que se leían algunos versos de la Regula Vitae, inspirada en la que redactó San Bernardo. Asimismo, encontramos en el denominado Rito de Perfección, algunos grados con clara alusión templaria, tales como el noveno o del maestro elegido de los nueve; el quinceavo o del Caballero de la espada de Oriente y el dieciseisavo o del grado del Caballero de Jerusalén. Estos grados también se denominan así en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Por otra parte, el grado número treinta, denominado del Caballero Kadosch, se denomina también "grado de la venganza", ya que en él se evoca el padecimiento sufrido en la hoguera por Jacques de Molay, el último de los Grandes Maestres.
Pero las relaciones entre los Templarios y los masones no se acaban ahí. No olvidemos que los templarios habían considerado el templo del rey Salomón, donde se encontraba el Arca de la Alianza, como un lugar sagrado y que precisamente este monarca había ordenado a los gremios de artesanos realizar réplicas de este santo lugar en todo el orbe. De hecho, según la tradición, la primera logia habría surgido en el lado occidental del templo salomónico, en donde Hiram, el legendario fundador de la masonería, había erigido dos columnas de bronce.
Para algunos, los colores de los atuendos de los caballeros, o sea la cruz octogonal negra o roja sobre fondo blanco, reflejaban un influjo maniqueísta, en el que el mundo se dividía entre la luz de Dios y las tinieblas del mundo infernal. Los masones recuperarían este simbolismo en los mosaicos de los suelos que adornaban sus logias.
Gracias a su contacto directo con las culturas judaica y musulmana, los Templarios habrían asimilado la cábala y el sufismo, transmitiendo estas enseñanzas a las fraternidades de obreros constructores que posteriormente engrosarían las filas de los adeptos a la masonería. En su libro titulado La Espada y el Grial, Andrew Sinclair escribe que abundan en los lugares de Escocia en los que estuvieron los templarios, tumbas con representaciones del Templo de Salomón, con estrellas de ocho puntas y con otros símbolos característicos, mezclados con los de origen estrictamente masónico. También, y este dato debería alertarnos acerca de la estrecha relación entre Templarios, Rosacruces y Masones, se encuentran algunos emblemas representando a la rosa mística. Una vez más, los extremos del círculo oculto vuelven a unirse sin solución de continuidad.
Doménec González de la Rubia - "La Otra Información"
Nacimiento
Nacimiento
A instancias de un insigne cisterciense, Bernardo de Claraval, luego San Bernardo, dos caballeros francos, dos Hugos: de Payns y de la Champaña fundan en 1118 la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, cuya originalidad radica en que los integrantes eran monjes guerreros. Siendo ya nueve, se presentan ante el Rey Balduino II de Jerusalén y se ofrecen para cuidar el camino de Jaffa, infestado de ladrones que asaltaban a los peregrinos. Realizan los tres votos monacales: pobreza, obediencia y castidad. Poco después el rey, les entrega como vivienda una parte del templo de Jerusalén, lo que les da el nombre definitivo de Caballeros Templarios. Diez años permanecen en esa condición, sin aumentar su número ni inmiscuirse en las guerras santas en que estaba sumida la zona. En 1128, San Bernardo logra concitar un Concilio (de Troyes) para que se apruebe a toda orquesta la Orden del Temple, sujeta única y exclusivamente al Papa, sin dependencia alguna a las autoridades eclesiásticas o terrenales y liberada de todo impuesto. Es recién entonces cuando los Caballeros visten la túnica blanca que los diferencia de sus aliados-adversarios, los Caballeros de San Juan (hoy de Malta), que calzaban túnica negra. Si bien el blanco era el color elegido por el Cister, casualidad o no, era también el de los Levitas que cuidaban el Arca, el de los esenios y el de los sufíes. En 1147 el papa Eugenio III les autorizó a lucir la cruz griega de 8 puntas característica, de color rojo . Fué Bernardo de Claraval quien hizo la Orden, le confió su misión, le transmitió sus enseñanzas y finalmente redactó sus reglas iniciales. Parte de estos hechos permanecerían por siempre en secreto.
Apogeo
A partir del Concilio, sus principales miembros recorren el mundo de entonces reclutando fondos y enrolando efectivos para asumir, ahora sí, la Guerra Santa. La respuesta es generosa, rotunda. Los caballeros son alineados de a pares, en diadas, como haría Pitágoras con sus novicios y mucho después Artigas con sus gauchos. Ambos caballeros comían de la misma escudilla. Necesariamente en la campaña de Oriente, la disciplina hubo de ser feroz, la retirada imposible, la mínima falta duramente castigada, la vida comunitaria emparejada, tanto en armamento como en Padrenuestros. Muerte, sangre y victoria, amor, salvajismo , abnegación, y derrota fueron hitos anónimos en los campos de Galilea mientras el "otro" Temple, el que había quedado en Occidente (excepto España, donde también guerreaba), se transformaba en un factor de crecimiento, pacificación y civilización. En un plano de respeto al conocimiento y creencias monoteistas, los templarios entablaron en Oriente relaciones, entre batalla y batalla, con musulmanes y rabinos a los que invitaron a su base en Francia para discutir y aprender de ellos. Parecen recitar: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn:14,2). Las relaciones entre templarios y musulmanes fueron corteses, tal vez de una comprensión casi perfecta, lo cual no evitó que se degollaran con saña si caían prisioneros uno del otro. Sin embargo, pese a su bravura en combate, fueron proclives e intentaron treguas para ahorrar sangre. Estos hechos merecieron críticas de casi todos (incluso de San Luis), algunas hijas del fundamentalismo religioso de la época, otras montadas en la cresta de la ola de la envidia a la grandeza de cuerpo y espíritu ya que la riqueza del Temple no solo fue material sinó también espiritualmente trascendente. Paralelamente a su enriquecimiento, forjaron y ampararon una legión de artesanos. Desarrollaron el arte gótico (sistema sin precedente que alivió el peso de los muros) y características arquitectónicas muy peculiares en todos sus edificios. Construyeron o ayudaron a construir más de 70 de catedrales en menos de 100 años, que liberadas del románico, se alzan hacia el cielo, en abierto desafío a la ley de gravedad. Protegieron "fraternidades" constructoras (los "Hijos del Maestre Jaques " o los "Hijos de Salomón") las que, desprotejidas al caer el Temple, se transformarían en la semilla de la francmasonería. Despejaron los caminos de ladrones y feudales salteadores con lo que abrieron las rutas al comercio. Difundieron la letra de cambio (ya practicada por venecianos y lombardos) y con sus extensos cultivos alimentaron como nunca a hombres y bestias de Europa. Durante los casi doscientos años de su existencia no hubo hambruna en Europa. Las armaduras de los siglos XIV y XV (desaparecido el Temple) muestran una disminución de la talla respecto a la de los siglos XII y XIII. Elaboraron una simbología y un código para su comunicación interna, ante la ignorante desesperación de reyes y obispos. La buena administración, la excención de impuestos, los botines de guerra, las continuas donaciones y buenos negocios, dieron como fruto el enriquecimiento de la Orden. Enriquecimiento que volvía al pueblo al mejorar las condiciones de vida para todos. En Términos modernos puede decirse que se transformó en una "multinacional ética" con deudores prominentes lo que resultaría a la larga peligroso. Más de un Rey de Francia, recurrió al Temple en busca de dinero, entre ellos Felipe IV (el Hermoso), quien sumido en deudas, motines e inflación creyó encontrar la solución en hacerse de sus bienes. Tuvo como colaborador tardío en la empresa al papa Clemente V.
Ocaso
La noche del 14 de octubre de 1307 Felipe el Hermoso hizo arrestar a los templarios de su reino. Acusados de herejía, sodomía, confesión comunitaria , escupir el crucifijo y otros argumentos de indudable efecto popular, elegidos hábilmente por Nogaret, el instrumentador legal, los nobles caballeros debieron sufrir lo indecible en cárceles pestilentes, frías, oscuras, hostiles hasta el destino final: la hoguera. La "justicia" de la Inquisición estuvo a cargo de los dominicos, sus enemigos ya conocidos por otra parte, gracias a la visión que de ellos dá Humberto Eco en "El Nombre de la Rosa". Las confesiones fueron compradas o arrancadas bajo tortura. Como se sabe, del árbol caído todos hacen leña. En este punto de los hechos desde diversos ángulos se disparaba sobre los templarios. Cada uno trataba de obtener su parte del botín. Si bien Felipe quería los bienes de la Orden, la Inquisición quería la Orden misma. Como ante la muerte de Bubulina en "Zorba el Griego", el clero secular, la Orden de los Caballeros de San Juan, el propio Papa, el mísero alcalde de aldea, todos como buitres hambrientos apuraban el trámite para tratar de conseguir algún bien del Temple, algún despojo, por chico que sea, algo..., por amor de Dios, algo de todo lo que tienen... No obstante el más despechado había sido el propio Felipe que encabezó los allanamientos a la casa del Temple en París, depósito principal de los tesoros, sin encontrar más que papeles y objetos sin valor, aunque pudo rescatar sus propios pagarés. Siempre se murmuró que noches antes partieron tres enormes carretones de heno, tal vez salvando el verdadero tesoro. El 18 de marzo de 1311, el último Gran Maestre, Jaques de Molay, analfabeto, virilmente, prefirió el fuego a la cadena perpetua. Godofredo de Charnay lo siguió. Según relatos "el Gran Maestre en cuanto vio el fuego preparado se desnudó sin titubear... pero dijo a los verdugos: por lo menos dejadme juntar un poco las manos para elevar mi plegaria a Dios..., ya que voy a morir, sabe Dios, injustamente. Pronto caerá la desgracia sobre quienes nos condenan inicuamente. Dios vengará nuestra muerte, con esta convicción muero. La muerte lo tomó tan dulcemente que fue motivo de admiración para los presentes ". Por un lado nótese que al desnudarse de su hábito, la Orden, no es destruida. Por otra parte, el papa moría alrededor de un mes después por un atracón de higos y el rey lo hacía ocho meses más tarde, paralítico por una caída de caballo. Ese mismo año Nogaret, autor del trabajo sucio, también moría misteriosamente. Los denunciantes que pusieron en marcha el proceso les siguieron, apuñalados o ahorcados. En 1328 ya no reinaba en Francia descendiente alguno de Felipe el Hermoso. Y después llegaron las guerras, el hambre y la peste; el galope sombrío de los jinetes del Apocalipsis. Se cuenta que cuando la cabeza de Luis XVI rodó, de la multitud salió el grito: - Jaques de Molay, por fin has sido vengado!! Es que se decía que Felipe había reencarnado en Luis XVI.
Algunos supuestos
Es bastante comentado el raro hecho de que el Rey Balduino, a poco de llegar los 9 primitivos caballeros, les ofreciera como alojamiento nada menos que el Templo. Y poco después los dejara como únicos ocupantes. Uno de los supuestos más firmes es que la misión secreta impuesta por San Bernardo era la búsqueda del Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley, que suponía enterradas en el Templo. Es probable que con las "Tablas de la Ley" hubiera copias de algunos documentos sagrados egipcios que Moisés (sacerdote egipcio iniciado) se habría llevado en el éxodo, tal vez motivo determinante de la encarnizada persecución del Faraón. Diez años después de su llegada, los caballeros regresan y cinco de ellos asisten al Concilio. Atrás, en el Templo de Jerusalén no ha quedado piedra sin remover. Hasta han recuperado una caballeriza subterránea de Salomón, que podía alojar 2000 caballos. No hay constancia de que hayan encontrado el Arca y la Ley... pero a partir de su regreso parecen adquirir de pronto los suficientes conocimientos arquitectónicos como para dejar de lado la pesada construcción románica y pasar a la catedral gótica. Se invierten los principios: la bóveda románica ejerce peso sobre los (robustos) muros mientras que la bóveda gótica, gracias a los arbotantes se proyecta hacia arriba y los muros se alivianan y permiten ventanas.
A instancias de un insigne cisterciense, Bernardo de Claraval, luego San Bernardo, dos caballeros francos, dos Hugos: de Payns y de la Champaña fundan en 1118 la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, cuya originalidad radica en que los integrantes eran monjes guerreros. Siendo ya nueve, se presentan ante el Rey Balduino II de Jerusalén y se ofrecen para cuidar el camino de Jaffa, infestado de ladrones que asaltaban a los peregrinos. Realizan los tres votos monacales: pobreza, obediencia y castidad. Poco después el rey, les entrega como vivienda una parte del templo de Jerusalén, lo que les da el nombre definitivo de Caballeros Templarios. Diez años permanecen en esa condición, sin aumentar su número ni inmiscuirse en las guerras santas en que estaba sumida la zona. En 1128, San Bernardo logra concitar un Concilio (de Troyes) para que se apruebe a toda orquesta la Orden del Temple, sujeta única y exclusivamente al Papa, sin dependencia alguna a las autoridades eclesiásticas o terrenales y liberada de todo impuesto. Es recién entonces cuando los Caballeros visten la túnica blanca que los diferencia de sus aliados-adversarios, los Caballeros de San Juan (hoy de Malta), que calzaban túnica negra. Si bien el blanco era el color elegido por el Cister, casualidad o no, era también el de los Levitas que cuidaban el Arca, el de los esenios y el de los sufíes. En 1147 el papa Eugenio III les autorizó a lucir la cruz griega de 8 puntas característica, de color rojo . Fué Bernardo de Claraval quien hizo la Orden, le confió su misión, le transmitió sus enseñanzas y finalmente redactó sus reglas iniciales. Parte de estos hechos permanecerían por siempre en secreto.
Apogeo
A partir del Concilio, sus principales miembros recorren el mundo de entonces reclutando fondos y enrolando efectivos para asumir, ahora sí, la Guerra Santa. La respuesta es generosa, rotunda. Los caballeros son alineados de a pares, en diadas, como haría Pitágoras con sus novicios y mucho después Artigas con sus gauchos. Ambos caballeros comían de la misma escudilla. Necesariamente en la campaña de Oriente, la disciplina hubo de ser feroz, la retirada imposible, la mínima falta duramente castigada, la vida comunitaria emparejada, tanto en armamento como en Padrenuestros. Muerte, sangre y victoria, amor, salvajismo , abnegación, y derrota fueron hitos anónimos en los campos de Galilea mientras el "otro" Temple, el que había quedado en Occidente (excepto España, donde también guerreaba), se transformaba en un factor de crecimiento, pacificación y civilización. En un plano de respeto al conocimiento y creencias monoteistas, los templarios entablaron en Oriente relaciones, entre batalla y batalla, con musulmanes y rabinos a los que invitaron a su base en Francia para discutir y aprender de ellos. Parecen recitar: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas" (Jn:14,2). Las relaciones entre templarios y musulmanes fueron corteses, tal vez de una comprensión casi perfecta, lo cual no evitó que se degollaran con saña si caían prisioneros uno del otro. Sin embargo, pese a su bravura en combate, fueron proclives e intentaron treguas para ahorrar sangre. Estos hechos merecieron críticas de casi todos (incluso de San Luis), algunas hijas del fundamentalismo religioso de la época, otras montadas en la cresta de la ola de la envidia a la grandeza de cuerpo y espíritu ya que la riqueza del Temple no solo fue material sinó también espiritualmente trascendente. Paralelamente a su enriquecimiento, forjaron y ampararon una legión de artesanos. Desarrollaron el arte gótico (sistema sin precedente que alivió el peso de los muros) y características arquitectónicas muy peculiares en todos sus edificios. Construyeron o ayudaron a construir más de 70 de catedrales en menos de 100 años, que liberadas del románico, se alzan hacia el cielo, en abierto desafío a la ley de gravedad. Protegieron "fraternidades" constructoras (los "Hijos del Maestre Jaques " o los "Hijos de Salomón") las que, desprotejidas al caer el Temple, se transformarían en la semilla de la francmasonería. Despejaron los caminos de ladrones y feudales salteadores con lo que abrieron las rutas al comercio. Difundieron la letra de cambio (ya practicada por venecianos y lombardos) y con sus extensos cultivos alimentaron como nunca a hombres y bestias de Europa. Durante los casi doscientos años de su existencia no hubo hambruna en Europa. Las armaduras de los siglos XIV y XV (desaparecido el Temple) muestran una disminución de la talla respecto a la de los siglos XII y XIII. Elaboraron una simbología y un código para su comunicación interna, ante la ignorante desesperación de reyes y obispos. La buena administración, la excención de impuestos, los botines de guerra, las continuas donaciones y buenos negocios, dieron como fruto el enriquecimiento de la Orden. Enriquecimiento que volvía al pueblo al mejorar las condiciones de vida para todos. En Términos modernos puede decirse que se transformó en una "multinacional ética" con deudores prominentes lo que resultaría a la larga peligroso. Más de un Rey de Francia, recurrió al Temple en busca de dinero, entre ellos Felipe IV (el Hermoso), quien sumido en deudas, motines e inflación creyó encontrar la solución en hacerse de sus bienes. Tuvo como colaborador tardío en la empresa al papa Clemente V.
Ocaso
La noche del 14 de octubre de 1307 Felipe el Hermoso hizo arrestar a los templarios de su reino. Acusados de herejía, sodomía, confesión comunitaria , escupir el crucifijo y otros argumentos de indudable efecto popular, elegidos hábilmente por Nogaret, el instrumentador legal, los nobles caballeros debieron sufrir lo indecible en cárceles pestilentes, frías, oscuras, hostiles hasta el destino final: la hoguera. La "justicia" de la Inquisición estuvo a cargo de los dominicos, sus enemigos ya conocidos por otra parte, gracias a la visión que de ellos dá Humberto Eco en "El Nombre de la Rosa". Las confesiones fueron compradas o arrancadas bajo tortura. Como se sabe, del árbol caído todos hacen leña. En este punto de los hechos desde diversos ángulos se disparaba sobre los templarios. Cada uno trataba de obtener su parte del botín. Si bien Felipe quería los bienes de la Orden, la Inquisición quería la Orden misma. Como ante la muerte de Bubulina en "Zorba el Griego", el clero secular, la Orden de los Caballeros de San Juan, el propio Papa, el mísero alcalde de aldea, todos como buitres hambrientos apuraban el trámite para tratar de conseguir algún bien del Temple, algún despojo, por chico que sea, algo..., por amor de Dios, algo de todo lo que tienen... No obstante el más despechado había sido el propio Felipe que encabezó los allanamientos a la casa del Temple en París, depósito principal de los tesoros, sin encontrar más que papeles y objetos sin valor, aunque pudo rescatar sus propios pagarés. Siempre se murmuró que noches antes partieron tres enormes carretones de heno, tal vez salvando el verdadero tesoro. El 18 de marzo de 1311, el último Gran Maestre, Jaques de Molay, analfabeto, virilmente, prefirió el fuego a la cadena perpetua. Godofredo de Charnay lo siguió. Según relatos "el Gran Maestre en cuanto vio el fuego preparado se desnudó sin titubear... pero dijo a los verdugos: por lo menos dejadme juntar un poco las manos para elevar mi plegaria a Dios..., ya que voy a morir, sabe Dios, injustamente. Pronto caerá la desgracia sobre quienes nos condenan inicuamente. Dios vengará nuestra muerte, con esta convicción muero. La muerte lo tomó tan dulcemente que fue motivo de admiración para los presentes ". Por un lado nótese que al desnudarse de su hábito, la Orden, no es destruida. Por otra parte, el papa moría alrededor de un mes después por un atracón de higos y el rey lo hacía ocho meses más tarde, paralítico por una caída de caballo. Ese mismo año Nogaret, autor del trabajo sucio, también moría misteriosamente. Los denunciantes que pusieron en marcha el proceso les siguieron, apuñalados o ahorcados. En 1328 ya no reinaba en Francia descendiente alguno de Felipe el Hermoso. Y después llegaron las guerras, el hambre y la peste; el galope sombrío de los jinetes del Apocalipsis. Se cuenta que cuando la cabeza de Luis XVI rodó, de la multitud salió el grito: - Jaques de Molay, por fin has sido vengado!! Es que se decía que Felipe había reencarnado en Luis XVI.
Algunos supuestos
Es bastante comentado el raro hecho de que el Rey Balduino, a poco de llegar los 9 primitivos caballeros, les ofreciera como alojamiento nada menos que el Templo. Y poco después los dejara como únicos ocupantes. Uno de los supuestos más firmes es que la misión secreta impuesta por San Bernardo era la búsqueda del Arca de la Alianza y las Tablas de la Ley, que suponía enterradas en el Templo. Es probable que con las "Tablas de la Ley" hubiera copias de algunos documentos sagrados egipcios que Moisés (sacerdote egipcio iniciado) se habría llevado en el éxodo, tal vez motivo determinante de la encarnizada persecución del Faraón. Diez años después de su llegada, los caballeros regresan y cinco de ellos asisten al Concilio. Atrás, en el Templo de Jerusalén no ha quedado piedra sin remover. Hasta han recuperado una caballeriza subterránea de Salomón, que podía alojar 2000 caballos. No hay constancia de que hayan encontrado el Arca y la Ley... pero a partir de su regreso parecen adquirir de pronto los suficientes conocimientos arquitectónicos como para dejar de lado la pesada construcción románica y pasar a la catedral gótica. Se invierten los principios: la bóveda románica ejerce peso sobre los (robustos) muros mientras que la bóveda gótica, gracias a los arbotantes se proyecta hacia arriba y los muros se alivianan y permiten ventanas.
Eunate
EUNATE, ¿TEMPLARIA?
En el capitulo "HISTORIA" me he dedicado a exponer las distintas hipótesis que desde el punto de vista de la "ciencia académica", se barajan a cerca del origen y finalidad de Eunate. También he citado los argumentos con los que rechazan las hipótesis que afirman su origen templario: falta de noticias históricas o documentales; y su conclusión: se fundamenta exclusivamente en la similitud de su planta octogonal con la del Santo Sepulcro de Jerusalén. Pues bien, en este capítulo voy a profundizar en esta hipótesis, que como vais a poder comprobar tiene más fundamento del que se deduce de la excesiva simplificación que acabamos de leer.En primer lugar vamos a analizar esta "falta de noticias históricas o documentales". Este es un hecho cierto, pero no excluyente. Incluso puede considerarse como un argumento favorable a esta hipótesis, ya que la ausencia de documentación en la que se mencione a Eunate - el primer documento es de 1520, casi 400 años después de su construcción - no es lógica y puede relacionarse con lo acaecido tras la prohibición de la Orden en 1312, a raíz de su enfrentamiento con Felipe IV "el hermoso" rey de Francia, a su vez Felipe I rey de Navarra por su matrimonio con Juana I, reina de Navarra. Efectivamente, tras la disolución de la Orden del Temple sus posesiones se repartieron entre distintas ordenes e instituciones (en el caso de Eunate, la Cofradía de la Virgen de Eunate posiblemente); y es un hecho comprobado que entre estos nuevos propietarios fue práctica común la destrucción de toda aquella documentación y distintivos que relacionaran estas posesiones con los templarios. De esta manera intentaban evitar posibles reclamaciones en caso de un hipotético resurgimiento de la Orden. También es cierto que carece de la simbología típica con la que los templarios adornaban sus construcciones, tales como su divisa, su escudo, su cruz esotérica "Tau" o su cruz oficial "Paté", pero ese primer documento de 1520, que he citado anteriormente, deja abierta la posibilidad de que estos símbolos existieran: "...y tiene diversas cruces en campo colorado en las paredes de la dicha iglesia de la parte de dentro...".
Ahora analizaremos la conclusión: "se fundamenta exclusivamente en la similitud de su planta octogonal con la del Santo Sepulcro de Jerusalén". Esta, en lugar de confirmar su razonamiento, demuestra el desconocimiento que del mundo templario poseen los que la han formulado. Desde luego, la planta octogonal de Eunate es uno de los argumentos que nos pueden hacer suponer su origen templario, pero no el único. Además resulta un hecho probado que en la Europa "cristiana", la mayoría de las construcciones con planta octogonal eran casi exclusivas de la cultura templaria. Pero se equivocan al relacionarlas con la rotonda del Santo Sepulcro de Jerusalén, pues no es este el origen de las iglesias templarias de planta octogonal, sino la iglesia de la Cúpula de la Roca, también en Jerusalén y de origen musulmán. Construida entre los años 687- 691, por orden del califa Abb-el-Malik, fue donada en 1118 por Balduino, rey de Jerusalén, a la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo, que a partir de entonces fueron conocidos como Caballeros del Templo - Temple, en el idioma franco - o templarios. Así pues, el templo de la Cúpula de la Roca se convierte en la madre y decana del resto de las iglesias de los templarios, tras ser consagrada en 1142 bajo el título de "Templo del Señor".
Pero como he dicho antes, este no es el único argumento para afirmar el origen templario de Eunate. Así, las abundantes marcas de cantero grabadas en sus piedras y visibles por toda la iglesia, aportan más datos. Entre estas marcas se encuentra el "ábacus", un bastón de mango espiral usado tanto por el "Magister" de los Compañeros Constructores, como por el Gran Maestre del Temple. Más significativa resulta una segunda marca cruciforme que sólo aparece en otros edificios cuya paternidad templaria está fuera de toda duda: el Castillo-Convento del Temple en Tomar (Portugal), la Iglesia del Temple en Londres y la Rotonda del Santo Sepulcro en Pisa; todos ellos edificios poligonales. Pero todavía existe una tercera marca que aumenta la posible vinculación de Eunate con los templarios. Se trata de una marca que en el medievo simbolizaba a la torre del juego del ajedrez. Esta marca sólo se repite en la capilla del ya citado Convento de Tomar, en las Iglesias del Temple de Laon y Metz, en Francia, y de nuevo en el Santo Sepulcro templario de Pisa.
Iglesia templaria de Metz
Iglesia templaria de Laon
Las figuras esculpidas en los capiteles también nos acercan a esta hipótesis, pero antes es necesario que os comente algo a cerca de uno de las más famosas misterios de los Templarios : el "Bafomet". No está claro que se esconde detrás de esta palabra, pero las leyendas nos dicen que tiene "...una figura de macho cabrío, sentado en un trono y con una antorcha encendida entre los cuernos; en la frente el signo del Pentagrama, que es la estrella de cinco puntos; con la mano hace la señal del ocultismo...". Estas mismas leyendas nos dicen que los Templarios adoraban a este ídolo como si fuese un Dios. Pues bien, todo parece indicar que las "máscaras" esculpidas en algunos de los capiteles de Eunate son verdaderos "bafomets" templarios. Los más fáciles de identificar se encuentran en la arquería exterior, en los capiteles primero y sexto (ver el capítulo "la Arquería"); sus rostros son demoníacos, con orejas a modo de cuernos sobre el cráneo, mirada penetrante, carrillos hinchados en actitud de soplar y un rictus terrorífico. Más difíciles de localizar son los que se encuentran en los capiteles ubicados a ambos lados de la portada principal; me estoy refiriendo a los capiteles en los que se ha esculpido una cabeza humana de enormes ojos abiertos, escrutadores y muy expresivos, y de la que parten unas enormes barbas que se enrollan a ambos lados con forma espiral. Si las miramos un poco ladeados y del revés, quedaremos muy sorprendidos con la imagen que se nos presenta: un macho cabrío con una expresión aterradora, es decir otro "bafomet". Aún podremos contemplar dos "bafomets" más, esta vez en la arquivolta exterior que a modo de guardalluvia protege la portada: uno de ellos en la clave (muy deteriorado y de imposible identificación) y el otro, a los pies de una de las figuras del lado izquierdo. Todo parece indicar que esta figura, cerrando su capa con ambas manos, representa a un templario.
Templario sobre Bafomet
Capitel: posición normal
Capitel: posición invertida
Todavía hay más elementos que nos pueden seguir dando pistas. Ya sabemos que los sectores comprendidos entre los arcos de la bóveda no son iguales, y también sabemos que en ellos se alternan lucernarios octogonales y hexagonales. Pues bien, si relacionamos los sectores en base al tipo de lucernario, estaremos dibujando dos cruces "Paté" imbricadas, y si a la delimitada por los lucernarios octogonales le añadimos el sector semicircular correspondiente al ábside, la cruz dibujada es del tipo "Paté Anksada". Aún se dibuja otra cruz, esta vez relacionando los tres sectores de igual medida y lucernario octogonal; el resultado es una cruz "Tau".
Cruces PATÉ imbrincadas
Cruz Paté ANKSADA
Cruz TAU
Como habréis podido deducir, yo también apuesto por el origen templario de Eunate. Ahora bien, soy mas escéptico con el resto de teorías e interpretaciones que algunos defensores de esta hipótesis plantean, y que expongo a continuación. Cuando comencé a escribir esta página, creí las teorías "oficiales" a cerca del origen de Eunate, pero al estudiar con más profundidad los argumentos pro-templarios, me di cuenta que no se podía achacar a la casualidad todo lo que he expuesto anteriormente. Además, al contemplar las fotografías de otras construcciones templarias, los parecidos son evidentes. Observad la fotografía de la iglesia de la Cúpula de la Roca; si eliminamos la cubierta existente entre los muros y la torre central, el resultado final es... Eunate!.
Canecillos en el ábside de Eunate
Canecillos en Laon
Introducción Historia La Arquería El Exterior El Interior Visita-Consejos Templaria?
EN PREPARACION:(apuntes sin corregir)
Emplazamiento. Al parecer, Eunate además de encontrarse en las inmediaciones del encuentro de las rutas jacobeas francesa y navarra, se encuentra en el cruce de dos corrientes telúricas, hecho que ya era conocido por los Caballeros Constructores*. Una de estas corrientes, con dirección Norte a Sur, desciende desde San Juan de Luz y, pasando por las concentraciones megalíticas que se encuentran entre Lesaka y Oiarzun, discurre por los dólmenes de Leitza y los cromlech de Ezkurra, atraviesa la sierra sagrada de Aralar y bordea Pamplona antes de cruzar la capilla de Eunate y seguir hasta el Moncayo. La otra corriente, con dirección Este a Oeste, procede desde el Aneto y pasa por el centro de San Juan de la Peña y del Monasterio de Leire, cruza Eunate y se interna en la zona megalítica de Alava (Santa Cruz de Campezo, el Villar y La Guardia) dirigiéndose hacia el Oeste como una línea sinuosa paralela al Camino de Santiago. Resulta que es habitual que estos cruces de corrientes energéticas de la tierra, coincidan con lugares de antiguos cultos a divinidades femeninas que engendraron, por el lado pagano, a las brujas y las meigas y, por el lado ortodoxo, a la multitud de vírgenes negras cuyo culto fue preferentemente promocionado por benedictinos y templarios, en un intento de confraternizar las viejas creencias paganas con la figura de la Virgen María madre. Así, la tradicional romería que se celebra anualmente en Eunate sería, en sus orígenes, una especie de "jornada de puertas abiertas" en la que se permitía al pueblo llano beneficiarse de la energía universal allí manifestada por la Madre-Tierra, personificada en la Virgen Negra que presidía los cultos. Se conoce que en el medievo la comitiva partía cada primavera, coincidiendo con el equinoccio, desde Puente la Reina y atravesaba simbólicamente las "cien puertas abiertas de la naturaleza". Aunque la tradición de la romería persiste, el sentido y el ritual se han perdido.
En el capitulo "HISTORIA" me he dedicado a exponer las distintas hipótesis que desde el punto de vista de la "ciencia académica", se barajan a cerca del origen y finalidad de Eunate. También he citado los argumentos con los que rechazan las hipótesis que afirman su origen templario: falta de noticias históricas o documentales; y su conclusión: se fundamenta exclusivamente en la similitud de su planta octogonal con la del Santo Sepulcro de Jerusalén. Pues bien, en este capítulo voy a profundizar en esta hipótesis, que como vais a poder comprobar tiene más fundamento del que se deduce de la excesiva simplificación que acabamos de leer.En primer lugar vamos a analizar esta "falta de noticias históricas o documentales". Este es un hecho cierto, pero no excluyente. Incluso puede considerarse como un argumento favorable a esta hipótesis, ya que la ausencia de documentación en la que se mencione a Eunate - el primer documento es de 1520, casi 400 años después de su construcción - no es lógica y puede relacionarse con lo acaecido tras la prohibición de la Orden en 1312, a raíz de su enfrentamiento con Felipe IV "el hermoso" rey de Francia, a su vez Felipe I rey de Navarra por su matrimonio con Juana I, reina de Navarra. Efectivamente, tras la disolución de la Orden del Temple sus posesiones se repartieron entre distintas ordenes e instituciones (en el caso de Eunate, la Cofradía de la Virgen de Eunate posiblemente); y es un hecho comprobado que entre estos nuevos propietarios fue práctica común la destrucción de toda aquella documentación y distintivos que relacionaran estas posesiones con los templarios. De esta manera intentaban evitar posibles reclamaciones en caso de un hipotético resurgimiento de la Orden. También es cierto que carece de la simbología típica con la que los templarios adornaban sus construcciones, tales como su divisa, su escudo, su cruz esotérica "Tau" o su cruz oficial "Paté", pero ese primer documento de 1520, que he citado anteriormente, deja abierta la posibilidad de que estos símbolos existieran: "...y tiene diversas cruces en campo colorado en las paredes de la dicha iglesia de la parte de dentro...".
Ahora analizaremos la conclusión: "se fundamenta exclusivamente en la similitud de su planta octogonal con la del Santo Sepulcro de Jerusalén". Esta, en lugar de confirmar su razonamiento, demuestra el desconocimiento que del mundo templario poseen los que la han formulado. Desde luego, la planta octogonal de Eunate es uno de los argumentos que nos pueden hacer suponer su origen templario, pero no el único. Además resulta un hecho probado que en la Europa "cristiana", la mayoría de las construcciones con planta octogonal eran casi exclusivas de la cultura templaria. Pero se equivocan al relacionarlas con la rotonda del Santo Sepulcro de Jerusalén, pues no es este el origen de las iglesias templarias de planta octogonal, sino la iglesia de la Cúpula de la Roca, también en Jerusalén y de origen musulmán. Construida entre los años 687- 691, por orden del califa Abb-el-Malik, fue donada en 1118 por Balduino, rey de Jerusalén, a la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo, que a partir de entonces fueron conocidos como Caballeros del Templo - Temple, en el idioma franco - o templarios. Así pues, el templo de la Cúpula de la Roca se convierte en la madre y decana del resto de las iglesias de los templarios, tras ser consagrada en 1142 bajo el título de "Templo del Señor".
Pero como he dicho antes, este no es el único argumento para afirmar el origen templario de Eunate. Así, las abundantes marcas de cantero grabadas en sus piedras y visibles por toda la iglesia, aportan más datos. Entre estas marcas se encuentra el "ábacus", un bastón de mango espiral usado tanto por el "Magister" de los Compañeros Constructores, como por el Gran Maestre del Temple. Más significativa resulta una segunda marca cruciforme que sólo aparece en otros edificios cuya paternidad templaria está fuera de toda duda: el Castillo-Convento del Temple en Tomar (Portugal), la Iglesia del Temple en Londres y la Rotonda del Santo Sepulcro en Pisa; todos ellos edificios poligonales. Pero todavía existe una tercera marca que aumenta la posible vinculación de Eunate con los templarios. Se trata de una marca que en el medievo simbolizaba a la torre del juego del ajedrez. Esta marca sólo se repite en la capilla del ya citado Convento de Tomar, en las Iglesias del Temple de Laon y Metz, en Francia, y de nuevo en el Santo Sepulcro templario de Pisa.
Iglesia templaria de Metz
Iglesia templaria de Laon
Las figuras esculpidas en los capiteles también nos acercan a esta hipótesis, pero antes es necesario que os comente algo a cerca de uno de las más famosas misterios de los Templarios : el "Bafomet". No está claro que se esconde detrás de esta palabra, pero las leyendas nos dicen que tiene "...una figura de macho cabrío, sentado en un trono y con una antorcha encendida entre los cuernos; en la frente el signo del Pentagrama, que es la estrella de cinco puntos; con la mano hace la señal del ocultismo...". Estas mismas leyendas nos dicen que los Templarios adoraban a este ídolo como si fuese un Dios. Pues bien, todo parece indicar que las "máscaras" esculpidas en algunos de los capiteles de Eunate son verdaderos "bafomets" templarios. Los más fáciles de identificar se encuentran en la arquería exterior, en los capiteles primero y sexto (ver el capítulo "la Arquería"); sus rostros son demoníacos, con orejas a modo de cuernos sobre el cráneo, mirada penetrante, carrillos hinchados en actitud de soplar y un rictus terrorífico. Más difíciles de localizar son los que se encuentran en los capiteles ubicados a ambos lados de la portada principal; me estoy refiriendo a los capiteles en los que se ha esculpido una cabeza humana de enormes ojos abiertos, escrutadores y muy expresivos, y de la que parten unas enormes barbas que se enrollan a ambos lados con forma espiral. Si las miramos un poco ladeados y del revés, quedaremos muy sorprendidos con la imagen que se nos presenta: un macho cabrío con una expresión aterradora, es decir otro "bafomet". Aún podremos contemplar dos "bafomets" más, esta vez en la arquivolta exterior que a modo de guardalluvia protege la portada: uno de ellos en la clave (muy deteriorado y de imposible identificación) y el otro, a los pies de una de las figuras del lado izquierdo. Todo parece indicar que esta figura, cerrando su capa con ambas manos, representa a un templario.
Templario sobre Bafomet
Capitel: posición normal
Capitel: posición invertida
Todavía hay más elementos que nos pueden seguir dando pistas. Ya sabemos que los sectores comprendidos entre los arcos de la bóveda no son iguales, y también sabemos que en ellos se alternan lucernarios octogonales y hexagonales. Pues bien, si relacionamos los sectores en base al tipo de lucernario, estaremos dibujando dos cruces "Paté" imbricadas, y si a la delimitada por los lucernarios octogonales le añadimos el sector semicircular correspondiente al ábside, la cruz dibujada es del tipo "Paté Anksada". Aún se dibuja otra cruz, esta vez relacionando los tres sectores de igual medida y lucernario octogonal; el resultado es una cruz "Tau".
Cruces PATÉ imbrincadas
Cruz Paté ANKSADA
Cruz TAU
Como habréis podido deducir, yo también apuesto por el origen templario de Eunate. Ahora bien, soy mas escéptico con el resto de teorías e interpretaciones que algunos defensores de esta hipótesis plantean, y que expongo a continuación. Cuando comencé a escribir esta página, creí las teorías "oficiales" a cerca del origen de Eunate, pero al estudiar con más profundidad los argumentos pro-templarios, me di cuenta que no se podía achacar a la casualidad todo lo que he expuesto anteriormente. Además, al contemplar las fotografías de otras construcciones templarias, los parecidos son evidentes. Observad la fotografía de la iglesia de la Cúpula de la Roca; si eliminamos la cubierta existente entre los muros y la torre central, el resultado final es... Eunate!.
Canecillos en el ábside de Eunate
Canecillos en Laon
Introducción Historia La Arquería El Exterior El Interior Visita-Consejos Templaria?
EN PREPARACION:(apuntes sin corregir)
Emplazamiento. Al parecer, Eunate además de encontrarse en las inmediaciones del encuentro de las rutas jacobeas francesa y navarra, se encuentra en el cruce de dos corrientes telúricas, hecho que ya era conocido por los Caballeros Constructores*. Una de estas corrientes, con dirección Norte a Sur, desciende desde San Juan de Luz y, pasando por las concentraciones megalíticas que se encuentran entre Lesaka y Oiarzun, discurre por los dólmenes de Leitza y los cromlech de Ezkurra, atraviesa la sierra sagrada de Aralar y bordea Pamplona antes de cruzar la capilla de Eunate y seguir hasta el Moncayo. La otra corriente, con dirección Este a Oeste, procede desde el Aneto y pasa por el centro de San Juan de la Peña y del Monasterio de Leire, cruza Eunate y se interna en la zona megalítica de Alava (Santa Cruz de Campezo, el Villar y La Guardia) dirigiéndose hacia el Oeste como una línea sinuosa paralela al Camino de Santiago. Resulta que es habitual que estos cruces de corrientes energéticas de la tierra, coincidan con lugares de antiguos cultos a divinidades femeninas que engendraron, por el lado pagano, a las brujas y las meigas y, por el lado ortodoxo, a la multitud de vírgenes negras cuyo culto fue preferentemente promocionado por benedictinos y templarios, en un intento de confraternizar las viejas creencias paganas con la figura de la Virgen María madre. Así, la tradicional romería que se celebra anualmente en Eunate sería, en sus orígenes, una especie de "jornada de puertas abiertas" en la que se permitía al pueblo llano beneficiarse de la energía universal allí manifestada por la Madre-Tierra, personificada en la Virgen Negra que presidía los cultos. Se conoce que en el medievo la comitiva partía cada primavera, coincidiendo con el equinoccio, desde Puente la Reina y atravesaba simbólicamente las "cien puertas abiertas de la naturaleza". Aunque la tradición de la romería persiste, el sentido y el ritual se han perdido.

